Posteado por: M | 2 noviembre 2009

La caída del muro, 20 años después (I)

Héroes y villanos de la unificación alemana

Los alemanes reunieron la semana pasada en Berlín a los artífices consagrados de la caída del muro y, sobre todo, de la unificación de Alemania, para celebrar el vigésimo aniversario del acontecimiento que vino a simbolizar el fin de la guerra fría y del siglo XX, el prólogo del fin del comunismo, de la división de Europa y hasta de la historia, la culminación de la centuria norteamericana, según los vaticinios más optimistas, y la entrada en una nueva era de paz y prosperidad. Los resultados de tanta expectación siguen siendo problemáticos.

Mijail Gorbachov (78 años), George Bush padre (85 años) y Helmut Kohl (79 años) participaron en una solemne sesión conmemorativa celebrada en el Fridrichstadtpalas, en el Berlín oriental, conocido en su época como “el Folies bergères de Honecker”, en referencia al jefe comunista de la República Democrática Alemana (RDA). Desaparecidos el papa Juan Pablo II y el presidente francés François Mitterrand, de los grandes protagonistas de aquella época sólo faltó a la cita la entonces primera ministra británica, Margaret Thatcher, que padece la enfermedad de Alzheimer.

Bush y Kohl, los dos paladines de la reunificación, se dejaron ganar por la emoción, de manera que las palabras más incisivas y menos protocolarias estuvieron a cargo de Mijail Gorbachov, el derrotado por el torbellino de la historia, que se tomó la libertad de proclamar que EE UU necesita una perestroika, aunque no aclaró si es para liquidar el imperio que tantos quebraderos de cabeza produce, a semejanza de lo que él hizo con la URSS. El ex presidente soviético, premio Nobel de la Paz, dejó bien sentado lo que ya habían revelado los archivos de forma incontrovertible: “Thatcher, Mitterrand y yo mismo defendíamos la posición de que era necesario que hubiera dos Alemanias.” La misma actitud que el sarcástico dramaturgo helvético Friedrich Dürrenmat: “Me gusta tanto Alemania que prefiero que haya dos.”

“La historia, que había sido artificialmente detenida, se puso de nuevo en marcha a tal velocidad que parece increíble”, proclamó entonces Vaclav Havel, dramaturgo y disidente, símbolo de la revolución de terciopelo que acabó con el comunismo en Checoslovaquia pocos días después de la caída del muro. Pero la Europa occidental no estaba preparada para semejante acelerón histórico y tan aparatosa revisión de sus estructuras. La hipótesis más extendida en Occidente sostenía que el sistema del socialismo real era irreversible, que del comunismo no se regresa jamás y que el orden de las conferencias de Yalta y Potsdam (1945) gozaba de buena salud. Un error sin esperanza que pagaban los disidentes.

El sofisma quedó consagrado el 1 de agosto de 1975, cuando se firmó en Helsinki el Acta Final de la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE), la cual declaraba inviolables las fronteras existentes, pírrico triunfo del presidente soviético, Leonid Brezhnev, consumado especialista del estancamiento burocrático, la coexistencia pacífica y la glaciación diplomática. En los llamados “funerales de la guerra fría” de la capital finlandesa participaron todos los Estados europeos, excepto Albania, junto con EE UU y Canadá.

El Acta de Helsinki fue un texto de laborioso compromiso que se esforzó por mantener el equilibrio entre el reconocimiento de las realidades territoriales surgidas de la Segunda Guerra Mundial (desiderátum soviético) y la búsqueda de caminos para superar las divisiones de la guerra fría y abrir perspectivas de liberalización en los países sometidos a la férula del Kremlin. Los occidentales insistieron, sin mucha convicción, en que el desenlace no era una bendición del mito de Yalta sobre el reparto de zonas de influencia. Sobre el papel, la cooperación y la distensión quedaron supeditadas al respeto de los derechos humanos por todos los países signatarios.

Hoy sabemos con certeza que, después de la caída del muro, un acontecimiento tan glorioso como imprevisto, Mitterrand y Thatcher, desbordados por la aceleración de la historia, maniobraron entre bastidores y conjuntamente para impedir la reunificación de Alemania. Los documentos publicados recientemente por el Foreign Office británico y el Quai d´Orsay han disipado todas las dudas sobre la hostilidad de los líderes de Gran Bretaña y Francia a la nueva epopeya alemana capitaneada por el canciller Kohl luego de que éste detallara en diez puntos célebres sus planes reunificadores ante el Bundestag (28 de noviembre de 1989).

En los archivos del Foreign Office se encuentran dos cartas de Charles Powell, a la sazón consejero y secretario privado de Thatcher, que relatan las entrevistas de ésta con Mitterrand a lo largo del proceso. En ellas, el presidente francés aparece como obsesionado por la repetición de la historia del expansionismo germano e incluso por la perspectiva ingrata de un IV Reich. “Alemania jamás encontró sus fronteras –se hace decir a Mitterrand–, y el pueblo alemán estuvo constantemente en movimiento. Y vuelve a estarlo hoy.”

Del lado francés, hace tiempo que Jacques Attali, ayudante de Mitterrand, reveló el clima de sospecha y temor en que se desarrollaron las entrevistas. En el tomo tercero de su Verbatim (Editorial Fayard, 1995), Attali reprodujo las notas que tomó como consejero especial durante una reunión de ambos líderes en Estrasburgo: “Nos encontramos en una situación semejante a la de los dirigentes de Francia e Inglaterra antes de la guerra, cuando no reaccionaron ante nada. ¡Es necesario no volver a la situación de Múnich!”, advirtió Mitterrand. Se refería el presidente a la conferencia de Múnich (1938) en la que el británico N. Chamberlain y el francés E. Daladier capitularon ante la voracidad territorial de Hitler al permitirle la anexión de Checoslovaquia.

Aunque el muro ya se había derrumbado, Mitterrand visitó la RDA en diciembre de 1989 y firmó un acuerdo bilateral de cooperación por cinco años con los dirigentes comunistas, una imprudente expresión de confianza en el futuro de aquel régimen cadavérico, vencido y odioso. Poco después, en un borrascoso almuerzo en el Elíseo, el 20 de enero de 1990, Attali nos presenta a una Thatcher “desmelenada contra Helmut Kohl” y un Mitterrand aquiescente: “Tiene usted razón. Porque él [Kohl] olvida que el régimen soviético sigue allí y que el Ejército rojo podría hacer en Dresde lo mismo que hizo en Praga” [en 1968]. ¡Vana esperanza de que Gorbachov evitara con los tanques lo que era inevitable!

Los británicos y los franceses rivalizan ahora en la presentación y los recuerdos de sus líderes para preservarlos lo más posible de la villanía. Sir Christopher Mallaby, que fue embajador británico en Alemania de 1988 a 1992, retrata a Mitterrand como “una persona en estado de pánico”, ante la imparable reunificación alemana, pero Roland Dumas, ministro francés de Asuntos Exteriores de la época, asegura que no hubo pánico, si bien admite que “las discusiones con Helmut Kohl fueron abiertas, directas y veces brutales, especialmente por parte de la señora Thatcher”.

En realidad, los documentos desclasificados y los testimonios franco-británicos no hacen sino confirmar los Recuerdos (1982-1990) del ex canciller Kohl, que ya denunció con guante blanco la actitud ambigua u hostil de Mitterrand y Thatcher, ambos aparentemente anclados en una visión apolillada de Europa, rehenes de los equilibrios de poder de las grandes potencias. Como si fuera posible revivir la Entente Cordiale antialemana que precedió a la catástrofe de 1914-1918.

No sabremos nunca si Gorbachov hubiera podido evitar la reunificación alemana, de habérselo propuesto, ya que se trata de una mera especulación contrafactual. Al abolir la doctrina de la soberanía limitada y advertir de que el Ejército Rojo no intervendría contra ciudadanos airados y desarmados, el presidente soviético abrió la caja de Pandora de la liberación más allá del Elba. También sabemos que el presidente de Estados Unidos, George Bush (padre), fue el gran protagonista del desenlace, el verdadero héroe, junto con Kohl, de la desaparición de la RDA en 1990. Lo acaba de proclamar a los cuatro vientos el secretario de Estado de entonces, James Baker, en una entrevista con el semanario alemán Der Spiegel: “Sin el liderazgo norteamericano no se hubiera producido la unificación.”

Tras alabar al canciller Kohl y reconocer el protagonismo de Gorbachov y de su ministro de Exteriores, Eduard Chevardnadze, Baker añadió: “No olvide que Gorbachov quería muchas cosas, pero no la reunificación. Francia y Gran Bretaña eran muy escépticas, pues estaban inquietas por el temor de que la historia pudiera repetirse. Pero nosotros [los norteamericanos] no abrigábamos ese temor.”

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Responses

  1. Muy interesante recordar un hecho tan importante y el papel de los diferentes protagonistas.
    (He leidi todos los artículos, veremos si llega mi comentario…)


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