Posteado por: M | 4 febrero 2010

Las guerras de la derecha en Francia

Prosiguen las guerras en la derecha francesa, como se ha visto con la absolución de Dominique de Villepin, acusado de haber participado en una conspiración en 2004, cuando era ministro de Asuntos Exteriores, para desprestigiar y destruir la vida política del actual presidente de la República, Nicolas Sarkozy. Tras conocerse la sentencia, el 28 de enero, el fiscal de la República anunció que sería recurrida, por lo que Villepin deberá volver al banquillo. Desde la retirada del general De Gaulle (1969), la derecha francesa sufre periódicas sacudidas y vive en una atmósfera de luchas fratricidas, sólo superadas por el desconcierto ideológico y el fraccionamiento de la izquierda.

El ex presidente de la República, Jacques Chirac, protector de Villepin, guardó un impenetrable silencio sobre el asunto y nada podemos adivinar escudriñando sus memorias, tituladas Chaque pas doit être un but (Cada paso debe ser una meta), ya que el primer tomo, publicado en noviembre último (Editorial Nil, París), comienza con su infancia y se detiene en 1995, cuando fue elegido jefe del Estado. Tildado de camaleón por sus adversarios, prefiere permanecer al margen de la polémica a pesar de que Villepin sigue siendo su amigo.

Las memorias de Chirac, tituladas con una frase de Goethe, y como ocurre casi inevitablemente con todos los jefes de Estado desde que Napoleón dictó su célebre Memorial en Santa Helena, inspiran alguna curiosidad, pero albergan un ejercicio literario pro domo sua, de memoria selectiva, que aprovecha, dentro de las inquinas de la derecha, para ajustar cuentas y ejecutar pérfidamente a su predecesor en el cargo, Valéry Giscard d´Estaing, de quien fue primer ministro (1974-1976) y a quien tilda de falso aristócrata. “Enseguida comprendí –escribe—que en su escala de valores él estaba en la parte más alta, luego no había nada y, finalmente, estaba yo muy abajo.”

Giscard acaba de publicar también una extraña novelita titulada La princesse et le president, una historia de amor entre una princesa, en la que se puede reconocer a Diana de Gales, y un presidente que no es otro que el alter ego del autor, tan altivo y enamoradizo como siempre, plumífero provecto y un poco ridículo, que sólo pudo aguantar un mandato en el Elíseo (1974-1981).

El desprecio que Chirac siente por Giscard contrasta con la admiración que confiesa por François Mitterrand, presidente socialista, pese a sus insalvables diferencias políticas, del que fue también primer ministro durante la cohabitación de 1986 a 1988 y del que elogia “su agudeza de juicio” y “su inteligencia táctica”.

Otro de los damnificados por la memoria de Chirac es Édouard Balladur, que supuestamente le traicionó al competir con él como candidato en las elecciones para la presidencia de la República en 1995. La opinión de Balladur sobre esos años tormentosos en la derecha –tras la retirada de De Gaulle y la muerte prematura de Pompidou– pueden recordarse en su libro Le pouvoir ne se partage pas. Conversations avec François Mitterrand (El poder no se comparte, Fayard, París, 2009), que recorre los vericuetos de la cohabitación.

Y como Nicolas Sarkozy apoyó a Balladur en esa batalla dentro de la derecha, de aquel enfrentamiento nació una querella que aún perdura. No obstante, al hablar del actual presidente, Chirac se muestra comedido, por no decir olvidadizo, aunque el retrato, aparentemente circunstancial, resulta bastante acertado: “Esa voluntad [de Sarkozy] de hacerse indispensable, de estar siempre ahí, nervioso, apresurado, ansioso por actuar y distinguiéndose por un sentido innegable de la comunicación.”

La prudencia de Chirac, que permaneció en el Elíseo de 1995 a 2007, no puede desligarse de sus problemas judiciales, ya que están en manos de la justicia las presuntas irregularidades cometidas en el ayuntamiento de París cuando él era alcalde (1977-1995). Está acusado de abuso de confianza y de malversación de fondos públicos por haber creado 21 empleos ficticios en la administración municipal para remunerar a sus amigos.

Dominique Marie François Galouzeau de Villepin, de 56 años, diplomático de carrera, historiador y escritor, amigo, protegido y primer ministro de Chirac (2005-2007), estaba acusado en el turbio asunto conocido como affaire Clearstream, una conspiración urdida mediante la entrega a los jueces y la posterior publicación de una lista de personalidades notables que presuntamente mantenían cuentas secretas en el banco Clearstream, de Luxemburgo, entre ellas, Nicolas Sarkozy. El dinero de esas cuentas procedía de la venta ilegal de armas a Taiwán. La lista resultó ser falsa, pero Villepin fue absuelto en primera instancia por falta de pruebas, aunque ahora tenga que enfrentarse al recurso de la fiscalía.

Además de disputar a Sarkozy la preeminencia política dentro del principal partido de la derecha, heredero del gaullismo, Villepin expresó abiertamente sus aspiraciones políticas al presentarse como una alternativa frente al “enano”, epíteto con el que zahiere con frecuencia a su adversario. Cuando fue ministro de Asuntos Exteriores se granjeó fama de antiamericano, sobre todo, por sus encendidos y pomposos discursos contra la guerra de Irak.

En su libro Le requin et la mouette (El tiburón y la gaviota, Editorial Plon, París, 2004), Villepin protagonizó una defensa apasionada del supuesto sutil espíritu europeo, simbolizado por la gaviota, empujada por el viento, a la escucha del mundo, frente al tosco tiburón norteamericano, símbolo del poder, de la fuerza bruta y el egoísmo. Una sutileza que a su homólogo estadounidense de entonces, el secretario de Estado Colin Powell, le pareció una traición en el escenario agitado de la ONU durante los meses previos a la invasión de Irak.

Ambos hombres, Villepin y Sarkozy, además del odio recíproco que se profesan, representan dos culturas distintas y hasta dos visiones de Francia. Opuestos hasta la caricatura. El primero es alto, bien parecido, intelectual aristocrático, buen escritor, especialista en la historia de Napoleón, de ánimo templado, mientras que el segundo es corto de talla, no muy agraciado, de origen parcialmente húngaro, poco dado a la especulación intelectual, impetuoso, hiperactivo, un selfmademan que admira los valores anglosajones. Todo parece indicar que la batalla entre ambos no ha terminado.

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