Posteado por: M | 19 diciembre 2009

La causa de Haidar y los estrechos límites de la diplomacia española

La represión injusta por parte de Marruecos de que ha sido víctima Aminetu Haidar, activista de la causa saharaui, y su calvario entre Lanzarote y El Aaiún nos recuerdan de manera hiriente los límites estrechos en que actúa la diplomacia española, es decir, lo que ésta vale en el concierto de las naciones. Porque el primer corolario del embrollo y del retorno de Haidar a su casa, por efecto de la presión externa, es una reiteración y una alerta: las supuestas excelentes relaciones de Madrid con Rabat, incluidas las del rey Juan Carlos con Mohamed VI, no bastan para terminar de manera digna y bilateral con un problema que afecta a la conocida y deplorable situación de los derechos humanos en el reino alauí.

La diplomacia española vale lo que vale, que no es mucho. Depende inexorablemente del poder de las empresas multinacionales, de los efectivos humanos y materiales de las Fuerzas Armadas, de la eficacia de los servicios de inteligencia y de la presencia activa de España en el complejo universo de las relaciones internacionales, factores en irrevocable vínculo con la buena gestión de los recursos por el gobierno de turno –manifiestamente mejorable en este caso– y la voluntad de los electores en cuanto al presupuesto de la acción exterior, sin parangón posible, por ejemplo, con los de Francia e incluso Italia.

Con una sociedad española proclive al pacifismo y el relativismo, el apaciguamiento y el desarme, no se pueden esperar proezas diplomáticas. ¿Cuántas divisiones tiene el Ejército español, de cuántos misiles dispone?, podríamos inquirir remedando la famosa baladronada de Stalin. ¿Y si el valor de la diplomacia española dependiera o al menos estuviera condicionado por el número de soldados en Afganistán o el Líbano? ¿Acaso por la escasa profundidad estratégica de Melilla, su precaria guarnición y las dificultades para defender a los españoles que allí viven?

Pese a las buenas relaciones con Marruecos, una vez más, los representantes españoles se han visto forzados, por causa de su clamorosa inferioridad, a pedir árnica y quizá firmar alguna hipoteca en Washington y París, donde existen desde tiempo inmemorial palancas mucho más poderosas para mitigar el carácter represivo del régimen marroquí y forzar la mano del autócrata, aunque no para terminar con su ilegal administración del Sahara Occidental que fue colonia española y cuya autodeterminación figura aún en las inoperantes cuando no patéticas y/o corruptas comisiones de la ONU.

En cuanto al Partido de la Justicia y el Desarrollo (PDJ), triunfante en las últimas elecciones legislativas marroquíes, lo primero que hicieron sus dirigentes tras el éxito fue acudir a Washington para reiterar que sus pretensiones políticas desarrollistas están emparentadas con las de sus amigos turcos, las del primer ministro islamista Recep Tayyip Erdogan, calificado por Europa y EE UU de moderado, cuyos pasos pretenden seguir en Marruecos. Según el teólogo y médico Saad Edine Othmani, principal dirigente de estos “islamistas del rey”, la ley islámica será sólo un instrumento para la modernización del país y la moralización de la vida pública.

De todas maneras, la odisea de Haidar concluyó con sendas declaraciones en Madrid y París según las cuales “la ley marroquí se aplica en el territorio del Sahara Occidental”, lo que constituye un paso más en el reconocimiento de facto de Marruecos como potencia administradora. También avalan implícita o explícitamente el proyecto de autonomía para el Sahara que patrocina el reino de Marruecos, en contradicción flagrante con la posición de la ONU y de gran parte de la comunidad internacional. Nada nuevo si se tienen en cuenta las relaciones privilegiadas franco-marroquíes y la renuncia de España a cumplir con sus obligaciones históricas y mantener una posición neutral en el conflicto intermagrebí.

La policía marroquí, por supuesto, campa por sus respetos en el Sahara Occidental, donde encarcela y tortura a cualquier disidente u organiza juicios sumarísimos contra los correligionarios de Haidar, pese a lo cual el ministerio español de Asuntos Exteriores, en una nota ad hoc, se felicitaba sin rubor por “las políticas de modernización y reforma” e insistía en “el compromiso con la democracia y la consolidación del Estado de derecho” en el reino marroquí, unas afirmaciones que, además de falsear la realidad, ponen en tela de juicio la tan cacareada defensa de los derechos humanos por el gobierno de Rodríguez Zapatero.

Aunque el ministro español de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, aseveró en público que España no ha hecho “concesiones”, la prensa marroquí teledirigida inmediatamente sacó las triunfales consecuencias: “La ley marroquí se aplica sobre el conjunto del territorio del Reino.” Los líderes del Frente Polisario, por el contrario, subrayaron que el comportamiento de España y Francia socavaba su lucha por la independencia.

Desde que tomó el poder en 1982, bajo la égida de Felipe González, el PSOE ha recorrido en política exterior un ostensible camino de Damasco que se manifestó en dos cuestiones capitales: el ingreso en la OTAN, aceptado in extremis tras un referéndum, y un viraje diplomático en el Magreb que le ha llevado de defender con vehemencia la autodeterminación del Sahara a asumir dócilmente en la práctica las pretensiones exorbitantes de Marruecos.

El corolario de la volta face socialista fue el enfriamiento de las relaciones con Argelia y el aumento de la factura del gas natural. La idea de mantener un neutralismo activo en el Magreb, entre los dos países enfrentados por motivo del Sahara y que, además, pugnan por la hegemonía, nunca tuvo valedores influyentes en la Moncloa, quizá porque el entusiasmo de las izquierdas españolas por la autodeterminación del pueblo saharaui se ha evaporado o al menos ha desaparecido del escenario político, cuando no ha sido sofocado sin miramientos.

La consecuencia más llamativa es la debilidad de Madrid frente al vecino del sur, que no es de ahora, sino que se arrastra desde hace 45 años. Esa fragilidad no explicaría por sí sola la participación de EE UU y Francia en el fin del castigo injusto y el suplicio de 32 días, sin duda inducido por Marruecos, de la activista saharaui. El interés de las grandes potencias está en función de la enfermedad geopolítica de los países del Magreb, cuyos síntomas remiten a una triple crisis de secuelas imprevisibles: crisis del terrorismo salafista; crisis política crónica, ya que las elecciones rituales en Argelia y Marruecos confirman el bloqueo de ambos sistemas políticos; y crisis socio-económica, cuyo aspecto más lacerante es el empleo o subempleo estructural que golpea a más de la mitad de la población y alimenta sin pausa la expulsión de emigrantes.  

Esa triple crisis causa tanta alarma como perpetúa la incuria para resolverla. Ésta se justifica con un razonamiento tan conocido como inconsistente: un proceso democrático limpio en el Magreb conduciría, en primera instancia, al triunfo de los islamistas, y por ende, resulta más cómodo y menos oneroso respaldar a los poderes tradicionales que ofrecen seguridad estratégica, por más que resulte problemática a largo plazo y haya que cerrar los ojos ante las más palpables violaciones de los derechos humanos o la farsa reiterada de los simulacros democráticos.

Marruecos sigue creyendo que tiene la sartén por el mango, que la debilidad española es insuperable debido a los problemas de Ceuta y Melilla, la voracidad pesquera, la emigración ilegal o la extensión del terrorismo; que puede organizar nuevas marchas verdes en un futuro que nunca se concreta o que incluso sueña con poner el pie en los enclaves españoles sin tan siquiera plantear el problema de la soberanía. Sólo así cabe interpretar las amenazantes declaraciones del ministro marroquí de Exteriores, Taib Farsi Fihri, apenas unas horas antes de que compareciere en el Elíseo con un mensaje conciliador de Mohamed VI para Nicolas Sarkozy y éste sucumbiera, una vez más, a su irrefrenable inclinación por las candilejas diplomáticas.

El nacimiento de Al Qaeda en el Magreb, evolución del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), y la multiplicación de sus ataques y secuestros desde enero de 2007 confirman la internacionalidad de la yihad (guerra santa) y la superación de las fronteras de dos países rivales como Argelia y Marruecos. Ante la presión del terrorismo islamista, regresamos estratégicamente a la dinámica de la guerra fría que estuvo tan presente en la entrega por España a Marruecos de la administración del Sahara Occidental en 1975, coincidiendo con la agonía del dictador Franco y de su dictadura que desembocaron en los humillantes acuerdos de Madrid (1975).

En las últimas elecciones legislativas marroquíes, celebradas en septiembre de 2007, con una abstención récord del 63 % del censo electoral, la victoria correspondió al PJD, de inspiración islamista, aunque con reputación de moderado y respetuoso de la monarquía. Una victoria pírrica, como siempre ocurre, porque la soberanía y la democracia están lejos del Parlamento. Mohamed VI es un monarca ejecutivo, titular supremo del poder político y religioso, que nombra y destituye al primer ministro, sin tener en cuenta la aritmética parlamentaria, y administra la ortodoxia islámica como Comendador de los Creyentes.

El sistema de monarquía ejecutiva, en el que “el pueblo vota y el rey decide”, está dominado por una camarilla feudalizante o gobierno paralelo del palacio real (Majzen), que prevalece sobre el Parlamento y el gobierno oficial. Es precisamente en ese círculo interno donde se ejerce la influencia francesa a través de algún consejero áulico y unos intereses muy poderosos, teniendo en cuenta que el monarca es también el primer propietario-empresario del reino.

Y no existe alternativa democrática para la oligarquía que prevalece en Marruecos, ni para el régimen de los centuriones de Argel. El último intento reformista de Mohamed VI permanece en el limbo y no se vislumbra ningún cambio en el inquietante horizonte político, mientras que Argelia sigue sin haber superado el decenio de sangre (1993-2002) en el que perecieron más de 150.000 personas, víctimas de los atentados indiscriminados de los grupos terroristas o de la represión implacable del Ejército. Los extremistas islámicos tienen el terreno abonado no sólo por causa del subdesarrollo y la miseria, sino también por el callejón sin salida de los sistemas políticos respectivos.

Los panoramas internos se ensombrecen por la rivalidad regional, económica y militar, que se nutre del contencioso fronterizo, de las ambiciones regionales y, sobre todo, del conflicto del Sahara. Mientras Marruecos procede a la asimilación de “las provincias del sur”, Argelia sostiene al Frente Polisario, alimenta a los refugiados de la zona de Tinduf y exige un referéndum de autodeterminación. Pese a todos los embargos, Argelia encuentra en Rusia, como en la época soviética, un solícito mercader de armas para mantener su superioridad militar, mientras Marruecos contrarresta la supuesta amenaza argelina con el concurso de Francia, EE UU y las monarquías del golfo Pérsico, que siguen viendo en el sistema de Mohamed VI un valladar contra el avance del terrorismo islamista.

La frontera argelino-marroquí está cerrada desde hace 12 años, mientras la pomposa política euromediterránea y la Unión del Magreb Árabe (UMA), fundada en febrero de 1989, dormitan en las cancillerías. Mohamed VI y el presidente argelino, Abdelaziz Buteflika, en el poder desde 1999, jamás intercambiaron visitas. EE UU y Europa cerraron los ojos ante las brutalidades de las fuerzas de seguridad  de Argelia en su lucha contra el terrorismo y preservaron el floreciente comercio que lubrica el maná petrolero. EE UU, Francia y España creen o fingen creer cínicamente que la monarquía alauí es el mejor régimen posible. ¿No estarán Europa y España, por supuesto, cometiendo un error de dimensiones históricas?

El cinismo diplomático e incluso periodístico goza de excelente la salud, como se comprueba con la ausencia de noticias sobre el calvario de Haidar en los grandes periódicos europeos y norteamericanos. En todo caso, se trata de un asunto bilateral entre Marruecos y España, como dijo la Unión Europea en un alarde de indiferencia por el pisoteo de los derechos en sus mismas narices por un Estado con el que firma acuerdos comerciales y de pesca de mucho calado.

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Responses

  1. ¡MUY BUENO!!! ¿Quien se quedó con la venta de los fosfatos? ¿Fue el Conde de Barcelona? ¿Donde esta ese dinero?

  2. He leído con mucho interés este artículo porque en muchos aspectos ya tenía una opinión formada, pero me faltaba una visión de conjunto y además desconocía algunas cosas sobre las
    ” estupendas ” relaciones Madrid-Rabat.

  3. Las buenas relaciones entre Espa¨na y Marruecos son uno de los mitos más importantes heredados del franquismo. El que nuestro país no haya, a pesar de la enorme responsabilidad que como ex-potencia colonial le corresponde, exigido con más fuerzala celebración del referendum que decida los destinos de nuestra ex-colonia,demuestra la falta de dinámica de nuestra diplomacia, posiblemente doblegada a los grandes intereses económicos que allí se conjugan

    ¨


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