Posteado por: M | 2 diciembre 2009

Nuevo tratado, viejos problemas

El tratado de Lisboa, que revisa las instituciones de la Unión Europea (UE), entró en vigor  el 1 de diciembre, casi dos años después de que fuera firmado en la capital portuguesa, el 13 de diciembre de 2007, por los dirigentes comunitarios. El tratado es una versión liviana de la frustrada y pretenciosa Constitución de Europa, cuyas aspiraciones y expectativas recorta drásticamente. Si además se tiene en cuenta que el proyecto constitucional, elaborado por una convención paneuropea, estaba listo en diciembre de 2003, pero fue enterrado en 2004 tras los referendos negativos de Francia y Países Bajos, la demora resulta tan desconcertante como muy precarios son los motivos para el regocijo.

Los más europeístas, desde luego, están desconcertados cuando no irritados y consternados por este simulacro integrador que pone en tela de juicio el viejo principio fundacional de “fortalecer una unión cada día más estrecha entre sus miembros”. El socialista francés y eurófilo Michel Rocard, ex primer ministro, tras criticar acerbamente los últimos nombramientos, sentenció: “La Europa política está muerta; de hecho, ha sufrido cinco intentos de asesinato, todos mortales.” En su opinión, todos los países europeos, encabezados por Gran Bretaña, desean preservar sus prerrogativas para “impedir que Europa se convierta en una entidad capaz de conducir la política común”. Para el Guardian londinense, refugio de los pocos europeístas residuales británicos, “el continente se aleja de la mesa de los grandes, tras desaprovechar una verdadera oportunidad de mantenerse en el nivel del G-2, dominado por los polos gemelos de Washington y Beijing”. “Europe Chooses Nobodies” (Europa elige a don nadie), tituló el semanario alemán Der Spiegel en su versión inglesa.

El británico The Economist recurrió al poeta Horacio para describir lo sucedido con la reforma de las instituciones europeas y la elección de sus líderes: “Las montañas se pusieron de parto y parieron un ridículo ratón.” Por eso se pregunta si valió la pena casi ocho años de laboriosa gestación para un resultado tan pobre e indeciso. La situación es confusa, como no podía ser de otra manera, y el futuro sigue marcado por la incertidumbre. Los federalistas no ocultan su decepción, la ausencia de ambiciones globales, y los euroescépticos insisten en vituperar los poderes excesivos de Bruselas y los frágiles cimientos democráticos de todo el edificio institucional.

La verdad es que los Estados-nación que la UE pretendía superar gozan de una salud insolente, con las excepciones de los azotados por el vendaval centrífugo (Bélgica, España, principalmente), de manera que las grandes potencias a escala europea imponen sin rebozo sus intereses, según demuestra el virtual dictado franco-alemán para elegir al primer presidente permanente del Consejo Europeo, con un mandato de dos años y medio, cargo de nueva creación  que recayó en el primer ministro belga, el democristiano Herman Van Rompuy, tan discreto como inofensivo, católico ferviente en un proyecto que elimina cualquier referencia a las raíces cristianas de Europa.

Para consumar el parto de los montes tuvo que ser eliminada la candidatura del incómodo Tony Blair, líder laborista que puso en el mercado de las ideas la famosa tercera vía para rescatar a la socialdemocracia del cataclismo ideológico derivado de la caída del muro y la desintegración de la URSS. Pero el tercer grande de la UE, aunque en posición excéntrica, recibió un premio de consolación cuando, de forma totalmente sorpresiva, la baronesa laborista Catherine Ashton, sin ninguna experiencia, fue elegida Alta Representante para la Política Exterior y de Seguridad. El hecho de que la diplomacia europea sea confiada a una representante del Reino Unido, cuando es evidente que Londres no desea una política exterior común en ningún caso, entraña un sarcasmo de imposible justificación y una aventura dispendiosa con la que alimentar la voracidad del ogro burocrático de Bruselas.

Los efectos del nuevo avance retórico, en el camino de una integración de fachada, se concretarán, a lo sumo, en la inauguración de algunos festejos inocuos, en el nuevo protocolo de las cumbres y en la creación de un pletórico cuerpo diplomático específicamente europeo (no menos de 6.000 personas) que, salvo prueba en contrario, no será escuchado seriamente en Estados Unidos, Rusia, India o China. Aunque pueda parecer lo contrario, lo cierto es que la política exterior es uno de los asuntos que permanecen sujetos a la regla de la unanimidad o, lo que es lo mismo, del veto de los socios más poderosos.

La reforma institucional, que debía haber sido alcanzada antes de la masiva ampliación derivada del tratado de Atenas (2003-2004), que abrió las puertas a diez nuevos Estados miembros, la mayoría de ellos liberados de la pesadilla del socialismo real y del yugo soviético, se produce con mucho retraso, de manera que es como si el carro y su pesada carga de ilusiones y desengaños se hubieran puesto delante de los bueyes. Dos años después se añadieron Rumania y Bulgaria. En ese sentido, una ampliación tan apresurada como desequilibrada tuvo efectos nefastos sobre la cohesión federalizante y fortaleció a todos los que piensan, con Gran Bretaña y EE UU a la cabeza, que la unión política de Europa no debe perjudicar el estatuto de la OTAN ni menoscabar las alianzas diplomáticas tradicionales, es decir, la relación especial inquebrantable entre Washington y Londres.

La solución minimalista en la elección de los máximos representantes de la UE coloca plomo en las alas del tratado de Lisboa, cuyas ambiciones son modestas. Ciertamente elimina en muchas materias el derecho de veto de los Estados miembros, pero lo mantiene en los asuntos cruciales de política exterior, fiscalidad y defensa. La Comisión Europea, presidida de nuevo por el portugués José Manuel Barroso, mantiene el monopolio de proponer la legislación comunitaria.

Por si existía alguna duda sobre la fractura, Gran Bretaña, Irlanda, Polonia y la República Checa han obtenido derogaciones (opting-out) notables en justicia, seguridad y Carta de los derechos fundamentales. Si a todo ello añadimos que Londres y sus aliados nórdicos siguen al margen del euro como moneda fiduciaria, la realidad es una Europa de varias velocidades, trufada de excepciones y privilegios, que ni siquiera ha completado la unión económica y monetaria que creó el tratado de Maastricht (1992).

Las contradicciones y desencuentros datan de la época en que el general De Gaulle puso el veto al ingreso de Gran Bretaña en la entonces Comunidad Económica Europea o Mercado Común (14 de enero de 1963). La cohesión se mantiene artificialmente porque el dilema sigue siendo el mismo: ¿Una Europa americana, con Londres como caballo de Troya de Washington, o una Europa europea socia de Estados Unidos? ¿Una federación o una simple zona de libre cambio? Y más preguntas sin respuesta. ¿De cuántas divisiones dispone la Europa de los 27?, podríamos decir parafraseando el sarcasmo de Stalin sobre el poder del Papado. El gigante económico sigue siend0o un enano militar y político. ¿No será que Europa entera aspira a devenir una Confederación Helvética a escala continental, perfectamente desarmada, que cercena los minaretes para que no se aprecie la invasión islámica?  ¿Para qué entonces esa gigantesca burocracia bruselense y esa jungla de directivas y reglamentos?

La idea de una superpotencia europea, capaz de actuar como socio y no como subalterno de EE UU, resulta por el momento una entelequia, un objetivo inalcanzable si los europeos no adquieren plena conciencia de las opciones que entrañaría, militares y políticas, y de los sacrificios inevitables. Nada parece indicar que la ciudadanía europea esté en condiciones de asumir ese desafío. El belga Van Rompuy será probablemente un amigable componedor, pero no el George Washington federador que seguirán aguardando los más utópicos. Una vez más se imponen la prudencia y el escepticismo cuando echa a andar el tratado de Lisboa.

Anuncios

Responses

  1. Un paso más en la frustración con que el ciudadano concibe la forma en que se está forjando Europa. El artículo es excelente y buen exponente de la debilidades burocráticas que padecen los entes establecidos en Bruselas, cada día más alejado de la verdad en que viven muchos millones de europeos.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: