Posteado por: M | 10 enero 2010

Nuevo tratado, viejos problemas (y II)

Kissinger y la bicefalia europea

En alguna ocasión durante su ajetreada peripecia como secretario de Estado, Henry Kissinger respondió a una pregunta capciosa con un apotegma que devino célebre: “Who do I call if I want to speak to Europe?” (A quién debo llamar si deseo hablar con Europa). O lo que es lo mismo: ¿Qué número de teléfono tiene Europa? La pregunta de Kissinger, que probablemente es apócrifa, resulta ser un epítome del fracaso diplomático de Europa y sigue sin una respuesta clara, pese a la entrada en vigor del tratado de Lisboa y la inauguración de una bicefalia que comparten el belga Herman Van Rompuy, presidente del Consejo Europeo durante dos años y medio, y José L. Rodríguez Zapatero, presidente turnante en el primer semestre de 2010.

Supongo que Kissinger estaba más interesado en mantener con Europa el viejo principio anglosajón del divide and rule (divide y reinarás), tal como se escenificó la semana pasada en Madrid. ¿Por qué ese dispendio absurdo y desconcertante de dos presidentes, uno semestral y otro por 30 meses? El tratado de Lisboa, supuestamente elaborado para remozar y agilizar las instituciones, sólo ha servido para agravar la confusión, disimular las divergencias, disparar los gastos de manera exorbitante y alimentar el ogro burocrático. Si el presidente español tuvo la deferencia del anfitrión, al señalar a Van Rompuy como titular del teléfono de Europa, lo cierto es que la presidencia semestral, lejos de contener el gasto y el despliegue burocrático, lo ha llevado a sus últimas consecuencias multiplicando no sólo las cumbres, excelente reclamo mediático, sino también las reuniones ministeriales –especie de lujoso paquete turístico para los 27 titulares— de escaso contenido y sin ningún poder decisorio.

No se trata de un pecado estrictamente español, dictado por los agobiantes problemas internos del paro y el déficit, sino de un mal endémico que aqueja a los 27 Estados miembros con parecida gravedad. La prensa británica, cargada a veces de razón, fustiga a todos los presidentes y se encrespa con la burocracia bruselense. Porque el objetivo último de tan ostentosa bicefalia parece ser el de distraer la atención de los ciudadanos para que no piensen en el rosario de fracasos o en la penuria que les aguarda. Y lo peor es que la presidencia española puede señalar la pauta a seguir por el mismo sendero del espectáculo, el cultivo de las 27 glorias nacionales y la visita a todos los lugares de la memoria o el turismo.

Hace diez años que se aprobó también en Lisboa una cacareada estrategia común para “dotar a la Unión Europea de la economía más dinámica y competitiva del mundo”. No se ha cumplido ninguno de los objetivos fijados y hay que reflexionar sobre tan apabullante desastre. Ahora la situación es mucho peor y se pretende corregirla con un nuevo tratado cuya puesta de largo resulta tan decepcionante como costosa. Lo dijo el prudente Van Rompuy en Madrid: “Se ha modificado el equilibrio de poder en el mundo y Europa está más a la defensiva de lo que estaba hace unos años.” Sobran las alegrías y los fastos. Necesitamos austeridad, recorte de la burocracia y de los séquitos, contundencia en las decisiones y corrección del déficit democrático.

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