Posteado por: M | 21 enero 2010

Obama y el laberinto estratégico de Af-Pak

Publicado en la revista de la Asociación para las Naciones Unidas en España de diciembre de 2009

Cuando el semanario alemán Der Spiegel preguntó a la secretaria de Estado, Hillary Clinton, si EE UU se propone establecer un régimen democrático en Afganistán o simplemente combatir al terrorismo, la respuesta fue inequívoca: “Nos proponemos derrotar a Al Qaeda y sus aliados extremistas.” Se deduce que no sólo en Afganistán, sino también en Pakistán, ambos países enlazados inextricablemente por los especialistas norteamericanos, como santuarios recíprocos del terror, en el acrónimo Af-Pak, el mayor laberinto geoestratégico del que intenta escapar la superpotencia.

Hubiera sido sarcástico que Clinton encomiara la democracia cuando el presidente afgano, Hamid Karzai, de la etnia mayoritaria pastún, sigue en el poder tras un fraude electoral clamoroso, certificado por todos los observadores. El desistimiento en la segunda vuelta de su principal adversario, Abdulá Abdulá, de la minoría tayiko, acabó con las menguadas esperanzas de un mínimo de decencia. La implantación de la democracia en un país misérrimo, medieval y tribalizado, que vive de los dólares de la guerra y del opio, ya no figura entre los vaticinios razonables de Washington y sus aliados. Fue un objetivo plausible, pero abandonado por inalcanzable a medio plazo.

Clinton abogó por una vía intermedia, dictada por el realismo, y reiteró lo dicho por Obama en febrero de 2009, en un discurso ante una comisión mixta del Congreso, cuando propugnó “una nueva estrategia de conjunto” para Af-Pak, destinada a derrotar a Al Qaeda y sus aliados, y ordenó el envío de 17.000 soldados, lo que elevó el cuerpo expedicionario a 70.000 hombres. La OTAN cuenta con otros 30.000 de diversos países. Para la secretaria de Estado, la prioridad antiterrorista se sitúa por encima de cualquier objetivo concerniente al futuro político del país.

Durante la campaña electoral, Obama presentó el conflicto de Afganistán como “la buena guerra”, por contraste con “la mala guerra” que su predecesor había librado en Irak. También se refirió a las guerras estúpidas o inteligentes, y una vez en la Casa Blanca, el mismo distingo lo expresó con más sutileza: “la guerra de necesidad” en Afganistán frente a “la guerra de elección”, discrecional, de Irak. Pero este artificio especulativo, tomado del libro del influyente Richard N. Haass (War of Necessity, War of Choice), referido a las dos guerras de Irak, no desarmó a los más perspicaces.

Fue el mismo Haass el que puso en tela de juicio que en Afganistán estuvieran en peligro los intereses fundamentales de EE UU, los que hacen del recurso de las armas un imperativo inesquivable. No afrontamos un dilema angustioso –señaló–, sino la elección entre diversas opciones, teniendo en cuenta que la legitimidad de Karzai resulta problemática y que la idea de apoyarlo, para evitar que el país caiga de nuevo en manos de los talibanes, tiene cada día menos partidarios en Washington.

La insurgencia prospera porque los talibanes se confunden con la población civil, según la añeja doctrina maoísta, en las zonas limítrofes con Pakistán, donde se sienten protegidos por la misma etnia (pastún) cuyas tierras ancestrales desgarró el Colonial Office británico con una frontera artificial. Antes que rusos y norteamericanos, los británicos fracasaron en su intento de someter a las aguerridas tribus afganas. Los talibanes del mulá Omar y los  grupos Hezb-e-Islami y Hakkani forman una insurgencia variopinta, tribal, unificada por el islam radical, que sustituye al Estado ausente en gran parte del territorio.

Estamos, pues, ante “la guerra de Obama”, librada en medio de la indiferencia o la hostilidad de la opinión pública, muy controvertida en el Congreso. Una contienda harto lejana que reaviva los rescoldos de Vietnam y cuyo desenlace permitirá calibrar la genuina salud y la voluntad de combate de la república imperial. En comparación con lo ocurrido en Vietnam, que condujo al estrepitoso desastre de 1975, Obama cuenta con la ventaja relativa de las menores discrepancias dentro el establishment y con un Ejército de soldados profesionales. Ya se sabe que el impacto social de la conscripción militar obligatoria fue la herida más profunda de la tragedia vietnamita.

Las bajas norteamericanas se consideran tolerables, aunque siempre excesivas para la opinión pública y los sectores más izquierdistas del Partido Demócrata: casi mil muertos desde que comenzó el conflicto (2001), mientras que en Vietnam llegaron a 1.200 mensuales en los días más aciagos de la escalada (1968). La carga económica, por el contrario, resulta muy onerosa en medio de la pugna por salir de la recesión: más de 220.000 millones de dólares. Si se añaden los gastos en Irak, la factura se aproxima al billón de dólares, un dispendio frenético que choca con las urgencias del frente interior.

Como se recordará, la guerra de Vietnam disparó la inflación y acabó con la convertibilidad del dólar, abolida por Nixon en 1971, y no sabemos qué operación contable exigirán los déficits gigantescos acumulados desde 2001, en gran parte sufragados con préstamos indirectos de China, convertida en el gran prestamista del imperio. Y el apoyo popular que siguió a los atentados del 11 de septiembre de 2001, causa primera de la expedición punitiva contra Al Qaeda y sus secuaces, se ha evaporado por completo, de modo que las encuestas empiezan a exigir a Obama un mayor dinamismo interno y menos aventura exterior.

El paralelismo más apropiado entre Vietnam y Afganistán concierne a los líderes locales y su evidente incapacidad para crear un marco democrático en medio de los combates. Los norteamericanos provocaron una danza macabra y arrojaron a la cuneta a numerosos civiles y militares survietnamitas que no cumplían con sus objetivos estratégicos o sus demandas de honradez y obediencia. El presidente Diem fue asesinado en 1963 en un cruento golpe de Estado militar, orquestado por la CIA, cuando aún se soñaba con  instalar en Saigón un régimen democrático y se emprendía obcecadamente el camino del desastre.

Luego del simulacro electoral y las sospechas más que fundadas de una corrupción que llega hasta el mismísimo palacio presidencial, la reelección sin gloria de Karzai ha dejado de ser una solución para convertirse en un problema, como se infiere de la advertencia que Obama le lanzó en noviembre para que acabe con los corruptos y traficantes de opio o se atenga a las consecuencias. Tras el barullo electoral y la venalidad extendida como mancha de aceite, drenando las arcas públicas y dilapidando la ayuda exterior, ¿qué norteamericanos o europeos están dispuestos a morir por Karzai?                      

La amenaza de Washington no puede tener otra concreción que la rápida retirada de las tropas, pero esa salida abrupta del escenario resulta poco creíble en el corto plazo porque afectaría también a Pakistán, a punto de devenir otro Estado fallido, cuya protección o control se reputa esencial para cualquier estrategia coherente de EE UU en Asia. Como asegura Henry Kissinger, que mantiene su influencia en el establishment, “la renuncia a Afganistán sería una gran irresponsabilidad”.

Las razones son varias y poderosas. Pakistán, aliado tradicional de China,  dispone de docenas de bombas atómicas y de la tecnología necesaria para seguir fabricándolas. En sus regiones fronterizas occidentales están escondidos los más peligrosos terroristas y su endémico conflicto con la India podría recrudecerse en cualquier momento y degenerar en una conflagración nuclear. En abril de 2009, Hillary Clinton advirtió de que el deterioro de la seguridad en Pakistán “plantea una amenaza letal” para EE UU y el mundo, y en noviembre, el general James Jones, consejero de Seguridad Nacional, amonestó al gobierno pakistaní: la nueva estrategia estadounidense sólo podrá funcionar si su ejército destruye los santuarios terroristas.

El gobierno pakistaní, sometido a la doble presión de sus centuriones y sus servicios secretos, tolera a algunos grupos terroristas en nombre de la estabilidad o del enfrentamiento con la India. Cuando Obama apremió al presidente pakistaní, Asif Alí Zardari, para que intensificara el combate, una vasta operación militar en la región de Waziristán, feudo de los talibanes (Tehrik-e-Taliban Pakistan), terminó en noviembre con la dispersión o huida de los militantes para refugiarse más al norte, en un territorio inhóspito, de manera que los militares creyeron que estaban cazando fantasmas. Persisten las dudas sobre la voluntad bélica del Ejército y su capacidad para controlar las zonas más conflictivas, y si las tropas no desarman a los terroristas, éstos vuelven tan pronto como aquéllas se repliegan.

El debate sobre la estrategia a seguir ha sido muy duro en Washington. El comandante en jefe en Afganistán, Stanley McChristal, rompió el fuego con la petición de 40.000 a 60.000 soldados más. El general pretendía proseguir al mismo tiempo con las operaciones para combatir la insurgencia y las propiamente contraterroristas, incluyendo los misiles lanzados por aviones Predator sin piloto contra los santuarios en las zonas fronterizas. Sin olvidarse de una distinción crucial entre terroristas talibanes y nacionalistas pastunes.

Ante la petición de McChristal, que cometió el error de defenderla en público, como si fuera un nuevo Douglas MacArthur frente a Truman a propósito de Corea,  amplios sectores del Partido Demócrata, capitaneados por el vicepresidente, Joseph Biden, se movilizaron para oponerse a la escalada militar sin calendario de retirada. Alegaron que la contrainsurgencia masiva exigiría más tropas para disputar el terreno a los talibanes, ganar tiempo para crear un verdadero ejército afgano y alistar a los poderes locales, pero el precio sería prohibitivo: no menos de cinco años, centenares de muertos y miles de millones de dólares. Como los soviéticos, 20 años después, y sin ninguna garantía de éxito.

John McCain, que fue candidato presidencial derrotado, y un sector influyente del Partido Republicano respaldaron a McChristal y recordaron el éxito y el alivio obtenidos en Irak (contrainsurgencia y reforzamiento de los poderes locales al mismo tiempo) por el aumento de tropas reclamado por el general David Petraeus y asumido por Bush en 2007. Argumentan que un gobierno sometido a una guerra civil es débil por definición, pero que los problemas de Karzai no deben ser una excusa para abandonar el país. Los aislacionistas republicanos, sin embargo, se inclinaron por el repliegue y criticaron las vacilaciones de la Casa Blanca.

 Los partidarios de enviar más soldados y los que abogaban por fijar un calendario de retirada perdieron la batalla porque Obama tiró por el camino de en medio, más flexible, con unos objetivos más modestos que los establecidos por el general McChristal, buscando salidas que permitan una retirada progresiva sin hacer demasiado ruido, para afianzar los pilares internos que amenazan con desmoronarse. La mayoría del Partido Demócrata soporta unas guerras en las que no cree, quizá porque sabe que un planteamiento como el de Vietnam sería electoralmente desastroso. ¿Y si la de Afganistán fuera la última guerra del imperio?

 Obama ha optado por una estrategia defensiva, que rechaza “an open-ended commitment” (un compromiso indefinido) y anuncia el envío de 30.000 soldados suplementarios, pero también el comienzo de la retirada para mediados de 2011. Este camino del medio ha desatado críticas en ambos extremos del Congreso: los demócratas radicales temen la escalada y los republicanos le reprochan que fije una fecha para empezar el repliegue. La razón es comprensible: ante una situación tan incierta, con la iniciativa en manos de los insurgentes, una escalada sin resultados a corto plazo podría provocar una crisis cuyo precio sería pagado por el presidente y su partido en las elecciones parciales de 2010 o al optar a la reelección.

 Ahora bien, una retirada estratégica, aunque fundada en un repliegue paulatino y flexible, será una señal arriesgada de que el imperio ha perdido interés en sus marcas lejanas y rechaza su misión de gendarme universal. Tendrá que ser respaldada por una acción diplomática eficaz, pero no se espera para mañana un impulso milagroso para alinear a EE UU, China, India, Rusia y Pakistán en el camino de la paz y la estabilidad. 

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Responses

  1. Me gustan mucho tus artículos. Prefiero leer sobre política internacional, la política nacional es deprimente.
    Un saludo. Encarnación Reyes Madridejos.
    Granada.


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