Posteado por: M | 14 enero 2010

Euroescepticismo y europesimismo

Ahora que asistimos en España al circo ministerial de las reuniones de los representantes de los 27 Estados miembros de la Unión Europea (UE), que aprenden historia, folklore y gastronomía españoles en un cursillo acelerado, a costa del erario público, conviene recordar que el futuro comunitario suscita poco entusiasmo y soporta los peores augurios. El euroescepticismo se mezcla con el europesimismo para plasmar un cuadro desolado en el complejo panorama internacional.

El euroescepticismo, como es notorio, lo dirige el Reino Unido desde su ingreso en la entonces Comunidad Europea en 1973 y desde la misma ciudadela europea. Rechaza la integración política, otorga prioridad a la alianza con Washington en cuestiones de política exterior y de defensa y mantiene una guerrilla abierta contra la burocracia de Bruselas. No quiere oír hablar de nuevas cesiones de soberanía ni de un proceso de federalización política y aboga por la mera cooperación interestatal. Cuanto más amplia sea la UE, menos coherente resultará, según creen en Londres.  La apuesta del euroescepticismo –un mal contagioso y cada día con más adeptos— pasa por un mercado transatlántico, sin restricciones políticas, y un vasto espacio geoestratégico dominado por EE UU y la OTAN.

El europesimismo, a su vez, apunta al corazón del sistema comunitario, siguiendo la anticipación de Walter Laquear en un libro de 2007: The Last Days of Europe. Epitaph for an Old Continent. Título alarmista, epitafio prematuro, desde luego, pero que reseñaba con perspicacia las causas de los males de Europa: el declive demográfico, la incesante inmigración con predominio de musulmanes, el estancamiento económico y la paralización del proceso integrador en la UE tras su poco meditada ampliación hacia el este, en perjuicio de su cohesión y sin auténtica reforma de las instituciones.

El norteamericano Mark Steyn fue mucho más lejos y sentenció perentoriamente que “Europa está acabada” en un libro publicado en 2006 y titulado America Alone. The End of the World as we know it (EE UU en solitario. El fin del mundo que conocemos). Sorprendentemente, Steyn achacaba la decadencia nada menos que a las implicaciones malignas del Estado del bienestar, culpable de haber infantilizado a los europeos al asumir “la mayor parte de las funciones clave de la vida adulta”. La argumentación era similar a la más famosa del neoconservador Robert Kagan en su muy divulgado y mal interpretado ensayo Poder y debilidad (editorial Taurus, Madrid, 2003), epítome de la potencia norteamericana y la fragilidad europea, en el que afirmaba que los norteamericanos eran tributarios de Marte (emprendedores, guerreros, audaces) mientras que los europeos de inclinaban por Venus (pacifistas, apaciguadores, conformistas).

La diatriba contra Europa ha sido resumida recientemente con tanta maestría como renovados argumentos por el periodista Christopher Caldwell, columnista del Financial Times, en el libro Reflections on the Revolution in Europe, subtitulado Inmigration, Islam and the West (editorial Doubleday, Nueva York-Londres, 2009), como un remedo de la famosa disertación de Edmund Burke: Reflexiones sobre la revolución en Francia. La tesis de Caldwell es que la masiva inmigración islámica en Europa occidental representa una ruptura con las tradiciones culturales de Europa cuyas consecuencias podrán parangonarse con las que se produjeron en la Francia revolucionaria de finales del siglo XVIII.

Caldwell –un neoconservador moderado por educación europea–se muestra tan perspicaz y acerado como pesimista, pues sostiene que la vieja Europa ha perdido ya las primeras batallas del choque de civilizaciones, según el paradigma célebre de Samuel Huntington, debido a su incapacidad para integrar a los nuevos inmigrantes en un espacio cultural común. En sus escolios más brillantes, Caldwell analiza el supuesto colapso de la voluntad moral y la crisis de identidad a que se enfrentan los países receptores de la impetuosa oleada inmigratoria, manejando con meticulosidad las fuentes y los datos. En su opinión, Europa tendrá que escoger pronto entre el multiculturalismo propio de EE UU, que considera una salida trágica, y un orden cuasi otomano en el que las comunidades religiosas, y muy especialmente la islámica, tendrán plena autonomía dentro de las fronteras nacionales.

Para reforzar su tesis, Caldwell recurre al filósofo alemán Jürgen Habermas, luminaria del pensamiento democrático, quien después de un diálogo con el cardenal Joseph Ratzinger (el actual papa Benedicto XVI), declaró: “El cristianismo, más que cualquier otra realidad, es el último fundamento de la libertad, de la conciencia, de los derechos humanos y de la democracia (…) En estos momentos, no tenemos otras opciones. Seguimos bebiendo de esa fuente. Cualquier otra cosa es charlatanería posmoderna.”

Desde otra trinchera política –ésta perteneciente al llamado sector progresista–, leo en las páginas de Le Monde un resonante artículo del profesor Zaki Laïdi bajo el título: “El fracaso del mesianismo europeo”, en el que asegura que la Unión Europea es la víctima principal de la conferencia de Copenhague sobre el cambio climático. La tesis es que el fiasco de la capital danesa fragiliza el principio cardinal en que se apoya la estrategia mundial de la UE: la norma debe prevalecer siempre sobre las demostraciones de fuerza. Y se pregunta Laïdi si la preferencia por el derecho, que está en el corazón del proyecto europeo desde 1957, servirá para que la UE mantenga su influencia en el mundo o si, por el contrario, la conducirá a evaporarse del escenario mundial.

Para profundizar sobre este problema capital, nada mejor que comenzar por leer el libro de Laïdi titulado La norme sans la force: l´enigme de la puissance européenne (Presses de Sciences Po, París, 2008), aunque en muchos puntos ofrezca la impresión de que ya ha sido superado por el vértigo de los acontecimientos. Y éstos parece que van siempre en contra de Europa porque el futuro pertenece, según proclaman los pesimistas, a los más fuertes, decididos y seguros, no  a los más virtuosos, apaciguadores o vacilantes. Quizá el futuro requiere la defensa irrenunciable del derecho, pero sin descuidar la coerción, la fuerza militar que permite aplicarlo. La guerra en último extremo por una causa justa, según Obama

Y otro libro virtuoso, el del profesor griego Loukas Tsoukalis titulado ¿Qué Europa queremos? Los retos políticos y económicos de la nueva Unión Europea (editorial Paidós, Barcelona, 2004), para adentrarse con rigor académico en los problemas y los dilemas pendientes.

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Responses

  1. Enhorabuena por tu blog,
    Se hace referencia al mismo en el articulo publicado en Le Monde Diplomatique: La crisis económica y el cambio en el poder geopolítico en Europa. Por José Balsa Barreiro
    http://www.lemondediplomatique.cl/La-crisis-economica-y-el-cambio-en.html


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