Posteado por: M | 5 noviembre 2009

Amarga lección para Obama

La reciente gira de Hillary Clinton por el Próximo Oriente es un ejemplo perfecto del abismo existente entre las bellas palabras y la cruel realidad, entre el discurso pronunciado por Barack Obama en la universidad de El Cairo, el 4 de junio, abogando por una nueva era en las relaciones de EE UU con el mundo árabe, y la laberíntica situación de Palestina. No se puede empezar de cero, como pretendía el joven presidente norteamericano, haciendo promesas de imposible cumplimiento, sin recordar que Israel y los países árabes habían librado ya dos guerras cuando él nació en 1961. 

El malestar y el rencor están focalizados ahora en la expansión continua de las colonias israelíes en Cisjordania y Jerusalén oriental, verdadero meollo de todo el endiablado problema: la ocupación de territorios por la fuerza, condenada por la ley internacional, y que los árabes difícilmente podrán avalar. En su discurso de El Cairo, Obama recordó que la situación de los palestinos es “intolerable” y proclamó: “EE UU no aceptará la legitimidad del mantenimiento de los asentamientos porque esa construcción viola acuerdos anteriores y mina los esfuerzos para alcanzar la paz. Es hora de que se detengan esos asentamientos.”

Obama y la diplomacia norteamericana repitieron en varias ocasiones por activa y por pasiva que esas colonias –llamadas asentamientos para hacerlas menos hirientes para los oídos norteamericanos—eran el mayor obstáculo para la paz entre israelíes y palestinos y que, por lo tanto, debían abandonarse. Pero Obama y Clinton no han sido capaces de convencer al primer ministro hebreo, Banyamin Netanyahu, para que detenga el frenético expansionismo, quizá porque el gobierno de éste se mantiene con el respaldo de la extrema derecha anexionista. La consecuencia inmediata es el más sonoro fracaso norteamericano después de ocho meses de viajes, cabildeos y vacilaciones.

Como si no tuviera bastante con confesar su impotencia, Clinton cometió el craso error de saludar la última propuesta de Netanyahu –una mera moratoria que permitiría la construcción o terminación de nada menos que 3.000 viviendas en Cisjordania, con Jerusalén al margen de cualquier acuerdo-– como “un avance sin precedentes”. Esas palabras provocaron la indignación entre los árabes, por lo que Clinton regresó precipitadamente a El Cairo para rectificar sus palabras y aclarar que las colonias no son legítimas y que su construcción debería detenerse “forever” (por siempre). Pero insistió, asumiendo la posición israelí, que las negociaciones de paz deben comenzar aunque prosiga la construcción de los asentamientos y del muro.

Los palestinos, por el contrario, recordando las promesas de Obama, exigen el fin de la colonización como paso previo para sentarse a negociar. Entre otras cosas, porque si renuncia a esa exigencia, el moderado presidente palestino, Mahmud Abbás, perderá el poco prestigio que le queda y hará subir la marea favorable a los extremistas de Hamás atrincherados en Gaza.

Obama no es el hombre de los milagros, desde luego, sino un presidente de buena fe que quizá no calibró bien sus palabras y que se ha estrellado contra el muro de incomprensión levantado en Palestina. Ahora tiene que tragar la píldora que le ha recetado el establishment que considera a Israel como el 51 estado de la Unión. La amarga lección es que el presidente de la primera potencia mundial no puede hacer promesas retóricas en problemas enconados por más de medio siglo de guerras y hostilidad.

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