Posteado por: M | 12 febrero 2010

Grecia y el peligroso ejemplo de premiar a los malos alumnos

La situación económico-financiera de Grecia, miembro de la eurozona, a la que acompañan en la aflicción Portugal y España, pone una vez más de relieve los problemas pendientes de la Unión Europea (UE), agarrotada por la lentitud o inoperancia de sus instituciones. La cohesión económica y monetaria se resiente porque la voluntad política en algunos países, los eslabones más débiles de la cadena, con frecuencia sometida al dictado de las urgencias electorales o los prejuicios ideológicos, se arrastra por los senderos del populismo y la irresponsabilidad.

La más pesada carga por el peligroso embrollo, que entraña la mayor crisis del euro desde su creación, corresponde a los gobiernos que se han sucedido en Atenas en los últimos 20 años y que no cumplieron ni con los criterios del tratado de Maastricht (1992), pilares de la unión monetaria (parámetros sobre déficit, deuda, inflación y tipos de interés), ni con el pacto de estabilidad y crecimiento (1997) para coordinar las políticas presupuestarias y evitar los déficits públicos excesivos. Para acceder y permanecer en el euro, Grecia llegó a falsear los datos económicos en amigable contubernio con un banco de negocios norteamericano.

La Unión Económica y Monetaria prevista en el tratado de Maastricht, que culminó con la creación del euro (1999) y su circulación fiduciaria (1 de enero de 2002), está integrada por 16 de los 27 Estados de la UE. Fue una buena idea, pero tenía el grave inconveniente de ir muy por delante de la integración política y no contar con la colaboración de Gran Bretaña y sus aliados. Por eso los burócratas de Bruselas parece que han encontrado la solución teórica: un gobierno económico comunitario aclamado entre bastidores, pero cuyas bases nadie se atreve a formular y mucho menos a proponer, a sabiendas de que es inviable por el momento. Porque su primera misión imposible, en todo caso, debería ser la de colocar a Grecia bajo una especie de protectorado.

Las exigencias económico-financieras en la eurozona se fueron relajando luego de que las grandes potencias, Francia y Alemania, no respetaran en algún momento los niveles de déficit presupuestario. Paralelamente, los países que se habían unido al euro en el último momento, tras un encomiable esfuerzo de disciplina financiera, como España, Portugal y Grecia, tampoco cumplieron con el compromiso implícito de realizar las reformas pendientes y rutinariamente aplazadas a causa de las urgencias políticas. Con el dinero fácil, en vez de reformas estructurales asistimos a un verdadero desmadre del gasto público y el consumo privado.

La pregunta de los técnicos sigue siendo la misma que hace 20 años: ¿Puede funcionar la moneda única si los 16 Estados miembros de Eurolandia  retienen el control sobre sus impuestos, sus gastos y su endeudamiento? Ante el diagnóstico inequívoco de que España, Portugal y Grecia son los malos alumnos que olvidaron sus deberes en el sostenimiento del euro, el gobierno de Berlín no está dispuesto a ayudar al mal estudiante porque no quiere fomentar un fracaso general. La amarga medicina que prescriben los alemanes se plasmó en las páginas del prestigioso Der Spiegel:

“Además de Grecia, Portugal tiene que hacer frente a graves dificultades. España, también, se encuentra bajo estricta vigilancia. Resulta especialmente inquietante que desde la introducción del euro, ambos países se han vuelto cada año menos competitivos. En vez de introducir las necesarias reformas, las bajas tasas de interés en la eurozona estos últimos años les llevaron a embarcarse en un masivo endeudamiento. La crisis financiera y los concurrentes estímulos (gasto público) magnificaron el problema (…) Estrictas medidas de austeridad y profundos recortes del gasto público delimitan el único camino para salir de la crisis.”

Hasta Madrid llegan los ecos de ese palmetazo dispensando a los malos alumnos, aunque el reconocimiento de las dificultades –y hay que suponer de los errores–,  procede de un hombre tan comprometido con la ausencia de reformas como Pedro Solbes, vicepresidente del Gobierno y ministro de Economía (2004-2009), el cual advirtió el pasado 12 de febrero que Grecia, Portugal y España son “menos competitivos” que sus socios de la eurozona. Y no sólo menos competitivos, cabe añadir, sino que esos mismos países (más Italia e Irlanda) llevan varios años consumiendo más de lo que producen y, por lo tanto, aumentando su deuda y perpetuando los desequilibrios.

La firme oposición de Alemania impidió que la UE pasara de la retórica a los hechos en lo que concierne al rescate de Grecia. Solidaridad, sí, vinieron a decir los mandamases de la eurozona, pero a cambio de “rigor y transparencia”. El dinero para el rescate surgirá si es necesario, en primer lugar porque los bancos franceses y alemanes guardan decenas de miles de millones de deuda griega, y luego por el lógico temor al contagio y la reacción adversa de los mercados. Pronto comprobaremos si los mercados se calman con la balsámica declaración política de Bruselas.

No obstante, la ayuda solidaria ofrecida a los griegos no se sabe en qué puede consistir –-probablemente en comprar sus emisiones de deuda o en préstamos bilaterales–, pero la admonición dirigida al gobierno de Atenas fue contundente: debe cumplir con su promesa de reducir el déficit al 3 % en 2012. En el comunicado de la cumbre de Bruselas destaca el compromiso del gobierno griego “de hacer todo lo necesario, incluyendo la adopción de medidas adicionales”, para recortar su déficit público en 4 puntos porcentuales durante este año (pasaría del 12,7% al 8,7% del PIB). El de España se sitúa en el 11,4 %, y el de Portugal, en el 9,3 %.

“La Comisión vigilará estrechamente la aplicación de sus recomendaciones en cooperación con el Banco Central Europeo y propondrá las medidas adicionales necesarias de acuerdo con el consejo técnico del Fondo Monetario Internacional. Una primera evaluación se efectuará en marzo”, precisó el presidente estable del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, tras reunirse con la cancillera Merkel, el presidente Sarkozy, el primer ministro griego, George Papandreu, y el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso.

Alemania es el principal contribuyente de la UE, su déficit presupuestario se mantiene según lo establecido (en el 3 % del producto interior bruto) y prácticamente cumple los otros requisitos del tratado de Maastricht. El rigor monetario, considerado como un tabú por el gobierno de Berlín, cuenta con una adhesión popular en Alemania que se nutre del terrible recuerdo de la inflación durante la República de Weimar, uno de los factores que favorecieron la ascensión del nazismo. Si Alemania enterró el marco en aras de la reunificación, la exigencia del rigor no se ha esfumado. En la actual coalición gobernante en Berlín, los liberales esgrimen un argumento irrebatible: no se puede dar el mal ejemplo de rescatar a un país que ha vulnerado todos sus pactos. En el Bundestag, el portavoz de economía de los liberales señaló que no se ayuda a un alcohólico “entregándole otra botella de licor”.

Los analistas internacionales abrigan serias dudas sobre la capacidad del gobierno socialdemócrata de Atenas para llevar a buen puerto su draconiano plan de austeridad y recorte del gasto público. En medio de las huelgas, empezando por la de los funcionarios, resulta alentador que las encuestas desvelen que la opinión pública está mayoritariamente a favor de tragarse la desagradable píldora. Quizá es una indicación de que los griegos desean seguir en el euro para corregir la indolencia, la torpeza o la demagogia de sus gobiernos.

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Responses

  1. […] con los malos alumnos resultan moralmente reprobables, como señalé en un artículo anterior (Grecia y el peligroso ejemplo de premiar a los malos alumnos), los alemanes tienen una especial sensibilidad hacia la inflación, que les recuerda lo peor de su […]


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