Posteado por: M | 1 enero 2010

Debate sobre la lucha contra el terrorismo

El recuerdo hiriente de los ataques del 11 de septiembre de 2001 añadió desconcierto, alarma y agitación política al atentado fallido en un avión norteamericano procedente de Ámsterdam y con destino a Detroit, el día de Navidad de 2009. Los fallos en el complejo y costosísimo sistema de seguridad, según reconoció el presidente Obama, y la metódica ampliación de los frentes de Al Qaeda en todos los continentes, así como la sofisticación de sus armas y la pericia técnica de sus agentes, confirman que el terrorismo evoluciona con celeridad y que la protección absoluta es una quimera. ¿Cómo combatirlo?

Desde la incursión apocalíptica de Manhattan, Al Qaeda no ceja en su empeño de sembrar el pánico y maquinar catástrofes, convirtiendo a los suicidas en mártires. Una cadena de éxitos y fracasos que constituye un desafío sin precedentes para el orden internacional cuya hegemonía ostenta EE UU. Vuelve la guerra que el presidente George Bush declaró en 2001 contra el terrorismo de inspiración islamista y que Obama y los demócratas se resisten a identificar por ese nombre. ¿Actos de guerra o actos criminales? Mientras arrecia la polémica teórica, la opinión pública norteamericana se inquieta, ante todo, por la vulnerabilidad de su territorio nacional, pone en la picota toda la estrategia antiterrorista y exige cambios inmediatos en los protocolos aeroportuarios.

Bush creó en 2001 el Departamento de Seguridad Interior, para coordinar los servicios de inteligencia, y la Administración ha gastado casi 40.000 millones de dólares para blindar el país y evitar los ataques. Los resultados son decepcionantes. Las medidas de seguridad volvieron a fallar de manera estrepitosa al no impedir que un joven nigeriano, Umar Faruk Abdulmutallab, del que se conocían sus inclinaciones extremistas y cuyo nombre figuraba en la base de datos de los servicios secretos, subiera en Ámsterdam a un avión de la Northwest Airlines con destino a Detroit, provisto de un visado norteamericano en vigor y un polvo explosivo que pretendió detonar en vuelo.

La amenaza es global aunque se concrete a través de los satélites regionales y las células durmientes (en Europa) de la nebulosa islamista teóricamente dirigida o inspirada por Osama Bin Laden y Ayman al Zawahiri desde su santuario en Pakistán, y que engloba a todas las franquicias: Al Qaeda en Mesopotamia (Irak), Al Qaeda en el Magreb Islámico, otros grupos en Somalia, Sudán, Indonesia o aliados con los talibanes en Afganistán, y ahora, con renovada virulencia, Al Qaeda en la Península Arábiga (Yemen y Arabia Saudí), cuyo nacimiento fue anunciado en enero de 2009, responsable del entrenamiento del nigeriano Abdulmutallab, hijo de un banquero nigeriano que alertó a la CIA sobre su extremismo.

Según los expertos internacionales, la preparación del atentado fue tan minuciosa como profesional, con un estudiado tránsito por el bullicioso aeropuerto de la capital holandesa, pero su ejecución, por fortuna, resultó ser, según las informaciones de la prensa norteamericana, la de un aprendiz no suficientemente armado ni entrenado. El problema radica, no obstante, en la misma fragilidad del transporte aéreo o en la respuesta que deben dar EE UU y la comunidad internacional para contrarrestar los cambios tácticos y técnicos de Al Qaeda. La información y la vigilancia nunca serán suficientes para taponar todas las brechas. “Parece que siempre vamos retrasados con respecto de los terroristas”, se quejaba el editorial del New York Times.

En sus primeras declaraciones judiciales, el presunto terrorista confesó que había estado en Yemen, donde recibió instrucción y le fue entregado el explosivo con el que abordó el avión. El frente de Yemen, como cuartel de Al Qaeda, no es novedoso, ya que EE UU, a través de la CIA, lleva varios meses realizando operaciones encubiertas y ha gastado 70 millones de dólares para equipar y entrenar a la policía yemení. Pero el gobierno corrupto de Yemen sólo controla Sana, la capital, enfrentado a una insurgencia armada en el norte y un movimiento separatista en el sur, un escenario tan caótico como el de Afganistán e incluso más inquietante por la proximidad de las inmensas riquezas petrolíferas de Arabia Saudí y el polvorín de Oriente Próximo.

Hace más de un decenio que Henry Kissinger clamaba por “nuevas formas de pensamiento” para ordenar el mundo y hacerlo menos azaroso, pero cada día resulta más problemática la capacidad de Washington para gestionar su poderío y regir el nuevo orden mundial. Y ahora se encuentra además con el islam radical enarbolando una cultura de conflicto y empecinado en una yihad (guerra santa) planetaria. La violencia terrorista es una plaga del mundo que adquirió una nueva dimensión como método de influencia en las relaciones internacionales, constantemente impulsada por los avances tecnológicos, la miniaturización de las armas y unas formas cada vez más sofisticadas de contienda psicológica y acción directa.

Las formas de combate contra ese enemigo escurridizo o invisible plantean una agria controversia en EE UU. ¿Estamos o no estamos en guerra? Esa es la cuestión. Tras el fallido atentado del día de Navidad y las declaraciones desafortunadas de la secretaria de Interior, Janet Napolitano –“los servicios de seguridad funcionaron correctamente”–, los líderes del Partido Republicano lanzaron una verdadera requisitoria contra Obama, al que acusan no por los fallos del sistema de seguridad, sino por enfocar el acto terrorista frustrado como si fuera “un asunto de mera delincuencia”, como un suceso criminal, y no como un nuevo episodio de una guerra global.

El ex vicepresidente Dick Cheney, jefe teórico de los censores republicanos, criticó la reacción inicial de Obama, por no ser enérgica, y añadió que el presidente “trata de hacernos creer que no estamos en guerra” y por eso decide la entrega del terrorista a la jurisdicción ordinaria, incluyendo la designación de abogado defensor, en vez de tratarlo como “enemigo combatiente” al que hay que aislar para sacarle toda la información posible y evitar futuros ataques, mediante su reclusión preventiva. “Parece pensar [Obama] que si cierra Guantánamo y libera a los terroristas de Al Qaeda que todavía se encuentran allí, dejaremos de estar en guerra”, concluyó Cheney.

La respuesta de la Casa Blanca no se hizo esperar. Acusó a la Administración Bush-Cheney de permitir que Al Qaeda se fortaleciera mientras proseguían las maniobras de diversión en Irak. “Siete años de belicosa retórica fracasaron en el objetivo de reducir la amenaza de Al Qaeda y sólo sirvieron para dividir a este país”, escribió el director de Comunicación presidencial, Dan Pfeiffer. Si bien es cierto que Obama ha proscrito la frase “guerra contra el terrorismo”, acuñada por Bush, arguyendo que el terror es una táctica y no un enemigo, no lo es menos, según Pfeiffer, que el presidente se ha cansado de repetir que “la nación está en guerra contra Al Qaeda”. ¿Mera sutileza o doctrina diferente? ¿Puede llamarse guerra al conflicto armado no convencional?

Quizá el presunto terrorista Abdulmutallab, teniendo en cuenta sus probables contactos en Londres y Yemen con algunos liberados de Guantánamo, debería haber sido tratado de otra manera, ya que el Tribunal Supremo reconoce la autoridad del Ejecutivo para mantener en prisión a “los enemigos combatientes” hasta que un tribunal establezca que la detención estaba o no justificada, según la autorización del Congreso en 2001 para el uso de la fuerza militar en casos de terrorismo. Por eso The Washington Post ha sugerido la creación de un Tribunal de Seguridad Nacional al que se concedería la jurisdicción sobre los detenidos peligrosos contra los que no existan pruebas suficientes. Un tribunal de excepción que plantea graves problemas jurídicos y políticos, de difícil encaje en el sistema norteamericano.

En todo caso, el hecho de que alguna de las pistas para desentrañar el atentado de Detroit pase por los liberados de Guantánamo, presuntos jefes ahora de Al Qaeda en la Península Arábiga, complica hasta la exasperación el cumplimiento de la promesa que hizo Obama de cerrar la prisión establecida en ese enclave cubano para recluir a “los enemigos combatientes” que no podían quedar sometidos a la jurisdicción ordinaria. La prisión, convertida en símbolo de oprobio para los sectores más a la izquierda del Partido Demócrata, no se cerrará este enero, como prometió el presidente al tomar posesión, y es más que probable que siga abierta más de lo esperado por sus detractores.    

La polémica encubre tanto la refriega partidista como el limbo jurídico en que se hallan los detenidos de Guantánamo, una situación que pone a prueba el Estado de derecho y los principios de la democracia estadounidense. El fenómeno terrorista es tan global y amenazante, tan insidioso, que EE UU debería hacer lo necesario para tratar a los adeptos de la guerra santa con todo el rigor que sólo puede inferirse de una legislación aprobada por el Congreso y de un proceso que haga compatible el respeto de los derechos humanos con la eficacia en el combate contra el terrorismo. En caso contrario, los políticos seguirán recurriendo a la guerra de las palabras para disimular su incapacidad, sus dudas o su incoherencia.

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Responses

  1. Hace unos días que leí el artículo y, como siempre, me permite hacer una revisión muy completa del asunto o noticia que se analiza.


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