Posteado por: M | 15 octubre 2009

Los fantasmas de la historia europea

El euroescepticismo es el nuevo fantasma que recorre Europa central y oriental porque la fiesta del ingreso en la Unión Europea (UE) terminó hace tiempo y ha desembocado en la recesión económica. Luego de que los irlandeses plebiscitaran el tratado de Lisboa en un segundo referéndum (2 de octubre), el presidente polaco cumplió su promesa de ratificarlo, pero el de la República Checa, Vaclav Klaus, euroescéptico notorio, lanzó una nueva objeción, relacionada con la Carta de Derechos Fundamentales y su regulación de la propiedad. Paralelamente, 17 senadores checos, en una maniobra de demora, recurrieron el tratado ante el Tribunal Constitucional.

El pretexto invocado por Klaus para no ratificar el texto, ya aprobado por el Parlamento de Praga, es que los tres millones de alemanes expulsados de los Sudetes después de 1945, o sus descendientes, podrían reclamar las propiedades confiscadas, una cuestión emocional y que provoca pesadillas a ambos lados de la frontera. Para evitarlo, el jefe de Estado checo reclama una derogación (opt-out) de las disposiciones del tratado de Lisboa en favor de su país, como las que obtuvieron en su momento Gran Bretaña y Polonia y las que permiten a Irlanda preservar las ventajas fiscales y respetar tanto la legislación contra el aborto como su estatuto de neutralidad. He aquí, con todas sus consecuencias, la famosa Europa a la carta o de múltiples velocidades que ya establece una fractura entre los países que forman parte de la eurozona y los otros, entre los antiguos y los recién llegados.

Es lo que ocurre en Europa: que no se puede remover imprudentemente un pasado sangriento y poco edificante. Porque aflora la infamia. La República de Checoslovaquia, surgida en 1919 del hundimiento del Imperio austro-húngaro, fue entregada a la voracidad de Hitler por los primeros ministros de Gran Bretaña, Neville Chamberlain, y de Francia, Edouard Daladier, en el famoso pacto de Múnich (29 de septiembre de 1938) que inauguró la nefasta política de apaciguamiento del gran tirano. Las tropas alemanas invadieron Checoslovaquia el 1 de octubre siguiente, sin que Francia y Gran Bretaña reaccionaran ante la flagrante violación de todas las leyes internacionales y acuerdos previos, y crearon un humillante protectorado de Bohemia y Moravia.

Polonia recibió un trato igualmente vergonzoso con el acuerdo secreto Hitler-Stalin que previó el reparto del país, firmado por los ministros de Exteriores alemán y soviético, Ribbentrop y Molotov, respectivamente, en Moscú, el 23 de agosto de 1939. En este caso, empero, Francia y Gran Bretaña se vieron forzadas a declarar la guerra después de que las topas alemanas violaran la frontera polaca el 1 de septiembre de 1939, flagrante agresión que desencadenó la Segunda Guerra Mundial.

 Ahora revive otro fantasma en Europa oriental: el regreso de la dominación rusa, canalizada a través del oleoducto que se está construyendo bajo el mar Báltico (casi 1.000 kilómetros bajos las aguas), el llamado Nord Stream, para suministrar el gas directamente a Alemania y que, por tanto, altera la situación geoestratégica. Si hasta ahora el gas ruso tenía que transitar por los países que pertenecieron al bloque soviético para llegar a Europa occidental, a partir de 2012, cuando el nuevo gasoducto empezará a operar, ya no será necesario que los rusos paguen el peaje a sus antiguos satélites.

El gigante ruso de los hidrocarburos, Gazprom, que tiene a sueldo a Gerhard Schröder, ex canciller alemán, insiste en que el interés del gasoducto, que costará casi 10.000 millones de euros, es meramente comercial, no estratégico. Pero muchos dirigentes de Europa oriental y especialistas en seguridad temen que Rusia quede con las manos libres para presionar sobre sus antiguos satélites a cuenta del suministro del gas que ahora reciben a través del gasoducto Amistad (proletaria, desde luego), en funcionamiento desde que la URSS imponía la soberanía limitada de los Estados vasallos. Al disponer sólo de un oleoducto, el Kremlin debe tener en cuenta la irritación que en Europa occidental y especialmente en Alemania concita su utilización como arma político-estratégica.

Por eso Polonia y la República Checa, cuyas poblaciones sufrieron con especial rigor la ocupación alemana y luego la represión soviética, recibieron como una amenaza la decisión del presidente Obama de anular la construcción de un escudo antimisiles en sus territorios. Lo menos importante es el escudo, desde luego; lo en verdad relevante es el compromiso norteamericano de defender su libertad y protegerles del eventual chantaje ruso. Todos estos sentimientos, a veces de manera tumultuosa, persisten más allá de la frontera del Elba. Y los recelos a un nuevo pacto germano-ruso por encima de sus cabezas, dada la propensión tradicional alemana al Drag nach Osten, la marcha hacia el este, ahora buscando nuevos mercados.

El dramaturgo Vaclav Havel, que fue presidente de Checoslovaquia, advierte de “la era de disgusto” en que vive su país, quizá porque los dirigentes de ahora maduraron en la época que siguió a la liquidación de la primavera de Praga por los tanques soviéticos en agosto de 1968, “uno de los más sombríos períodos” de la historia de la nación, cuando el líder ruso Leonid Brezhnev acuñó e impuso manu militari la oprobiosa “soberanía limitada” dentro del campo del socialismo real.

La historia desdichada está aún muy próxima, de manera que el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, debería reflexionar sobre lo ocurrido y no presionar desconsideradamente para que el presidente checo acabe por ratificar el tratado “sin levantar obstáculos artificiales”. El artificio no es sino el temor a una repetición de la historia, aunque menos dramáticamente, que consagraría otra vez la división de Europa en zonas de influencia. La Unión Europea no ha hecho nada decisivo por ahuyentar los fantasmas y disipar los temores.

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