Posteado por: M | 6 octubre 2009

Maniobras en torno a las bombas de los ayatolás

El programa nuclear iraní, que empezó a adquirir resonancia global al final del pasado siglo, vuelve a las bambalinas diplomáticas de Ginebra luego de que las autoridades de Teherán, forzadas por el espionaje occidental, divulgaran súbitamente un secreto a voces: disponen de otra instalación para el enriquecimiento del uranio cerca de la ciudad santa de Qom, además de la de Natanz. Las intenciones de la dictadura clerical de dotarse del arma atómica ofrecen cada vez menos dudas, pero EE UU y sus aliados prefieren cerrar los ojos a la realidad y reiniciar los contactos diplomáticos, tantas veces frustrados, con la remota esperanza de encontrar una salida del laberinto.

 Otra pieza de convicción es un informe confidencial de los técnicos más cualificados de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) según el cual Irán dispone de “información suficiente para diseñar y fabricar una ingenio nuclear efectivo” y colocarlo en uno de los misiles probados recientemente. Este informe, aunque en términos harto cautelosos, pone en tela de juicio las conclusiones de algunos gobiernos, con el de Washington a la cabeza, que había sugerido en 2007 la hipótesis de una pausa en los ímprobos esfuerzos iraníes para conseguir la bomba. Ahora tiene que rectificar sobre la marcha en medio de los cabildeos diplomáticos.

 El citado informe, que sale al paso del optimismo recurrente del presidente de la AIEA, el egipcio Mohamed El Baradei, apaciguador y partidario de la negociación a ultranza, también describe con detalle el complejo programa de investigación, dirigido por el ministerio de Defensa iraní, cuyo objetivo es “el desarrollo de una cabeza nuclear para ser disparada por el misil Shahab 3”, de alcance medio, que podría fácilmente impactar en todo el Oriente Próximo y la Europa oriental. Ese programa se inició en 2002. Al descubrirlo, los técnicos facilitan argumentos poderosos a los que critican la decisión de Obama de abandonar el escudo antimisiles que debía instalarse en Polonia y la República Checa para granjearse la complicidad del Kremlin.

 La política de la mano tendida empieza a encontrar en Washington una resistencia firme en el Congreso y suscita algunas críticas despiadadas por su aparente debilidad y su proclividad hacia el apaciguamiento. Los neoconservadores están de nuevo en pie de guerra. “Cuando todavía estaba fresca la sangre derramada por la represión de la protesta estudiantil por su gobierno, la aparición en Washington del ministro iraní de Exteriores nos recordó la desastrosa política exterior elegida por la Administración de Obama”, escribió Elliot Abrams, diplomático al servicio de los presidentes Reagan y Bush hijo, en el combativo semanario Weekley Standard.

 Porque el retorno de la negociación, dentro de la estrategia global del presidente, que consiste en parlamentar con los enemigos reales o potenciales, se desarrolla luego de que el Guía de la Revolución, caudillo o líder máximo, el ayatolá Alí Jamenei, y el principal ejecutor de sus planes, el presidente Mahmud Admadineyad, ahogaran en sangre la revuelta de la oposición que siguió al pucherazo electoral de junio último. Lejos de dar ánimo a los que sufren los desmanes de la policía, las concesiones y las negociaciones con las grandes potencias fortalecen a los líderes del integrismo despótico tanto como debilitan a sus adversarios moderados.

 Ante el desafío nuclear iraní, Obama no tiene más remedio que blandir el garrote de nuevas sanciones para consumo interno y para calmar las justificadas aprensiones israelíes. Como explica el especialista Ray Takey en el New York Times, “es la única solución para adquirir una buena conciencia”, a sabiendas de que las sanciones serán estériles en esta época de floreciente mercado negro. La política del palo y la zanahoria jamás funcionó y además resulta impracticable cuando los tres principales socios comerciales de Irán –Rusia, China y Alemania- se muestran reticentes cuando no hostiles. Los sancionadores corren el riesgo de galvanizar no sólo a los fanáticos antisemitas que encabeza Admadineyad sino también a cuantos identifican el proyecto de la energía atómica con la independencia nacional, que son la mayoría.

 La política de Obama, resumida en “el derecho [de Irán] a una energía nuclear pacífica”, encuentra en Israel un obstáculo aparentemente insalvable. La idea del enriquecimiento del uranio en territorio iraní, bajo vigilancia internacional, a fin de destinarlo a fines no militares, según sugieren los asesores de la Casa Blanca, se reputa descabellada en Jerusalén, donde el primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, está persuadido de que la República Islámica es una amenaza no sólo para el Estado hebreo, sino para todo el Occidente. La bomba de los ayatolás terminaría con la ventaja israelí, trastocaría todo el escenario estratégico y provocaría una proliferación incontenible.

 Las grandes potencias nucleares no fueron capaces de detener la proliferación, como demuestran los casos conocidos de India, Pakistán, Corea del Norte e Israel. Ninguna teoría o dato empírico permiten suponer que vayan a lograrlo en el caso iraní. El dilema no ha variado: sanciones efectivas o ataque contra las instalaciones nucleares por parte de Israel en solitario o en colaboración con EE UU. Los israelíes tienen experiencia en este tipo de operaciones quirúrgicas, ya que 1981 destruyeron el reactor de Irak en Tamuz, en 2007 bombardearon las instalaciones nucleares de Siria y en mayo de este año llevaron a cabo un ejercicio a gran escala simulando un ataque de misiles iraníes.

 Debido al estancamiento de la cuestión palestina, ese puñal clavado en el corazón del Oriente Próximo, la estrella de Obama empieza a palidecer en el mundo árabe. El periódico Al Quds al Arabi, editado en Londres, supone que Washington empieza a aplicar “la agenda israelí” que otorga prioridad absoluta a la empresa nuclear de Irán. A su juicio, la renovada ofensiva diplomática está relacionada con el abandono por Obama de la exigencia de que Israel evacue la Cisjordania y los altos del Golán sirios, tan bellamente expuesta en su discurso filoárabe de El Cairo (4 de junio). Esto quiere decir, lógicamente, que la diplomacia del presidente norteamericano, para no terminar como la de Jimmy Carter, necesita adoptar sin demora algunas decisiones cruciales.

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