Posteado por: M | 19 febrero 2010

El dalái-lama agita el G-2

Con la recepción del dalái-lama en la Casa Blanca, el 18 de febrero, el presidente Barack Obama prosiguió la estrategia de sus tres últimos predecesores y suscitó la cólera ritual de Beijing, en un momento en que las relaciones de EE UU con China están sometidas a muy diversas tensiones derivadas de la venta de armas norteamericanas a Taiwán, las escaramuzas comerciales, las disputas monetarias y las críticas de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, contra la censura de internet por parte de las autoridades chinas que afecta al buscador Google.

El presidente George Bush (padre) fue el primer presidente en recibir al dalái-lama en la Casa Blanca, en 1991, dos años después de la matanza de Tiananmen (4 de junio de 1989) que congeló las relaciones diplomáticas de China con Occidente. Bill Clinton no se atrevió a invitarlo, pero se entrevistó con él en una reunión organizada por los dirigentes republicanos del Congreso, mientras Hillary Clinton lo acogía en privado en la vivienda presidencial. Bush hijo recibió varias veces al líder budista en la Casa Blanca y llegó a solicitar de Beijing en 2008 que iniciara conversaciones con él, una solicitud que los chinos rechazaron airadamente como una provocación.

El año pasado, Obama pospuso el encuentro con el líder espiritual tibetano para no disgustar a sus futuros anfitriones en vísperas de una visita a Beijing, en noviembre último, pero esa demora no sirvió evidentemente para calmar las protestas y las advertencias chinas de unas consecuencias desagradables y nunca especificadas. Una amenaza que sigue en el aire. No obstante, Obama tomó algunas precauciones protocolarias para no traspasar los límites que los dirigentes chinos habrían considerado absolutamente inaceptables.

El encuentro entre el presidente y el decimocuarto dalái-lama (Tenzin Gyatso) no se celebró en el Despacho Oval, residencia simbólica de la soberanía, sino en la sala de Mapas de la Casa Blanca, en el ala oeste, y tuvo un carácter más que discreto, sin público y sin cámaras. Un riesgo muy calculado por los servicios de protocolo para honrar al visitante y no enfurecer a sus antagonistas. Aunque considerado mundialmente como un hombre de paz, la prensa oficial china presenta al líder budista como un peligroso separatista que fomenta la agitación en el Tíbet y las provincias históricamente tibetanas (casi el 30 % de todo el territorio bajo soberanía china).

Los últimos meses fueron especialmente tensos en las relaciones chino-estadounidenses, en medio de las expectativas del mundo entero sobre la evolución del llamado G-2, es decir, las dos superpotencias, o lo que es lo mismo, Chimérica, el acrónimo de China y América (por EE UU) que está llamado a presidir el panorama internacional, el progreso económico y la geopolítica en este siglo. La reciente venta de armas por 6.400 millones de dólares a Taiwán, que Beijing considera una provincia renegada, ha demostrado que Obama seguirá previsiblemente la misma trayectoria que sus predecesores desde hace medio siglo. Las empresas implicadas son nada menos que los gigantes Boeing, United Technologies y General Electric.

Las dos economías están estrechamente vinculadas y China es el segundo acreedor de EE UU, ligeramente por detrás de Japón en su acumulación de dólares, pero Washington se viene quejando, sin ningún resultado, de que la divisa china está infravalorada para promover abusivamente las exportaciones. En el orden geopolítico, Obama cuenta con China para imponer nuevas sanciones a Irán, resolver el rompecabezas nuclear de Corea del Norte y forjar un nuevo acuerdo sobre el cambio climático tras el fiasco de Copenhague. Pero los chinos insisten en que la visita del dalái-lama “socavará la confianza y la cooperación entre los dos países”. ¿Qué significan esas palabras?

Desde que Nixon se entrevistó con Mao Zedong en Beijing en 1972 y reconoció que sólo existe una China, las relaciones entre ambos países constituyen un ejemplo paradigmático de una alianza de intereses que resistió con éxito los choques ideológicos o geopolíticos: consumo desenfrenado de productos chinos en EE UU, compra de deuda norteamericana por China, inversiones de capital y cuantiosas ventas norteamericanas de tecnología. Las recriminaciones simbólicas y la retórica nacionalista nunca fueron un obstáculo para la buena marcha de los negocios. EE UU reclama la libertad de expresión y religiosa para los tibetanos, pero China insiste en que el trato que reciben sus minorías es “un problema exclusivamente interno”.

Las últimas conversaciones entre las autoridades chinas y los emisarios del dalái-lama, las primeras desde 2003, se celebraron en Beijing a finales de enero, pero sin ningún resultado. La prensa china informó de esas reuniones recordando que la soberanía es innegociable y con ataques personales contra el sumo sacerdote budista, premio Nobel de la Paz de 1989, cuyo gobierno en el exilio se encuentra en Dharmsala (India).

La cuestión capital consiste en adivinar si esa situación puede prolongarse o está cambiando aceleradamente, de manera que quizá la visita del dalái-lama a la Casa Blanca puede marcar el inicio de una nueva etapa menos cooperadora y mucho más conflictiva. Porque la China actual, tras casi tres decenios de progreso ininterrumpido, nada tiene que ver con la de Mao, devastada por la revolución cultural, y ni siquiera con la que se abrió a Occidente tras la revolución capitalista encabezada por Deng Xiaoping a partir de 1978. Y quizá también porque EE UU empieza a flaquear en su condición de hiperpotencia única en que se convirtió tras la caída de la URSS (1991).

China vuelve a estar de pie, como proclama el presidente Hu Jintao, remedando a Mao en 1949, y empieza a alzar la voz como gran potencia que pretende negociar con EE UU en un plano de igualdad. Por primera vez en 2009, el crecimiento de China estuvo impulsado principalmente por el mercado interno, y las tensiones sociales cobraron un creciente protagonismo. Los medios de comunicación de China siguen disparando sus críticas contra la supuesta arrogancia de EE UU, pero la principal preocupación del Partido Comunista (PCCh) se centra en la integridad territorial a toda costa –Tíbet, Xinjiang y Taiwán incluidos–, requisito indispensable para una eventual liberalización del sistema que refute la maldita tradición centrífuga.

En su discurso sobre el estado de la Unión (27 de enero), Obama fue calurosamente aplaudido por todo el Congreso cuando declaró que EE UU no aceptaría ocupar el segundo rango mundial y todo el mundo entendió que se refería al ascenso impetuoso de China. En las cuestiones de Taiwán y el Tíbet, el presidente puede contar con el respaldo casi unánime de los legisladores, lo que indica obviamente que Beijing se ve desde Washington como un rival en el futuro inmediato. Por eso termino reiterando el pronóstico de que el eje de la geopolítica global se ha trasladado a la cuenca del Pacífico. Europa queda en la periferia.

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Responses

  1. No deja de ser algo sorprendente la reacción china ante el encuentro del Dalái-lama y Obama en la Casa Blanca.Sorprendente si, por que la alternativa sería aminorar la imagen del nuevo presidente ante una opinión pública que siente como la influencia estadounidense en el mundo ha perdido parte de su vigor.Declinar nuevamente una entrevista con el lider espiritual tibetano, hibiera disminuido sensiblemente el prestigio de Obama. Y esto lo saben bien los chinos.
    Yo diría que la reacción china tiene un enfoque orientado hacia su propia política interior, hacia una opinión pública de la que sobresale una clase media cada dia más acomodada y nacionalista, compuesta por entre 300 y 400 millones de personas que exigen una completa igualdad en las relaciones entre los dos países.
    No hay que olvidar que estos dos grandes países conviven en una simbiosis económiga de tal dimensión, que los condena a,por el momento,mantener “buenas relaciones”.
    Lo demas son ladridos, y como ya sabemos, perro que ladra no muerde.


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