Posteado por: M | 7 noviembre 2009

La caída del muro, 20 años después (II)

Reflexiones sobre el fin del comunismo y del siglo XX

A pesar de los veinte años transcurridos desde la caída del muro de Berlín, festiva y súbita superación de la horrible cicatriz de la guerra fría en el corazón de Europa, persisten las lucubraciones sobre el annus mirabilis que terminó con la liberación de Europa central y oriental del yugo político soviético, de la amenaza del Ejército Rojo y de la penuria inseparable de la economía administrada o socialismo real. El acontecimiento que clausuró el sangriento siglo XX y reunificó el continente bajo la bandera de la libertad se produjo en el escenario privilegiado de la pugna ideológica y geoestratégica por la hegemonía mundial.Las causas mediatas e inmediatas de la epopeya liberadora fueron múltiples, como ocurre casi siempre con los hechos cruciales. Además, la interpretación varía según el país desde el que se observa y enjuicia retrospectivamente. Los polacos tienden a ponderar el papel desempeñado por Solidaridad y el papa Juan Pablo II en la incitante tarea de acabar de hundir la deteriorada legitimidad del comunismo, mientras que los húngaros y los checos insisten en realzar su protagonismo al allanar el camino de los alemanes que huían de la RDA. En Alemania, los socialdemócratas recuerdan los efectos benéficos de la Ostpolitik lanzada en 1970 por el canciller Willy Brandt. Y los norteamericanos ensalzan con orgullo el discurso de Ronald Reagan en Berlín, en 1987, cuando, dirigiéndose a Gorbachov, le exhortó: “Derribe usted este muro.”

¿Revuelta popular o revolución desde arriba? Parece obvio que ambas, como argumenta el profesor Philip D. Zelikow en Foreign Affairs. Los sucesos tumultuosos y pacíficos en varios países no pueden simplificarse ni encajarse en un modelo único. En el otoño de 1989, las manifestaciones contra el sistema fueron frecuentes en Berlín, Leipzig, Dresde, Varsovia, Budapest y Praga, en parte impulsadas por el nacionalismo frente a la dominación soviética, pero, sobre todo, movidos los protagonistas por el sentimiento de estar al margen del progreso alcanzado por Occidente. Los falsos turistas de la RDA aprovecharon la grieta del telón de acero en Hungría (2 de mayo) para huir hacia Austria y Alemania federal.

Como recuerda Lech Walesa, la línea divisoria entre las dos Alemanias era “la frontera de la libertad”, las mismas palabras que, sarcásticamente, o quizá imitando a la pesadilla de Orwell en 1984, se empleaban en las escuelas de la RDA para nombrar el que para los occidentales era el muro de la vergüenza. En todos los países donde las masas tomaron las calles pervivían los recuerdos de un pasado de infamia, el de las represiones de Berlín-Este en junio de 1953, de Poznan (Polonia) en junio de 1956, de Budapest en noviembre de1956, de Praga en agosto de 1968 y de Varsovia en 1981. La salida sólo fue sangrienta en Rumanía, donde la feroz dictadura de los esposos Ceaucescu y la todopoderosa Securitate mantenían una situación irrespirable que desembocó en una conspiración dentro del partido de terribles consecuencias.

Los manifestantes reflejaban, desde luego, la verdadera guerra civil que había estallado dentro de las nomenklaturas comunistas entre los partidarios de las reformas y los inmovilistas Pero no se puede aceptar como causa decisoria la explicación revisionista de que la revolución de 1989 fue poco más que “la implosión del establishment comunista”, como pretende el historiador Stephen Kotkin en su Incivil Society: 1989 and the Implosion of the Communist Establishment. Todo parece indicar que el socialismo real había agotado su dinamismo, había perdido la iniciativa histórica, si alguna vez la tuvo, y sólo ofrecía privaciones y represión, aherrojado por la dictadura sobre las necesidades, aislado por una propaganda inoperante.

Otra tesis defiende que el fin del comunismo en Europa se debió fundamentalmente a que la Europa occidental, con el respaldo de EE UU, había sabido organizar un proyecto coherente y una alternativa frente al pasado alemán y el presente soviético. James Sheehan, en The Fall of the Berlin Wall, un libro colectivo editado por Jeffrey Engel, explica “cómo la transformación de Europa después de 1945 afectó a al calendario y el carácter del fin de la guerra fría”. El éxito de una Europa cada día más unida y en paz aventó los fantasmas del pasado y generó fuerzas magnéticas en las fronteras del imperio soviético que finalmente erosionaron las bases de la dictadura comunista y de las falsas profecías sobre su presunta eternidad.

En Polonia, como rememora Adam Michnik, “fue la clase obrera la que derribó al comunismo”, con Lech Walesa y el sindicato Solidaridad al frente. La caída del muro fue precedida en la RDA por grandes concentraciones de protesta en Berlín, Leipzig y Dresde. En Checoslovaquia, en la plaza de san Wenceslao, se concentraron más de 300.000 personas cantando “Havel na hrad” (Havel al castillo, es decir, al poder). En Hungría, por el contrario, los acontecimientos se precipitaron por la acción del sector reformista del partido que, enlazando con la historia nacional brutalmente interrumpida en 1956, declaró ilegal el fusilamiento de Imre Nagy y decidió levantar el telón de acero en la frontera con Austria para permitir la huida no sólo de los alemanes orientales sino de cualquiera otra persona que pudiera verse en peligro. En la RDA, los manifestantes adoptaron el lema “Wir sind das Volk” (“Nosotros somos el pueblo”), como un lejano eco de los sarcasmos de Bertolt Brech.

La historia, sin embargo, no estaba decidida ni el desenlace asegurado. En contra también del marxismo, ningún capítulo puede escribirse de antemano, ni ninguna utopía resulta inexorable. La catástrofe estuvo a punto de acontecer en Leipzig, en la noche del 9 de octubre, cuando la dirección comunista alemana optó en principio por la represión e incluso preparó los hospitales para acoger a los heridos, pero se encontró con la terminante negativa de los soviéticos. El edificio empezó a derrumbarse cuando Moscú ordenó a sus tropas en la RDA que no dispararan contra el pueblo. Al esfumarse la coerción, la marea humana se hizo incontenible.

En un brillante ensayo sobre la incesante y caudalosa bibliografía de aquellos acontecimientos, publicado en The New York Review of Books, Timothy Garton Ash, que los vivió en directo, critica “la tendencia a considerar que el desenlace histórico finalmente producido era más probable que otras opciones que entonces parecían reales”. Y añade: “Lo que realmente ocurrió se interpreta ahora como si en verdad hubiera tenido que ocurrir”, olvidando, por ejemplo, que un sector de la dirección comunista de la RDA era proclive a una imitación de la matanza en la plaza de Tiananmen de Pekín, el 4 de junio de aquel mismo año, cuando el Ejército Popular disparó contra los estudiantes y ahogó en sangre la primavera. Esa inclinación a explicarlo todo como si ya estuviera predeterminado se nutre de “las ilusiones del determinismo retrospectivo” que vituperaba Henri Bergson.

Lo sucedido en el Kremlin desde la muerte de Leonid Brezhnev (1982) fue un proceso que se pretendió de reforma y regeneración, pero acabó siendo de liquidación, entre las vacilaciones de una nomenklatura desconcertada y dividida. Los breves interregnos del inteligente Yuri Andropov (jefe del KGB) y del patético Konstantin Chernenko prepararon la elección de Mijail Gorbachov como secretario general del PCUS (11 de marzo de 1985) y el lanzamiento del programa de la perestroika (reforma) y la glasnost (transparencia), dos palabras mágicas que cayeron como sendas bombas en las aguas inmóviles del universo comunista y provocaron un verdadero seísmo dentro del Pacto de Varsovia.

Los vientos de libertad soplaban con fuerza en el este, del Elba a los Urales, aunque no hubieran prendido por igual en todos los sectores sociales. Mijail Gorbachov, el candidato de Andropov y del KGB, el sector de la nomenklatura que tenía un mejor conocimiento de la situación en todo el bloque, lanzó un programa de reformas y puso oficialmente en la picota el estancamiento que había caracterizado los últimos años de la dictadura burocrática de Leonid Brezhnev, pero no se proponía otra cosa, en principio, que fomentar las energías malgastadas y acabar con las perversiones más notorias del sistema anquilosado cuando no exhausto. Un nuevo intento de modernizar Rusia sin recurrir a la fuerza.

Robert Conquest, el gran historiador del terror estalinista, entrevistó años después a Gorbachov, y cuando le preguntó si hubiera actuado de la misma manera de haber conocido el resultado, éste respondió: “Probablemente no”, según confidencia revelada por Garton Ash. Nos está vedado especular con la hipótesis de la llamada “solución a la china” para los males de la URSS, es decir, la apertura del camino de la prosperidad mediante el entierro del socialismo como modelo económico y una pirueta ideológica para hacer compatible el capitalismo salvaje con la hegemonía sin competición y la dictadura del partido.

Con polacos y húngaros a la cabeza del impulso para recuperar la libertad, aquéllos dirigidos por Lech Walesa y el sindicato Solidaridad, éstos cada día más dispuestos a superar “el socialismo del goulash”, el experimento de bienestar sin libertad impulsado por el verdugo de 1956, Janos Kadar, a fin de lavar su conciencia. Unos y otros alentados tanto por el papa Juan Pablo II como por el presidente Ronald Reagan. Éste se atrevió a describir a la URSS como “el imperio del mal”, pero visitó Moscú casi al final de su mandato (1988) y abrió unas negociaciones sobre desarme que iban en la dirección deseada por Gorbachov y la élite soviética, ambos persuadidos de que el régimen del socialismo real tenía que reformarse para sobrevivir.

El desastre económico no basta, sin embargo, para explicar la caída del comunismo en Europa y la desintegración del imperio soviético en tan sólo dos años (1989-1991). Una vez más, los factores materiales del catecismo marxista-leninista resultan insuficientes, aunque era evidente que algunos países comunistas, empezando por la RDA, estaban en bancarrota. Educados en ese catecismo, la gran equivocación de Gorbachov y la élite soviética consistió en creer que el sistema comunista era reformable. Por eso, cuando se derrumbó el muro de manera imprevista, no estaba claro que el líder soviético estuviera dispuesto a aceptar la reunificación alemana, la disolución del Pacto de Varsovia y mucho menos la extinción de la URSS.

El entonces disidente Adam Michnik, actualmente director del diario Gazeta Wyborcza, de Varsovia, tras analizar la situación en todos los países del este en aquella época, llega a la conclusión de que “el factor decisivo fue Rusia” y los cambios introducidos en su estrategia militar y diplomática. El escudo protector soviético arrancado por Stalin a los aliados en 1945 entró en descomposición cuando el Kremlin puso en marcha un espectacular viraje en su política exterior que fue más allá de las negociaciones directas con EE UU.

La visita de Gorbachov a Berlín-Este el 7 de octubre de 1989, para celebrar el 40 aniversario de la creación de la RDA, acabó por convertirse en un funeral cuando aquél advirtió a sus anfitriones: “La vida castiga a los que llegan demasiado tarde”, palabras que en el contexto de entonces sólo tienen una lectura: si no adoptáis las reformas imprescindibles, seréis arrastrados por el ventarrón del cambio. El mismo día, el líder soviético fue aclamado en la avenida Unter den Linden, cerca de la apabullante embajada soviética, a los gritos de “Gorby, ayúdanos”, por los militantes que habían sido congregados por el partido con el objetivo ritual de respaldar al régimen agónico.

Ante la agitación creciente en los países del Pacto de Varsovia, el ministro soviético de Exteriores, Eduard Shevarnadze, anunció el 23 de octubre de 1989 una política de manos fuera de los asuntos internos de los satélites. El mismo día, con una frivolidad probablemente calculada, Guennadi Gerasimov, portavoz de Gorbachov, declaró que la doctrina Brezhnev de la soberanía limitada, improvisada en 1968 para justificar la invasión de Checoslovaquia, había sido reemplazada por la doctrina Sinatra para que los países del este de Europa hicieran las cosas y resolvieran los problemas “a su manera” (their way). Dos días después, de visita en Helsinki, el líder del Kremlin condenó de manera inequívoca la doctrina Brezhnev.

El dimitido Erich Honecker (18 de octubre), enfermo y sobrepasado por los acontecimientos y las presiones soviéticas, fue reemplazado por ele burócrata Egon Krenz, que pasará a la historia por haber descubierto la palabra Wende (cambio) cuando el régimen, en verdad, funcionaba como una cárcel y se estaba desmoronando. La revolución pacífica de los alemanes recibió un nuevo impulso y se propagó a otras ciudades. Más 120.000 personas se congregaron en Leipzig, en medio del desconcierto creciente de las fuerzas del orden. El régimen se precipitó hacia el abismo cuando el 4 de noviembre casi un millón de personas abarrotaron las principales arterias de Berlín oriental para exigir un cambio acelerado.

Pese a la agitación de aquellos días gloriosos, la caída del muro fue un acontecimiento imprevisto. Ni siquiera los servicios secretos habían sido capaces de adivinar el desenlace. Según los últimos documentados desclasificados, el espionaje de la Alemania occidental disponía en 1989 de informaciones contradictorias, aunque las fuentes eran fiables, y fracasó estrepitosamente al no darse cuenta de que la RDA estaba al borde del colapso. El canciller Kohl y su ministro de Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, se encontraban de visita en Polonia cuando el muro se desplomó.

El azar también contribuyó al viraje histórico con la legendaria conferencia de prensa de Günter Schabowski, miembro del politburó y jefe comunista de Berlín, en la tarde del 9 de noviembre. Tras anunciar que iban a concederse visados para que los germano-orientales pudieran atravesar el muro y viajar al extranjero, y cuando un periodista le preguntó por la fecha de entrada en vigor de las nuevas normas, Schabowski respondió: “Ahora mismo, sin demora”, sin darse cuenta de que al final del escrito que estaba leyendo la concesión de permisos se demoraba hasta el día siguiente y se supeditaba, como era habitual, a unos trámites enojosos. Eran las 18.53 horas del 9 de noviembre. Los periodistas y el público en general interpretaron que los pasos fronterizos se abrirían de inmediato. El presentador del telediario de las 20 horas en la TV oficial proclamó: “Las puertas del muro se han abierto de par en par.” Fue un error burocrático el que derribó como por ensalmo los barrotes ignominiosos que mantenían prisionera a la población. Fue la noche jubilosa y la fiesta de la libertad.

Los ensayos de Timothy Garton Ash y Philip D. Zelikow, citados en el texto, son recensiones críticas de la mejor y más reciente bibliografía sobre el tema (en inglés). Mi libro La caída del muro. Del comunismo a la democracia (Barcelona, 1990) recoge la bibliografía básica existente en aquella época.

La caída del muro

 

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Responses

  1. Creo que, en general, el artículo está muy bien documentado, pero le falta crítica respecto a lo acontecido, informando más que opinando, cercano al periodismo anglosajón pero lejos de lo que en mi caso espero de un “observador mundial”.
    He de reconocer que ocurre todo lo contrario en el artículo/crítica de los libros de Wright y Amis (he leído el primero de ellos y subrayo como usted el capítulo de la fundación del grupo ,si puede llamársele así, de los Hermanos Musulmanes).
    De todos modos, celebro su decisión respecto a haber iniciado esta nueva andadura y hacernos partícipes a los demás.
    Saludos.

    • Agradezco su amable comentario y espero seguir mereciendo su atención. Cordialmente, Mateo Madridejos


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