Posteado por: M | 15 febrero 2010

Ofensiva y propaganda en Afganistán

Con una publicidad tan estridente como sospechosa, por tratarse de una acción bélica sin ningún factor de sorpresa, las tropas de la coalición internacional y afganas lanzaron el 13 de febrero una vasta ofensiva contra la plaza fuerte de los talibanes en la provincia de Helmand, en el intento más importante hasta ahora para sopesar el alcance de la estrategia que el presidente Barack Obama anunció en diciembre último al mismo tiempo que el envío de 30.000 soldados suplementarios. Aquélla pretende una afganización del conflicto que permita la retirada norteamericana a partir del verano de 2011 y el surgimiento casi milagroso de un Estado afgano digno de tal nombre sobre la base del régimen corrupto del presidente Hamid Karzai.

Desde que invadieron en el país en 2001, las tropas de la coalición multilateral, la ISAF (sigla inglesa de Fuerza Internacional para la Asistencia y la Seguridad) vienen lanzando ofensivas para limpiar el terreno de talibanes, pero éstos, en vez de enzarzarse en una batalla perdida de antemano, huyen a las zonas montañosas, se refugian en los santuarios tras la frontera pakistaní o simplemente esconden sus armas y se esfuman entre la población civil. Cuando las tropas extranjeras regresan a sus cuarteles, los talibanes reaparecen. Y vuelta a empezar.

¿Por qué ahora va ocurrir de otra manera después de que la ofensiva haya sido anunciada con antelación como si se tratara de un espectáculo o quizá de un ardid propagandístico? No lo sabremos hasta algún tiempo después de haber cesado las operaciones militares. Desde 2005, la influencia de los talibanes ha crecido aparatosamente en casi todas las provincias, hasta dejar aislado al gobierno de Karzai y sus aliados en la capital, Kabul, y su área de influencia. Por eso las fuerzas norteamericanas se han fijado el difícil objetivo de restaurar la autoridad del gobierno central.

En esta ocasión, para la reconquista de la zona de Marja, donde florece el cultivo de la adormidera, según todas las informaciones norteamericanas, los soldados de la OTAN van acompañados por tropas del naciente ejército afgano, policías y funcionarios que deben establecer en las zonas supuestamente liberadas una nueva administración fiel al régimen del presidente Karzai que se granjee la confianza de los campesinos. Los servicios de información occidentales estiman que la zona es un reducto como tantos otros de los insurgentes.    

Esta afganización del conflicto concebida por el general Stanley McChristal, comandante en jefe, respaldada y matizada por el Pentágono y la Casa Blanca, tropieza con múltiples inconvenientes, el primero de los cuales es la falta de representatividad del presidente Karzai. Además, tanto el ejército afgano como la policía están dominados por los grupos étnicos minoritarios, los tayikos y los hazaras, mientras que los talibanes se mueven como el pez en el agua en todas las regiones donde viven los pastunes, la etnia mayoritaria en todo el país. En Washington sólo hablan de más tropas y más dinero para la reconstrucción.

Tratando de hacer creíble lo que sin duda es una ficción, el almirante Mike Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto norteamericano, dio a entender que las tropas de la OTAN, que llevan el peso de la ofensiva, estaban escoltando a las fuerzas del ejército afgano. Una manera como otra de salvar la cara del presidente Karzai y desviar las críticas provocadas por los daños colaterales inevitables entre la población civil, cuando la verdad es que sin los Marines no hay ofensiva que valga ni batalla que pueda librarse con un mínimo de garantías de victoria.

Paralelamente, EE UU trata de preparar el terreno para proseguir la negociación con los talibanes supuestamente moderados y alcanzar la entelequia de un gobierno de concentración nacional. En el supuesto caso de que parte de los insurgentes acepte esa paz de los bravos, y habida cuenta de que todos ellos son pastunes e islamistas, cabe preguntarse si aceptarán las instituciones occidentales democráticas o seguirán aferrados a su concepción fundamentalista y tribal del poder: asamblea de las tribus y rigor islámico. No se olvide que los insurgentes siguen disponiendo de un tiempo ilimitado del que los norteamericanos andan escasos desde que el presidente Obama fijó el comienzo de la retirada en 2011. Una forma habilidosa de ahuyentar los fantasmas de Vietnam, pero no de ganar la guerra.

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