Posteado por: M | 5 diciembre 2009

Escalada en Afganistán

Después de tres meses de debates y cabildeos al más alto nivel de la seguridad nacional y el Pentágono, el presidente Barack Obama, en un discurso pronunciado en el escenario castrense de la Academia de West Point, el 1 de diciembre, desveló su nueva estrategia en Afganistán, asumió la responsabilidad directa de la escalada del conflicto con el envío de 30.000 soldados más a la mayor brevedad posible, hasta un total de 100.000, y se expuso por primera vez a las críticas conjuntas, aunque por distintas razones, de un sector importante de su Partido Demócrata y los líderes del Partido Republicano.

Las palomas demócratas le reprochan la escalada del conflicto, muy cerca de las demandas del comandante en jefe, general Stanley McChristal, de manera parecida a lo que Bush hizo en Irak. Además, los más a la izquierda están horrorizados por el síndrome de Vietnam, el recuerdo aún lacerante de la guerra que no solo arruinó la carrera política del presidente demócrata Lyndon Johnson en 1968, sino que condujo a una derrota infamante, desencadenó una espiral inflacionista y puso fin a la convertibilidad del dólar. Otros traen a colación los apuros de Gorbachov en 1985, atrapado entre el desastre de Afganistán y las exigencias de la perestroika. Los halcones republicanos aplauden el envío de refuerzos, pero deploran que el presidente fijara una fecha (mediados de 2011) para el comienzo de la retirada. “Una guerra se gana quebrantando la voluntad del enemigo, pero no anunciando la retirada”, resumió el senador John McCain.

Un comandante en jefe dubitativo, que dio la impresión de estar obsesionado por la cuadratura del círculo, por el deseo de contentar a todo el mundo, en el frente y en la retaguardia, sorprendió incluso a sus más decididos partidarios con un programa contradictorio de escalada y repliegue (surge and retreat). Como si hubiera olvidado lo que dicen los talibanes capturados durante los interrogatorios: “Vosotros tenéis los relojes pero nosotros tenemos el tiempo”, el tiempo necesario para que se incendie el frente interior norteamericano y suenen todas las alarmas por el coste excesivo de la guerra en una época de aguda crisis económica. La mitad aproximadamente de los norteamericanos se opone a la escalada, según las encuestas.

Hasta los grandes periódicos favorables al presidente, como The New York Times, matizan su fascinación por el primer presidente negro y reconocen que no será fácil vender el aumento de tropas, superior en términos porcentuales al ordenado por Bush en Irak en 2007, con el argumento confuso de que la manera más rápida de acabar con la guerra es la escalada. Ante la obvia contradicción, el presidente evocó los atentados del 11 de septiembre de 2001, recordó el respaldo de la OTAN e hizo un llamamiento a la unidad nacional. Según Obama, las fuerzas adicionales permitirán “acelerar la transferencia de responsabilidades a las fuerzas afganas y comenzar a transferir nuestras tropas fuera de Afganistán en julio de 2011”.

Conocedor de las críticas en el campo demócrata, el presidente puso en guardia a sus correligionarios contra “una lectura errónea de la historia”. Añadió que EE UU está apoyado por una coalición de 43 países en Afganistán mientras que estaba solo en Vietnam, afirmación inexacta (también hubo tropas de los aliados asiáticos en Vietnam) que además olvida las reticencias y demoras de los principales aliados europeos (Francia y Alemania) ante la escalada inminente.

Obama reconoció la tentación del repliegue, el aislacionismo tradicional que se extiende entre sus compatriotas, y recordó que desde hace 60 años, “EE UU financia la seguridad internacional”, sin que las otras potencias le muestren muchas veces su gratitud. Y terminó con una nota de crudo realismo: “No podemos permitirnos el ignorar el precio de estas guerras” porque “la prosperidad es el fundamento de nuestro poder”. Dos observaciones que se refieren a la cuestión crucial del momento: la adecuación de los fines a los medios disponibles o cómo hacer compatible el retroceso relativo de la economía, los déficits gigantescos y el cansancio del ejército con su  desempeño como gendarme universal.

Por primeras vez, las críticas se han extendido por todos los sectores. El aumento de tropas y la prevista afganización del conflicto parecen inspirados en la decisión de Bush en Irak en 2007, a la que Obama se opuso durante su campaña electoral. Pero las condiciones que hicieron posible el relativo éxito de Irak no se dan en Afganistán. Nada parecido a las tribus iraquíes de confesión suní que se alzaron contra el terror con el respaldo económico y logístico de los  norteamericanos. Los talibanes que llevan el peso de la insurgencia pertenecen a la tribu mayoritaria, la de los pastunes, mientras que los principales jefes de Al Qaeda en Mesopotamia eran extranjeros. Pese a su fragilidad congénita, el gobierno de Bagdad era más presentable y representativo que el corrompido de Hamid Karzai en Kabul.

No obstante, el punto más débil de la estrategia de Obama es que no ha convencido en absoluto a los que piensan que en Afganistán no están en juego los intereses vitales de la república imperial. Ni siquiera se considera cierto que Afganistán se haya convertido o esté a punto de convertirse en una plataforma para las operaciones terroristas de Al Qaeda, cuyos cuarteles de invierno se sitúan precisamente del otro lado de la frontera, en Pakistán. Aunque la similitud pueda resultar hiriente para Obama, su escalada en Afganistán corresponde a una guerra preventiva, como fue la de Irak, aunque con el aval previo de la ONU, y el desenlace a corto plazo marcará el destino de su presidencia.

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