Posteado por: M | 13 noviembre 2009

La caída del muro, 20 años después (y III)

El nuevo orden en ardua gestación

Después de las ceremonias que marcaron en Berlín el vigésimo aniversario de la caída del muro, el gran acontecimiento que unificó Europa y consagró la hegemonía incontestable de Estados Unidos en un mundo crecientemente globalizado y complejo, un análisis somero de la situación permite comprobar que la historia, lejos de haber concluido con la victoria de la democracia y el liberalismo económico, como creyó Francis Fukuyama, se acelera de nuevo y plantea gigantescos problemas que perturban la convivencia pacífica entre las naciones. El proceso que comenzó con el fin de la guerra fría está inacabado y reclama un gran arquitecto del nuevo orden.

 La instauración de la democracia sobre las ruinas del imperio totalitario no ha sido una panacea. Europa se halla teóricamente unificada con el ingreso de los países de Europa central en la OTAN y la Unión Europea (UE), mas las diferencias de nivel de vida son abismales a ambos lados del Elba, la frustración avanza por los territorios que estuvieron sometidos al yugo soviético, mientras el nacionalismo y el populismo retornan con sus cohortes de malos augurios. La sombra de Rusia y su visión del “extranjero próximo” gravita sobre Ucrania y los países del Cáucaso, al mismo tiempo que desgarra a la Europa occidental en función de sus necesidades o negocios energéticos.

 La “confusión de sentimientos” recorre el continente. El conflicto yugoslavo sigue latente en Bosnia, Kosovo o Macedonia, la corrupción se extiende por Albania y Bulgaria, y tampoco faltan las tensiones étnicas entre Hungría y sus vecinos. La conclusión es que una Rusia disminuida y atrasada, pero aún poderosa, sigue como actor inesquivable en la periferia de una Europa incapaz de traducir en el campo de la geopolítica su superioridad económica, quizá porque se mantiene estrictamente subordinada a EE UU dentro de la OTAN, una alianza sin enemigo determinado.

 Cada vez que Europa vacila, empeñada en perpetuar la geometría variable como forma de eludir las discusiones enojosas o las decisiones drásticas, se perfila su futuro estatuto como inmensa Confederación Helvética, neutral en todos los conflictos, ecologista-pacifista, atractiva para los países limítrofes, pero militar y demográficamente decadente, como si estuviera paralizada por el horror de la fuerza, fruto ambivalente de la carencia de un proyecto concreto y viable, así como de la falta de convicción para defender los valores que la llevaron a la prosperidad y la paz.

 Aleksandr Yakovlev, consejero de Gorbachov en los días más dorados de la perestroika, anticipó el peligro que se avecinaba con la desintegración de la URSS: “Os quedaréis sin enemigo”, advirtió a los norteamericanos. El nuevo jinete del Apocalipsis llegó con los atentados de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 y lo hizo de forma muy mortífera y osada. Ocho años después persiste en sus acechanzas como una nebulosa escurridiza y temible, insidiosa, aunque no presenta un frente identificable; vocifera y predica el odio a Occidente y la guerra santa (yihad), se expande por todo el mundo, pero se escabulle ante los medios más modernos de aniquilación, como se comprueba en Afganistán y Pakistán.

 El mundo sufre con el desorden y sus conflictos resultan tan imprevisibles como amenazantes. La actual situación de incertidumbre nada tiene que ver con la estabilidad de acero de los dos bloques de la guerra fría y la coexistencia pacífica derivada del empate nuclear. Desde 1947, cuando fue formulada por Mr. X (George Kennan), en un artículo célebre en la revista Foreign Affairs, los sucesivos gobiernos norteamericanos tuvieron como guía la gran estrategia de “contención de un comunismo por esencia expansivo”. Estaban cómodos al combinar la resistencia con el hostigamiento.

 Veinte años después del triunfo en la guerra fría, en medio de dos guerras calientes, lejanas y onerosas, ante el polvorín de Oriente Próximo, el desafío de la proliferación nuclear y la competencia exacerbada de China, el presidente Obama carece de una planificación estratégica para lograr la paz o al menos preservar y controlar un precario equilibrio. Está rodeado de consejeros sin duda competentes, pero sin la visión aguda y planetaria de Kennan. Su principal designio consiste en “hablar con el enemigo”, consigna ambigua o pegatina para cualquier envoltorio diplomático.

 Históricamente, empero, el apaciguamiento produjo resultados trágicos en todos los continentes y tiene mala prensa. La pretensión de parlamentar con los antagonistas, con Irán, Corea del Norte o Cuba, o el prurito de “un nuevo comienzo con el mundo islámico”, ya se ha visto que no sirven sino para adornar algunos discursos. Tampoco es suficiente la voluntad de llegar a una acomodación con Rusia y China: retirar el escudo antimisiles de Europa oriental y asegurar a Beijing que EE UU no tiene la intención de contrarrestar su poder ascendente en Asia, África e incluso América Latina, mediante la bautizada como “seguridad estratégica renovada”. Lo que pone de los nervios a algunos aliados asiáticos.

 “Cuando el muro de Berlín se derrumbó, el establishment de la política exterior norteamericana quedó a la deriva”, escribe James M. Goldgeier, especialista en relaciones transatlánticas, en un artículo que analiza la cronología estratégica de EE UU durante medio siglo. El Defense Planning Guidance (1992), elaborado en el Pentágono por los neoconservadores que rodeaban al entonces secretario Dick Cheney, fijó como “primer objetivo” la voluntad de “prevenir la emergencia de un nuevo rival” universal, pero fue desautorizado por el presidente Bush (padre), empeñado en preservar la coalición internacional que le llevó a la victoria en la primera guerra del Golfo (1991).

 Luego de los atentados terroristas de 2001, el presidente Bush (hijo) puso en práctica una estrategia global de “guerra contra el terror” y desprecio del multilateralismo de resultados altamente problemáticos cuando no desastrosos. Dividió a los aliados, engendró dos guerras, congeló el conflicto del Oriente Próximo y convirtió al Goliat reticente en un imperio militarmente fatigado y económicamente hundido en los déficits y la depresión. Obama heredó una situación menesterosa, pero aún no ha definido una estrategia para salir del atolladero. Ni el multilateralismo ni la prioridad diplomática señalan un camino fácil.

 Algunos pensamos que con el equipo de Obama retornaba a la práctica diplomática y militar el realismo de que hicieron gala las parejas Nixon-Kissinger y Bush (padre)-James Baker. Hillary Clinton parecía predestinada a un pragmatismo al que repugnan las doctrinas rígidas y los prejuicios ideológicos, supeditados siempre a los sagrados intereses de la superpotencia única. También Obama se encontraba cómodo en esos parámetros, pero empezó a pronunciar discursos grandilocuentes, en El Cairo, Praga o la ONU, y empezamos a encontrar una enorme distancia entre aquellas proclamas y la realidad. Y así seguimos, de nuevo a la deriva, sin conocer cuál puede ser la arquitectura del nuevo orden y los caminos para allegar los materiales de su construcción, mientras se enconan los problemas internos de la superpotencia.

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Responses

  1. Cayó el Murto de Berlín, medio mundo quedó huerfano.- Desde entonces se han levantado otros muros,muros que el “Goliat” no puede derribarlos.- ¿La arquitectura del nuevo orden? :Por la última reunión en Canada de los más ricos, vemos que no son muy arquitectos,más bien :Ingenieros financieros.
    ¿La solución? :Posiblemente la tengan los chinos.-Vd. Don Mateo y yo,no lo veremos,pero……tiempo al tiempo.-


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