Posteado por: M | 30 enero 2010

Errores y dudas de Obama

No sabemos muy bien qué ocurre con Obama, cuáles son sus aflicciones, por qué la fortuna política le resulta esquiva, pero todos los indicios apuntan en una dirección poco halagüeña, como si hubiera decaído súbitamente el generoso impulso popular que lo catapultó a la Casa Blanca hace poco más de un año. La decepción afecta a ambos extremos del abanico político, aunque el viraje ha sido protagonizado, sobre todo, por los llamados electores independientes –los que están registrados sin adscripción partidista–, representantes templados del centro político, que le dieron el triunfo en 2008, pero que ahora le vuelven la espalda en las encuestas tras haber infligido una derrota sin paliativos al Partido Demócrata en la elección de un senador por Massachusetts. “Nos encontramos con un déficit de confianza”, admitió el presidente en su discurso sobre el estado de la Unión el 27 de enero.

“Habíamos pensando que era diferente”. Con estas palabras resume su desencanto la bimensual Rolling Stone, crisol del nuevo periodismo norteamericano, que retrata a un presidente supuestamente prisionero de la plutocracia y explica cómo el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, y sus principales consejeros están comprometidos hasta las cejas con los magnates de Wall Street, “que siguen dictando la ley”. También desde la izquierda radical, el semanario The Nation insiste en que los jóvenes, principales animadores de la campaña de Obama, siguen golpeados por la crisis económica, sin horizontes. Hay que dar contenido a las promesas y por eso el presidente dedicó su discurso a las cuestiones económicas, pues aunque EE UU salió técnicamente de la recesión, el desempleo supera el 10 % y crece el temor generalizado de una recuperación lenta y prolongada.

La derecha militante, agrupada en el movimiento popular y espontáneo del Tea Party, sigue con su afición al vitriolo: retrata a Obama como a un liberal (izquierdista en la jerga política norteamericana) peligroso que ha impuesto un programa muy escorado a la izquierda, denigrado como “socialista”, más o menos oculto durante la campaña electoral bajo la bandera equívoca del pragmatismo y el fin de las ideologías. Los casi conjurados del Tea Party, grandes manipuladores de internet,  recuerdan al movimiento de masas que utilizó el mismo medio para aupar la candidatura de Obama. Han elegido un nombre de batalla que recuerda el Motín del té de Boston (Boston Tea Party) de 1773, revuelta contra los británicos y primer estallido de la guerra de la independencia.

La crítica menos emotiva y más ponderada se instala en otros predios donde florece la delicada planta del centrismo. Las encuestas son concluyentes. La popularidad de Obama ha caído  (hasta el 46 %) con mayor rapidez que la de cualquier otro presidente después de la Segunda Guerra Mundial, con la única excepción de Gerald Ford, que no fue elegido, sino que sucedió a Nixon tras la dimisión de éste (1974), acosado por el escándalo del Watergate. Los demócratas no sólo han perdido en Massachusetts el escaño casi vitalicio de los Kennedy, sino que sus candidatos a gobernador mordieron el polvo en noviembre en New Jersey y Virginia. ¿Por qué esos descalabros?

Obama ha cometido algunos errores tan evidentes como significativos durante su primer año en la Casa Blanca; porque no es infalible, desde luego, como suponían sus más ardientes partidarios. Hay que atribuirle varios deslices de procedimiento, de táctica política, con especial incidencia en el embrollo de la ambiciosa reforma del sistema sanitario, que monopolizó su atención mucho más tiempo del que hubiera sido prudente. Para no imitar a los Clinton, que presentaron su propio plan y perdieron la púrpura en el Congreso en 1994, el presidente dejó la iniciativa legislativa en manos del Partido Demócrata con el resultado de introducir la división insidiosa en sus filas ante dos proyectos antagónicos en algunas cuestiones esenciales.

En un momento de fuertes restricciones presupuestarias, de cólera popular por el dinero suministrado a los grandes bancos, los demócratas nunca estuvieron dispuestos a plantear la vidriosa cuestión de los seguros con los que los médicos tienen que cubrirse las espaldas para responder de unas supuestas malas prácticas que alcanzan en los tribunales indemnizaciones multimillonarias y que, en consecuencia, inflan las minutas de los abogados, una de las corporaciones que más contribuye a los presupuestos del partido de Obama y Clinton. El abaratamiento de los costes será inviable si los bolsillos de los letrados de la desgracia son intocables.

Los pasos en falso del procedimiento tienen solución, aunque no sea posible recuperar el tiempo perdido. Pero la clave del declive presidencial no radica en una cuestión meramente procesal. Los analistas lucubran sobre si los tropiezos de Obama se deben a un defecto de estilo, de discurso o de transmisión del mensaje, o si, por el contrario, afectan a la sustancia, al meollo mismo del programa que se debate en el Congreso con resultados manifiestamente mejorables. Durante la campaña electoral, el hombre fue el mensaje, la novedad, el cambio en sí mismo, pero ahora se le juzga sin tener en cuenta el color de su piel.

El redactor en jefe de sus discursos (speechwriter), el joven y famoso Jon Favreau, que tuvo una participación destacada en la fabricación y venta del mito con su facundia emotiva, ha sido discretamente preterido, sustituido por otros redactores menos deslumbrantes en las ocasiones más solemnes, quizá porque ya no se trata de propagar la esperanza del cambio, sino de cargar con la ingratitud y los sinsabores de la política diaria.

La derecha y en general los republicanos, incluso los más moderados, piensan que el presidente es un liberal partidario del intervencionismo del Estado, que ha llegado a la Casa Blanca para impulsar el Big Government (un gobierno fuerte e interventor), ora extendiendo el Estado del bienestar o rescatando a los grandes bancos y las multinacionales automovilísticas, ora recortando las prerrogativas de los Estados federados y, sobre todo, reduciendo la esfera de autonomía individual para contratar, por ejemplo, un seguro médico. El discurso contra la intromisión cala hondo en ambos partidos, hasta el punto de que la senadora demócrata Mary Landrieu proclamó que la derrota de Massachussets debía ser “una advertencia para el sector del Partido Demócrata que pretende que el Gobierno federal se mezcle en todo y gaste sin tino”.

Según Fareed Zakaria, en su comentario de Newsweek, el problema de Obama consiste en que durante los últimos seis meses no ha actuado como un presidente, sino como un primer ministro partidista. “No ha planteado una visión amplia del país –escribe–. No ha abrazado las mejores soluciones, de la izquierda o de la derecha, para los problemas de la nación, sino que se ha comportado como el jefe del Partido Demócrata en el Congreso.” Los electores independientes se sintieron traicionados. Se trata, por supuesto, de una invitación de un analista prestigioso para regresar al centro del que nunca debió desviarse.

Frente a la insistencia de la derecha radical en que Obama es un izquierdista mejor o peor emboscado, la opinión moderada cree que es un avezado paladín del empirismo que se ha desviado de sus promesas y que quizá se ha confundido de país en medio de los vapores del poder. Uno de los columnistas más reputados del New York Times, David Brooks, a quien el presidente lee con delectación, según cuentan las crónicas, ha llegado a la conclusión un poco balsámica de que el presidente ha errado al pretender cambiar el equilibrio político y social del país a favor de un gobierno más fuerte, y lo ha hecho con precipitación y de manera radical, cayendo finalmente en la adicción populista. Craso error. Los demócratas populistas, como escribe Brooks, “dividen al país en dos grupos supuestamente separados: los americanos corrientes que viven en la calle mayor del pueblo y los insidiosos intereses de Wall Street”.

Si EE UU sigue siendo una nación de centro-derecha, como certifican las encuestas, el rescate de los bancos o la pretensión de organizar un servicio sanitario a la europea, forzando la abominable maquinaria de la deuda y el déficit, y con sólo los votos del Partido Demócrata, fue interpretado como una huida del consenso y produjo un rechazo harto generalizado. Sospecho que Obama y sus consejeros se dejaron arrastrar por la tentación de que podían modificar el sistema de checks and balances, el cuidadoso equilibrio de poderes que constituye la esencia del sistema político. No basta con disponer de la mayoría en las dos cámaras del Congreso para quebrar una tradición tan arraigada. Un sistema sanitario durable no puede ser fruto de un trágala.

El tiempo nos dirá si Obama es un político de fuerte proclividad ideológica, como creen sus adversarios, o sigue siendo el defensor del bipartidismo postideológico, el pragmático avezado que brilló en la campaña electoral, como suponen los más sensatos de sus seguidores. En cualquier caso, una vez más queda de manifiesto que las grandes visiones de un futuro incierto y los discursos engolados no sirven para resolver los problemas de intendencia de la primera potencia mundial.

Obama necesita más del ejemplo de Lyndon Johnson, maestro en el arte de la componenda, de trabajar con ambos partidos en el Congreso, en el corto plazo, que de John Kennedy con sus fronteras por conquistar y sus apelaciones al sacrificio. Ahora lo necesitará, además, porque perdió, con la derrota de Massachusetts, la mayoría cualificada en el Congreso, la mayoría de 60 votos sobre 100 requerida para guillotinar el filibusterismo. Muchos presidentes sacaron adelantes sus proyectos incluso cuando no disponían de mayoría en el Congreso. En esa tarea de lograr el consenso mediante la atracción de los contrarios es donde más brillan el talento y la prudencia política del verdadero líder.

Y mientras busca un nuevo acomodo con sus compatriotas, Obama se olvidó de la política exterior en su discurso sobre el estado de la Unión. Esto quiere decir que los frentes exteriores se encuentran en calma chicha, pero que la erupción del volcán se puede producir en cualquier momento. Todas las negociaciones o cabildeos están estancados. Y no debería olvidar Obama que, a la postre, tratándose de un imperio, las noticias de los territorios lejanos, donde acampan las legiones, suelen ser las más acuciantes.

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