Posteado por: M | 18 enero 2010

Estabilidad, dinamismo y alternancia en Chile

El espíritu cultural y político europeo no habita en Buenos Aires, como equivocadamente suponen muchos argentinos, sino en Santiago de Chile, donde unas elecciones irreprochables, tras una campaña electoral modélica, dieron el triunfo al candidato de la derecha liberal, el empresario Sebastián Piñera, economista por la universidad de Harvard (EE UU), que interrumpe los 20 años de hegemonía de la Concertación por la Democracia, la coalición de centroizquierda de socialistas y democristianos que sacó al país de las mazmorras de la dictadura del general Augusto Pinochet (1973-1990) para conducirlo por los caminos de la libertad, el desarrollo económico y la concordia nacional. El candidato de la Concertación, el democristiano y ex presidente Eduardo Frei (1994-2000), también un empresario, fue derrotado por tres puntos de diferencia, una derrota algo por encima de la anunciada por las encuestas.

Con una campaña electoral centrada en la atracción del voto de centro, colchón que amortigua las tensiones extremas, los resultados del 17 de enero no autorizan ninguna alternativa, pero avalan la alternancia en el poder sin modificar el sistema de libertades públicas, el modelo económico y las reglas de juego que garantizan la competencia pacífica entre las distintas fuerzas políticas. La alianza de la Concertación Democrática, que sirvió para salir de la dictadura, sentó las bases del consenso: arrojar el despotismo militar al basurero de la historia, pero sin alterar sustancialmente un modelo económico que funcionaba con eficacia y que después ha colocado al país como la primera economía del hemisferio por sus índices de desarrollo. Los resultados encomiables son una estabilidad política y un dinamismo económico sin parangón en el subcontinente.

Las razones de la derrota de la Concertación son coyunturales: el desgaste lógico tras 20 años en el poder, pese a la popularidad extraordinaria (75 %) de la presidenta saliente, Michelle Bachelet; el deseo de cambio de amplios sectores de la población, como lo prueba la disidencia surgida dentro de las filas gubernamentales y expresada en la primera vuelta electoral con la candidatura del socialista Marco Enríquez Ominami; el espíritu iconoclasta de las nuevas generaciones que no conocieron las brutalidades de la dictadura; y quizá un candidato, Eduardo Frei, que suscitó escaso entusiasmo por aparecer como imposición burocrática de la coalición gubernamental.

La derecha chilena vence en las urnas por primera vez en el último medio siglo. Su legitimación democrática dependerá, en último extremo, de la habilidad de Piñera para formar un gobierno de concentración nacional, en el estilo de su admirado Nicolas Sarkozy, y respetar los consensos básicos, incluso los que se contradicen con su proclamada ideología liberal. Solo así conseguirá que la opción política que abandera deje de aparecer como marginal, vinculada al amargo recuerdo de la dictadura, y arraigue en un país que experimentó una transición espectacular. El nuevo presidente, al que sus partidarios llaman la Locomotora, símbolo del éxito, deberá demostrar también su capacidad para socializar la prosperidad.

Chile apuesta por la alternancia, tras renacer de sus cenizas y asimilar profundos cambios políticos y culturales, y confía su futuro inmediato a un candidato de centro-derecha que representa a la nueva clase media, considerablemente ampliada, y que se postula como valladar de las instituciones democráticas, al mismo tiempo que promete seguir en el camino de la reducción virtuosa del índice de la pobreza, que en los últimos 20 años descendió del 40% al 13 %.

El triunfo de la derecha moderada en Chile coincide con un notable giro del mismo signo en el panorama político de América Latina, donde las fuerzas del populismo antiyanki, encabezadas por el venezolano Hugo Chávez, pierden terreno ante el avance de otras moderadas y menos nacionalistas que pugnan por el desarrollo rechazando los esquemas simplistas de la lucha de clases y la intervención agobiadora del Estado. Esa tendencia se confirma en Perú, México, Panamá, Costa Rica, Colombia, probablemente Honduras y podría alcanzar su punto culminante en las elecciones presidenciales de Brasil, en octubre próximo, si el popular gobernador del emblemático Estado de Sâo Paulo, el centrista José Serra, sustituye al presidente Lula tras haber agotado éste sus dos mandatos constitucionales.

Los dos izquierdistas que ganaron las elecciones en 2009 –el uruguayo José Mújica y el salvadoreño Mauricio Funes—prometieron políticas centristas y desoyeron los cantos de sirena del caudillo de Venezuela y sus envenenados subsidios. Sólo el boliviano Evo Morales y el nicaragüense Daniel Ortega enarbolan las consignas de Chávez. El elenco izquierdista se completa con los esposos Kirchner en la Argentina, que arrastran la pesada herencia de un populismo descarnado y que viven sus horas más bajas.

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Responses

  1. Excelente artículo que expone claramente la necesidad, y las ventajas, que una evolución democrática pueden significar para la evolución general de toda la sociedad. A estas alturas debería quedar claro que las vías populistas, que con tanta frecuencia se han dado en este continente, no han conseguido mejorer en absoluto las condiciones de vida de la ciudadanía.


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