Posteado por: M | 9 octubre 2009

Un premio para Obama en sus horas menos brillantes

La sorprendente atribución del premio Nobel de la Paz al presidente Barack Obama, cuando apenas si lleva nueve meses en la Casa Blanca, provocó una tormenta mediática que puso en tela de juicio la prudencia del Comité Nobel del Parlamento noruego y desveló su extravagante prurito de anticiparse a los acontecimientos e influir sobre la política mundial más allá de las limitadas energías de un pequeño país celoso de sus riquezas petrolíferas y pesqueras. La recompensa de las buenas intenciones, que no de los logros, de un programa apenas enunciado pero no realizado, establece un criterio novedoso y estimulante, pero de resultados inciertos, que se presta a la sátira.

Las palabras de Obama confirman la prematura exaltación del Comité Nobel: “No lo veo [el premio] como un reconocimiento de mis propios logros, sino más bien como una afirmación del liderazgo norteamericano por parte de las aspiraciones manifiestas de los pueblos de todas las naciones”, señaló el presidente al comparecer en la rosaleda de la Casa Blanca. David Axelrod, consejero presidencial que pasa por haber contribuido de forma decisiva a la creación del mito de Obama, advirtió: “Me gustaría pensar que la obtención del premio Nobel no es una trampa política.” El engaño sería una voluntariosa apuesta por la corrección política llevada hasta la caricatura y un ditirambo del soft power (el poder blando) que no puede condicionar la acción del imperio sin condenarlo a la decadencia.

La concesión del premio Nobel coincidió, además, con los momentos menos brillantes de la presidencia de Obama, que está enredado en dos guerras –Afganistán e Irak–, y tropieza con crecientes obstáculos en su política interior, a pesar de que el opositor Partido Republicano se halla descabezado y sin brújula. Luego del fiasco de Copenhague, cuando la candidatura de Chicago fue la primera en ser eliminada por el COI, el presidente pacifista se negó a recibir al Dalai lama para no disgustar a sus acreedores de China, cuyas reservas en dólares son una pesadilla que amenaza la hegemonía norteamericana, pero cuya política de derechos humanos es un oprobio permanente.

 En cuanto al multilaterismo que ensalza el Comité noruego, fingidor del pensamiento utópico y heraldo del papanatismo europeo, la verdad es que Obama parece haberse alejado de los principios tan clamorosamente anunciados en sus discursos de Praga (abril) y El Cairo (junio). No encuentra la salida del laberinto israelí-palestino y está comprometido en un diálogo azaroso con los ayatolás de Irán que pretenden dotarse del arma nuclear. La suspensión del escudo antimisiles que debía instalarse en Polonia y la República Checa no fue el producto de una negociación con los aliados interesados y los otros europeos, sino de una decisión tan unilateral como controvertida para halagar al Kremlin.

 Se trata, pues, de una decisión eminentemente política con la que el Parlamento noruego, dominado por los socialdemócratas, parece que quisiera condicionar la hoja de ruta de Obama y apartarlo de la eventual tentación de recaer en la Realpolitik en estos momentos cruciales de revisión de la estrategia en Afganistán y el Oriente Próximo. Al sugerir la bondad intrínseca de un mundo ficticio y quimérico, el jurado de Oslo destruye o menosprecia la lección moral que suele desprenderse de la ejecutoria del galardonado.

 En sus 108 años de actuación, el Comité noruego había realizados otras elecciones polémicas, pero nunca hasta ahora había puesto el carro delante de los bueyes ni se había apartado tan peligrosamente del adagio popular que asegura que una cosa es predicar y otra muy distinta dar trigo. Ni se había olvidado de que el infierno suele estar empedrado de buenas intenciones. “Es la primera vez que el premio se concede al wishful thinking” (ilusión, pensamiento ilusorio o esperanza quimérica), señaló un diputado israelí de los que se oponen a terminar con la colonización de Cisjordania.

 Obama es el tercer presidente norteamericano en ejercicio que obtiene el galardón. Theodore Roosevelt lo consiguió en 1906, tras negociar el fin de la guerra ruso-japonesa, y Woodrow Wilson, en 1919, tras la firma del tratado de paz de Versalles y la fundación de la Sociedad de Naciones, antecedente de la ONU. Ambos estaban en su segundo mandato y habían cumplido casi todas las expectativas. Jimmy Carter fue galardonado en 2002, por sus actividades como mediador, 21 años después de haber abandonado la Casa Blanca.   

El mundo sin armas nucleares que preconiza Obama y subyuga al Comité Nobel es una entelequia, y el acuerdo para controlar el cambio climático, que suscita fuertes reticencias en el Congreso norteamericano, no pasa de ser una conjetura balsámica. “Nos gustaría apoyar lo que él trata de conseguir”, reconoció el presidente del Comité, Thorbjoern Jagland, quien citó como méritos de Obama su discurso de El Cairo y sus esfuerzos para combatir la proliferación nuclear y la contaminación atmosférica. “La diplomacia multilateral ha recuperado una posición central, y el énfasis recae en el papel que deben desempeñar la ONU y otras organizaciones internacionales”, señaló el comunicado de la concesión del premio.

Mientras gran parte de Europa aplaudía a rabiar por el premio otorgado al anti-Bush, al global peacemaker (el pacificador global), como ya ocurriera durante la campaña electoral de 2008, la prensa anglosajona y la opinión pública norteamericana se mostraron mucho más comedidas cuando no críticas o meramente descriptivas. Como suele ser habitual, el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, se llevó la palma de la fogosidad y el enaltecimiento: [Con el premio] “Estados Unidos retorna al corazón de todos los pueblos del mundo.” Y el recuerdo del general De Gaulle removió los viejos resortes del nacionalismo francés.

La Casa Blanca reaccionó de manera muy cautelosa y sus altavoces lanzaron la consigna de que las celebraciones por el galardón no debían prolongarse por mucho tiempo, como recogió un fiel redactor del New York Times al que no tembló la mano al escribir: “El momento del anuncio no fue el ideal.” Muchos parlamentarios del Partido Demócrata, como el senador Robert Kerry, dieron a entender que el premio, en realidad, se había concedido a los votantes que fueron capaces de elegir a Obama.

 Los dos principales periódicos, el New York Times y el Washington Post, coincidieron en señalar que otro momento hubiera sido más oportuno para la recompensa, cuya concesión suscitó “tanto elogio como irritación”.  “Nuestra candidata era Neda Agha Soltan—editorializó el Post–, la joven iraní asesinada por los esbirros de la teocracia islamista”. Y añadía un párrafo que debería hacer reflexionar a los europeos:

“Comprendemos hasta que punto los escandinavos y otros europeos celebran el fin de la administración Bush; en ese sentido, el premio del señor Obama confirma que su ascensión a la presidencia mejoró la imagen de EE UU en el mundo, o al menos, en parte de él. Pero al ofrecer esta última eurocelebración de las elecciones de 2008, el Comité noruego demuestra un cierto despiste acerca de EE UU. Si algo refuerza a los críticos del señor Obama en este país es la impresión de que se ha convertido en el foco de un culto global de la personalidad.”

Mickey Kaus, en Slate, se atrevió a dar un consejo al presidente: “Que no acepte el premio, que lo rechace cortésmente. Que se declare honrado, pero que alegue que no ha tenido tiempo de alcanzar los objetivos propuestos. Resultado: obtiene toda la gloria que se deriva de la recompensa y da un paso hacia la solución de su problema de narcisismo.”

La revista Time, en su primera información, puso el editorial en el título: “La absurda decisión sobre Obama convierte al premio Nobel de la Paz en una burla.” Y describió como ridículo “el espectáculo de Obama subiendo al podio de Oslo, sobre todo, si lo hace después de haber autorizado el envío de otros 40.000 soldados a Afganistán”. Sus pronósticos no eran muy optimistas: “El premio provocará incredulidad y consternación en muchas capitales, y probablemente un profundo embarazo en el mismo presidente.”

 The Wall Street Journal, el portavoz del capitalismo anglosajón, se mostró especialmente crítico y hasta sarcástico con el invento noruego: “Esto es completamente chocante”, de manera que “pensar sobre lo ocurrido es muy posmoderno: un líder puede ahora ganar el premio de la paz por decir que espera obtenerla en algún momento en el futuro. No tiene ni siquiera que conseguirlo, sino simplemente tener las aspiraciones. Brillante.”

Los editorialistas del semanario conservador Weekley Standard dieron las gracias al Comité noruego porque les había liberado del trabajo de encontrar los chistes de la semana. Glen Greenwald, en la revista Salon, consideró que los políticos y académicos noruegos se habían “puesto en ridículo”, y Jennifer Robin, de Commentarymagazine.com, pronosticó que “en 2010 el premio será para Mahmud Admadineyad por haber aceptado sentarse en la mesa de las negociaciones”. Hasta la prensa más progresista manifestó su asombro, como confesó un redactor del semanario The Nation: al levantarse y acudir a la web del New York Times, creyó, en efecto, que se encontraba en la de The Onion, un semanario satírico.

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