Posteado por: M | 20 noviembre 2009

Visita decepcionante de Obama a Beijing

De muy poco ha servido la visita de Barack Obama a Beijing, donde su homólogo chino, Hu Jintao, se mostró menos complaciente de lo que había previsto la Casa Blanca al preparar y orquestar el viaje. El poder de persuasión, el carisma y las concesiones del presidente norteamericano, sin precedentes desde la entrevista de Nixon con Mao en 1972, no impresionaron a sus interlocutores, de manera que la cumbre sólo sirvió, en el mejor de los casos, para sentar las bases de una relación que todo el mundo considera necesaria y espera fructífera, pero que se augura ardua y hasta conflictiva.

 Obama se mostró conciliador antes de comenzar su periplo por Asia, cuando se negó a recibir al dalai lama en la Casa Blanca y puso sordina a la persecución de los disidentes y en general de los derechos humanos que el gobierno chino pisotea sistemáticamente. Los reproches empiezan a circular por Washington, entre los que no sólo se escandalizan por los silencios presidenciales, para no herir la extremada susceptibilidad de sus huéspedes, sino que también vituperan las genuflexiones estratégicas resumidas en una promesa: “EE UU no tratará de contener a China.” Hu Jintao respondió a esa cortesía con el  olvido de otra cuestión recurrente y enojosa: la venta de armas norteamericanas a Taiwán.

Tampoco dijo nada el presidente norteamericano sobre la escalada militar — China cuenta con el ejército más numeroso del mundo (más de un millón de hombres)–,  sus intenciones y, sobre todo, el despliegue de nuevos misiles intercontinentales. Frente a los numerosos analistas que consideran a China como el poder emergente y rival de EE UU en la cuenca del Pacífico, Obama desplegó todos sus encantos para entregar otro mensaje balsámico según el cual los dos países no están destinados a ser adversarios, sino más bien cooperadores en la resolución de los conflictos que sacuden el mundo. El presidente que se presenta como un campeón de los derechos humanos tampoco se molestó en exigir una entrevista con algún representante de la disidencia.

En todos los asuntos que figuraban entre las preocupaciones norteamericanas –Corea del Norte, sanciones contra Irán, revalorización del yuan, cambio climático–, los chinos aplicaron la ley del silencio o de la contradicción. Para que no hubiera dudas sobre su pétrea actitud, los anfitriones escenificaron el desacuerdo ante la prensa internacional. Así, poco después de la entrevista de ambos presidentes, en la que Obama abogó por una nueva relación de cambio entre las divisas, un alto funcionario chino convocó a los periodistas para entregarles un comunicado de rechazo. Y cuando Obama reclamó más libertad en Internet –única incursión en el espinoso asunto de las libertades –, sus interlocutores replicaron que “las comunicaciones online no puede poner en peligro la seguridad nacional”. Un genuino diálogo de sordos.

He aquí algunos detalles sobre la dureza, el descaro y el recelo de los anfitriones. En la conferencia de Obama en el ayuntamiento de Shanghai, los 50 estudiantes seleccionados para formular las preguntas eran miembros de las Juventudes del Partido Comunista (PCCh). Como suponía que Obama podía decir algo provocativo, el gobierno chino recusó la petición de la Casa Blanca para que el discurso fuera televisado en directo a nivel nacional. En la conferencia de prensa conjunta no se permitieron preguntas de los periodistas y Hu aleccionó a Obama sobre el proteccionismo, pese a que, como es notorio, el gobierno chino manipula su moneda para primar las exportaciones. Algunos periodistas norteamericanos consideraron que toda la coreografía había resultado humillante. Como escribió el enviado especial de Los Angeles Times, “fue muy difícil encontrar a alguien en Beijing que expresara auténtico entusiasmo por la visita de Obama”.

Estos desencuentros deben interpretarse en el marco del puntilloso nacionalismo chino y la exacerbada pretensión de no aparecer nunca como un país subalterno, sino como heredero del Imperio del Medio, más confuciano que socialista, que ahora se manifiesta en un poder económico sin parangón, “fábrica del mundo”, al que EE UU debe halagar para que siga adquiriendo su deuda. Mientras el Banco de China siga siendo el banquero de EE UU no puede esperarse lógicamente que el presidente norteamericano se presente como demandante en Beijing.

China sigue comprando la deuda estadounidense, a través de los bonos del Tesoro, para financiar los gigantescos déficits, o simplemente adquiere dólares para impedir la apreciación del renminbi (yuan). En los últimos años, esa relación de conveniencia ha llegado a ser tan desequilibrada como perniciosa, hasta el punto de que los productos importados de China suponen más de un tercio del frenético consumo norteamericano. En el período 2000-2008, China cuadriplicó su PIB, multiplicó sus exportaciones por cinco, importó tecnología occidental y creó decenas de miles de puestos de trabajo en sus factorías para absorber al exceso de población campesina. Sus reservas ascienden ahora 2,3 billones de dólares. Un gigante en orden de combate.

Esta situación de matrimonio de conveniencia al borde del divorcio por culpa de la crisis económica de 2007 suscita un gran debate en Washington sobre la continuidad o la ruptura, la asociación o la rivalidad geoestratégica. Obama ha preferido preservar el statu quo, a pesar de sus enormes inconvenientes, y por eso su visita resultó tan aleccionadora como decepcionante.

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