Posteado por: M | 20 octubre 2009

China. Economía en ascenso, política inmóvil

“China está de nuevo en pie”. La leyenda relata que Mao Zedong lanzó ese grito al proclamar la República Popular en la plaza de Tiananmen de Beijing, el 1 de octubre de 1949, tras haber superado la humillación japonesa y haber derrotado y puesto en fuga hacia Taiwán a las huestes de los nacionalistas, éstos encabezados por el generalísimo Chiang Kai-shek. Los 60 años son un hito de especial relevancia en la cultura china, un momento para reflexionar sobre el pasado y ambicionar otras metas, de manera que los actuales dirigentes decidieron celebrar por todo alto, con un desfile militar arrogante y unos fuegos artificiales sin parangón, tan feliz cumpleaños.

Lógicamente, los aparatosos festejos en la Puerta de la Paz Celestial de Beijing, presididos por la plana mayor del Partido Comunista de China (PCCh), confirmaron el gusto por la propaganda para consumo interno, pero no sirvieron ni siquiera para mitigar los problemas pendientes, ni para aclarar las tensiones y la relación de fuerzas en el seno de la nomenklatura comunista.

En contra de lo que esperaban algunos observadores occidentales, la fiesta conmemorativa no fue acompañada por ningún acto de clemencia hacia los miles de penados de la mayor cárcel política del planeta, a pesar de que la promoción de una “sociedad armoniosa” es el lema que figura grabado en todas las consignas que definen y ensalzan los objetivos del régimen. La maquinaria del PCCh sigue empeñada en que la voz de la disidencia resulte inaudible y en que las grandes potencias miren para otro lado ante el escarnio permanente de la libertad y los derechos humanos.

El ascenso irresistible de China hacia el podio, como tercera economía mundial, parece milagroso luego de tantas convulsiones y retrocesos. De Mao Zedong y su poder no quedan sino el retrato gigantesco de la plaza de Tiananmen, como un conjuro contra la recaída en el error y las purgas. La ideología ya no está en la punta del fusil ni configura la realidad, sino que se consume en un incesante ejercicio de adaptación a las demandas de una nación en marcha, cambiante e imprevisible, consumidora voraz de materias primas, cuyo nivel de vida, paradójicamente, confina con la miseria. El PC administra con mano de hierro el capitalismo salvaje y el comunismo yace en el basurero de la historia desde 1978, cuando volvió al poder Deng Xiaoping, tras la catástrofe de la revolución cultural, para proclamar que “enriquecerse resulta maravilloso”.

Si las estadísticas anuncian la salida de la crisis, los cónclaves internacionales ilustran el creciente peso de China en el orden global. El crecimiento será de casi el 9 % en 2009. Ante un Occidente adormecido y moroso, la fábrica del mundo radica en China y los chinos disponen del ahorro, el crédito y las exportaciones, mientras que los occidentales importan, se endeudan y gastan sin freno. Sus reservas de divisas superan los dos billones de dólares, la mitad en bonos norteamericanos. Los trabajadores que deambulan en busca de trabajo son más de 200 millones y los expertos recomiendan el consumo, pero éste no acaba de despegar. El vaticinio es unánime: China es el mayor exportador mundial, pronto reemplazará a Japón como segunda economía y podría revisar el matrimonio de conveniencia con EE UU.

Con base en la mera extrapolación de los últimos datos conocidos y quizá retocados, algunos pronosticadores auguran que China superará a EE UU como la primera economía del mundo por producto interior bruto (no por renta per cápita) dentro de un plazo variable que se cumplirá previsiblemente antes de 20 años, hacia 2025. Pero nadie está seguro de que China sea capaz de mantener el ritmo de crecimiento (no menos del 9 % anual) que requiere tan ansiada meta. Los menos optimistas sostienen que su modelo de crecimiento está en vías de agotamiento.

Ese modelo se basa en la inversión productiva, en detrimento del consumo interno; la exportación frenética, a precios imbatibles, de los bienes de consumo masivo, principalmente hacia los países de economía más desarrollada (EE UU, Europa y Japón); y la sustitución de importaciones, habitualmente acompañada por una manipulación del valor de la divisa y la distorsión de los precios que caracteriza a las economías administradas. Como la demanda externa comienza a decaer y retrocederá probablemente en los próximos años, debido a la crisis financiera, cabe suponer que China no podrá mantener indefinidamente el aumento de sus exportaciones.

Steven Dunaway, experto del Council of Foreign Relations, llega a la conclusión de que “el rápido crecimiento y desarrollo en China no podrá sostenerse por mucho tiempo con el actual modelo de inversiones crecientes para preservar las exportaciones” cuando la demanda retrocede o se estanca. El gobierno tendrá que recurrir a la política fiscal y monetaria para asegurar el impulso, como hizo a principios de 2009, pero se tratará de acciones puntuales que no pueden prolongarse indefinidamente.

El espectacular éxito económico concita la admiración, pero también algunas reflexiones sombrías sobre la inexistencia del estado de derecho, el precario destino de la libertad y las turbulencias en el Pacífico, hasta ahora un gigantesco lago estadounidense. El denominado Consenso de Pekín –capitalismo estatal y dictadura política—causa estragos en el Tercer Mundo cuando la modernización de las Fuerzas Armadas, exhibida durante el desfile conmemorativo, estimula las fantasías de los profetas del Pentágono que apuntan a China como el antagonista y rival estratégico. El gran designio de los halcones norteamericanos consiste en garantizar su hegemonía en el Pacífico, como recalca Robert D. Kaplan, mientras los moderados comparan la prosperidad de China y sus avances tecnológicos con el desafío de la URSS en 1957 al lanzar el Sputnik

La naturaleza del sistema político también ha cambiado en 60 años, pues la utopía revolucionaria, las purgas sangrientas y el totalitarismo, encarnados y dirigidos por un Gran Timonel, han desembocado en la supremacía de un partido que busca la mediación, que halla su legitimidad en el progreso y que confía los asuntos relevantes a una dirección colectiva cívico-militar que alberga dos coaliciones: la que propugna el desarrollo a toda costa, también llamada tecnocrática, y la que pretende mitigar sus excesos con políticas sociales, ésta encabezada por el presidente Hu Jintao, cuyo mandato termina en 2012. En el horizonte de la pugna se divisa el gigantesco problema de la corrupción.

Hu Jintao, presidente de la República y secretario general del PCCh, tan enigmático como precavido, que desde 2004 preside también la Comisión Militar Central, concentrando todos los poderes, cuenta con el apoyo de la Liga de la Juventud Comunista y dirige el clan más poderoso y socialdemócrata, al que se le suponen unas inquietudes sociales y ecológicas que chocan abiertamente con el desarrollismo desbocado y la contaminación rampante. Su más probable heredero es Li Keqiang, viceprimer ministro. El clan rival, enraizado en el distrito de Shanghai, el llamado “partido de los príncipes” (los hijos de los más altos funcionarios), más pragmáticos y menos ideológicos, está dirigido Jiang Zemin, ex presidente de la República, que promueva la candidatura de Xi Ping, actual vicepresidente, quien, en contra de lo previsto, no ha sido nombrado vicepresidente de la Comisión Militar en el pleno del comité central del PCCh que precedió a las conmemoraciones.

Xi Jinping (55 años) y Li Keqiang (54 años) fueron elegidos miembros del Comité Permanente del Politburó, máximo órgano decisorio, en el 17 congreso del PCCh (Beijing, octubre de 2007), colocándose en la primera fila de la sucesión. Esto quiere decir que las espadas siguen en alto y que la victoria de uno de los bandos no está asegurada. Grandes decisiones económicas están a la espera de que se resuelva la pugna política y se imponga un nuevo consenso. Pero los dos principales clanes trabajan con la hipótesis balsámica de que la emergente clase media, pese a las dificultades de la crisis, se mantendrá alejada de la política mientras pueda enriquecerse.

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Responses

  1. Cuando preguntaron a Hillary Clinton cómo iba a enfocar las relaciones , como Secretaria de Estado, sus relaciones con China, repuso : “de la misma forma que planteo las relaciones con mi banuero”. Así que ya sabemos por donde pueden ir las cosas


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