Posteado por: M | 25 febrero 2010

El Mossad, coraza y ejecutor de Israel

El asesinato en un hotel de Dubái (Emiratos Árabes Unidos), el 20 de enero, de Mahmud al Mabhoud, jefe del brazo armado de Hamás, la organización palestina que detenta un poder despótico en Gaza, reactivó la leyenda del Mossad, los servicios de espionaje y contraterrorismo israelíes, creados en diciembre de 1949, que actúan como puño de hierro del Estado de Israel en las numerosas guerras convencionales e irregulares (subrogadas) que se han librado, se libran o se incuban en el Oriente Próximo.

El asesinato de Dubái no fue revelado por la policía del emirato hasta casi un mes después de haberse producido, junto con una compilación de fotos procedentes de las grabaciones realizadas por las cámaras de seguridad de diversos lugares, en las que aparecen en plena faena los once miembros del comando que efectuó la operación en un hotel de lujo. Los agentes utilizaron pasaportes supuestamente falsificados de países europeos y suplantaron la personalidad de sus legítimos titulares para camuflarse como hombres de negocios o turistas.

La policía dubaití reveló la identidad de los 26 ciudadanos suplantados  por los agentes que participaron en la operación, describió el crimen con todo lujo de detalles, aseguró que la víctima había sido electrocutada y luego ahogada, según confirmó la autopsia, tras un breve interrogatorio, y atribuyó al Mossad su meticulosa realización. También reprodujo en un mapa de Dubai las rutas que siguieron los miembros del comando antes y después del asesinato. Todos los implicados pagaron con tarjetas de crédito del norteamericano BetaBank. En fin, un relato más para alimentar el mito de los servicios secretos del Estado hebreo.

Las detenciones de dos palestinos en Dubái, supuestamente vinculados con la seguridad del presidente palestino, Mahmud Abbás, y de otro palestino miembro de Hamás, que está siendo interrogado en Siria, al que se estigmatiza como el más probable y directo traidor, complicaron el análisis de la conspiración y confirmaron las sospechas de que persiste la lucha fratricida entre los palestinos, pero no restaron un ápice de verosimilitud a la hipótesis de la larga mano del Mossad. La diseminación de pistas falsas constituye un instrumento casi rutinario de todos los servicios de espionaje.

Existen pocas dudas en la prensa internacional de que la policía de Dubái, cuya panoplia tecnológica es paradójicamente de origen israelí, está en lo cierto cuando apunta al Mossad. Así lo cree también la mayoría de los gobiernos de los países a que pertenecen los pasaportes fraudulentos (Francia, Gran Bretaña, Irlanda y Alemania). No obstante, los ministros de Exteriores de la Unión Europea (UE), reunidos en Bruselas el 21 de febrero, repudiaron el uso de los pasaportes para perpetrar el asesinato, aunque no condenaron el crimen ni se pronunciaron sobre sus autores.

El nombre de Israel no fue enturbiado ni siquiera por la suspicacia diplomática que estaba en mente de todos los ministros, hasta el punto de que ni siquiera aparece en el comunicado conjunto, de manera que la indignación por los pasaportes parece fingida en algunas cancillerías. Los seis israelíes de origen británico cuya identidad fue suplantada por los autores del crimen aseguran que nunca les robaron los pasaportes, una declaración que añade misterio y riesgo para cualquier ciudadano europeo que resida o viaje por los países árabes.

El gobierno israelí, como requiere el protocolo secreto, ni confirmó ni desmintió la implicación del Mossad, pero la jefa de la oposición, Tzipi Livni, jefa del partido Kadima, se congratuló del asesinato. Según los israelíes, Mahmud al Mabhoud era un traficante de armas y el encargado de introducirlas en Gaza. El ministro de Exteriores, Avigdor Lieberman, presionado por sus colegas europeos en Bruselas, respondió a las acusaciones e insinuaciones con su habitual desparpajo: “Creo que ven demasiadas películas de James Bond”, el famoso espía británico con licencia para matar creado por la fértil imaginación de Ian Fleming. Pero las reacciones incómodas de Londres y París dieron a entender que la autoría del Mossad es incuestionable y, por tanto, la responsabilidad alcanza al primer ministro, Benyamin Netanyahu, encargado de autorizar las operaciones más importantes susceptibles de provocar consecuencias diplomáticas.

Una historia muy agitada

Desde que fue creado en 1949, por iniciativa del primer ministro israelí a la sazón, David Ben Gurion, el Instituto Central de Operaciones y Estrategias Especiales, cuyo acrónimo en hebreo es Mossad, lo mismo que su émulo en asuntos internos, el Shin Bet, estuvo especializado en los asesinatos o ejecuciones extrajudiciales (al margen de cualquier legalidad nacional o internacional) de los enemigos acérrimos de Israel y en general de los judíos. Los asesinatos se produjeron tanto en el extranjero como en los territorios palestinos de Cisjordania y Gaza. Como puede leerse en su página web, su tarea consiste en “planear y efectuar operaciones especiales más allá de las fronteras”.

En sus comienzos, el Mossad estuvo muy comprometido con la liquidación de presuntos verdugos nazis, y se apuntó un resonante éxito con la captura en Argentina (1961) y el traslado a Israel del criminal de guerra Adolf Eichman, juzgado y ejecutado. Su gran primicia en los asuntos mundiales data de 1956, cuando logró hacerse, a través de un periodista polaco, con una traducción del famoso informe secreto de Jruschov en el que éste formuló la primera condena oficial del estalinismo ante el 20 congreso del partido comunista soviético (PCUS). Con la aprobación expresa de Ben Gurion, el documento fue transmitido a Washington, a la CIA, lo que contribuyó a cimentar las excelentes relaciones que mantienen ambos servicios.

Pese a la leyenda de un Mossad casi infalible y demoledor, aliado con la CIA, su azarosa historia está jalonada de éxitos y fracasos. Una de sus mayores hazañas fue la liberación de los pasajeros del avión de Air France secuestrado por un comando palestino en la ruta Tel Aviv-París, el 27 de junio de 1976, y desviado hasta el aeropuerto de Entebbe (Uganda), donde podían contar con el apoyo de régimen de Idi Amin. Un numeroso comando especial del ejército israelí, aerotransportado con inusitada rapidez y con el respaldo logístico del gobierno de Kenia, aterrizo en Entebbe en la madrugada del 4 de julio, rescató a los pasajeros que habían sido trasladados a las instalaciones de la vieja terminal y liquidó a 13 terroristas palestinos y sus cómplices alemanes, así como a 33 soldados ugandeses.

No obstante, el Mossad guarda en sus archivos el recuerdo y los testimonios de numerosos episodios de sangre, sudor y lágrimas. Eli Cohen, un israelí de origen egipcio que permaneció tres años en Damasco como agente del Mossad, envió informaciones muy relevantes para Israel, incluidos los planos de las fortificaciones de los altos del Golán, que fueron conquistados por Israel en la guerra de junio de 1967. Cohen, quizá porque se comportó de manera tan audaz como confiada, fue capturado por los sirios, que lo ejecutaron en la horca en 1965.

También resultó crucial la información del Mossad para la proeza que permitió a la aviación israelí destruir en suelo los aviones de Egipto, Jordania y Siria, el 5 de junio de 1967, hecho inicial y decisivo en la operación relámpago y la victoria arrolladora del Ejército de Israel en la conocida como Guerra de los Seis Días. Ocurrió al revés en octubre de 1973, en la guerra llamada del Yom Kippur, cuando las tropas egipcias atravesaron el canal de Suez hacia el Sinaí sin que los espías israelíes hubieran sido capaces de detectar o interpretar los extraordinarios movimientos de tropas y los preparativos de los pontoneros.

El asesinato de 11 atletas israelíes en la villa olímpica de Múnich por un comando de la organización palestina Septiembre Negro (1972) provocó una conmoción en Israel y desató una oleada de venganzas ejecutadas por el Mossad. Durante un período de unos 20 años, los servicios secretos israelíes ejecutaron al menos a 12 palestinos presuntamente vinculados con la matanza de Múnich, en Francia, Italia, España, Grecia, Líbano y Chipre.

Uno de los fracasos más hirientes ocurrió en Noruega, en 1973, donde el jefe de las operaciones especiales del Mossad había planeado cuidadosamente el asesinato de Alí Hasan Salameh, el supuesto cerebro del ataque de Múnich. Pero la víctima por error de la cólera hebrea fue un camarero marroquí, Ahmed Bouchiki, residente en la ciudad de Lillehammer, que nada tenía que ver con los terroristas palestinos y que fue asesinado cuando se dirigía a su casa desde la parada del autobús acompañado por su esposa embarazada.

Dos agentes que participaron en el asesinato fueron capturados por la policía noruega cuando se dirigía al aeropuerto de Oslo para escapar. Además de confesar que trabajaban para Israel, facilitaron los datos para la detención de un tercer implicado que tenía en su poder un detallado cable del Mossad con instrucciones precisas. El interrogatorio, el juicio público y el encarcelamiento de los cinco agentes “asestaron un duro golpe a toda la infraestructura del Mossad en Europa”, según confesión de los israelíes.

Una de las más espectaculares operaciones se desarrolló en Túnez en la madrugada del 16 de abril de 1988. Participaron unos 30 agentes, que llegaron de noche a la costa, en pequeñas embarcaciones, algunos de ellos haciéndose pasar por turistas y otros vistiendo uniformes del ejército tunecino. El comando se dirigió a la casa donde vivía Jalil al Wazir, más conocido por Abu Jihad, lugarteniente de Yaser Arafat, que fue asesinado delante de su mujer y sus hijos. Un avión israelí sobrevoló la zona para perturbar todas las comunicaciones terrestres.

Un fiasco que puso a prueba todos los principios y las alarmas del Mossad se produjo en Jordania en 1997, cuando dos agentes con falsos pasaportes canadienses abordaron en una calle de Ammán al líder palestino Jaled Meshaal, uno de los máximos dirigentes de Hamás, al que redujeron e inocularon un veneno en el oído, sirviéndose de un espray. Los dos agentes fueron sorprendidos prácticamente con las manos en la masa y detenidos por la policía jordana.

Como Israel considera que la detención de sus espías es inaceptable, inmediatamente el jefe del Mossad, Efraim Halevy, se puso en contacto con los servicios secretos jordanos y logró un rápido acuerdo. El primer ministro, Benyamin Netanyahu, se trasladó a Ammán para presentar sus excusas al rey Husein e Israel pagó el máximo precio posible por la liberación de sus dos espías: envío inmediato de un antídoto para salvar la vida de Meshaal, actualmente residente de Damasco, y la liberación de numerosos presos palestinos, entre ellos, el jeque Ahmed Yasin, fundador de Hamás, que fue acogido triunfalmente en Gaza, donde fue asesinado por los israelíes seis años después (2003) mediante el disparo de un misil.

La seguridad del Estado

Por supuesto, Israel y el Mossad no detentan la exclusiva de los asesinatos políticos en nombre de la seguridad del Estado. Además de las abominaciones de los nazis dentro y fuera de Alemania, los servicios secretos de Gran Bretaña y Francia cometieron diversas atrocidades durante los proceso de descolonización en Asia y África. En la guerra de Argelia, por ejemplo, los servicios franceses de entonces (SDCE) asesinaron a varios suministradores de armas del FLN, pero no impidieron que la historia siguiera su curso.

En EE UU, la CIA tenía licencia para matar, pero la situación legal y ejecutiva cambió sustancialmente luego de que un comité del Senado descubriera con escándalo hipócrita las diversas conjuras que se habían fraguado para asesinar a dirigentes políticos de países como Cuba, la República Dominicana, el Congo y Vietnam. En 1981, Ronald Reagan firmó una orden presidencial que prohibió los asesinatos secretos a menos que se autorizaran u ordenaran por el presidente.

La actitud de los gobiernos ha oscilado según las circunstancias y las inclinaciones de la opinión pública, ya se trate de una guerra sucia, de la liquidación de los enemigos más notaros o de operaciones sofisticadas en la lucha contra el terrorismo. Como es lógico, el orden moral e incluso el orden político se vulneran cuando el gobierno de turno invoca la razón de Estado o el mar menor para amparar, ordenar y justificar el crimen.

La situación de Israel resulta especial por las circunstancias en que vive su población, bajo el síndrome del aislamiento y la hostilidad implacable de sus vecinos. Concebido el Mossad como escudo protector de un Estado cuyos ciudadanos proclaman insistentemente que están luchando por la supervivencia, el gobierno, las fuerzas políticas y la opinión pública no abrigan escrúpulos morales sobre la violación de las leyes internacionales con la eliminación extrajudicial de sus más peligrosos adversarios, aunque sea por un procedimiento tan repugnante como los asesinatos selectivos.

La mayor preocupación de los israelíes concierne estrictamente a la eficacia o los errores de los que pueden derivarse perjuicios para el Estado. El orden internacional con base en la seguridad colectiva, que se expresa a través de la ONU, proscribe que un Estado miembro se tome la justicia por su mano, pero Israel practica las represalias de manera fulminante contra individuos determinados por motivos políticos o militares (targeted killings o asesinatos selectivos) o cuando entiende que se ha modificado la situación y ha perdido su tradicional ventaja estratégica, alegando legítima defensa, generalmente con el aplauso o al menos la comprensión de sus ciudadanos, salvo que el fracaso resulte muy notorio, como en la última guerra del Líbano (2006).

En nuestro siglo, la batalla geoestratégica no se dirime en el campo de batalla tradicional ni se resuelve con el magnicidio, sino en una guerra encubierta y sin cuartel. El gobierno israelí utiliza su servicio secreto para combatir a Hamás, cuyos grupos clandestinos, armados hasta los dientes, se proponen la destrucción o al menos el hostigamiento permanente del Estado hebreo. Pero teniendo en cuenta los criterios utilitarios dominantes en Israel, no es seguro que el asesinato de Mahmud al Mabhouh vaya a detener las operaciones hostiles que éste realizaba. Cabe suponer, por el contrario, que levantará una nube de odio y añadirá obstáculos en el camino impracticable de la coexistencia.

En 1955, el filósofo judío Yeshayahu Leibowitz escribió una carta al primer ministro, David Ben Gurion, en la que se quejaba de las operaciones del Mossad o del ejército que terminaban con la muerte de palestinos inocentes y que sólo servían para alimentar el odio. Ben Gurion respondió: “Sería magnífico que pudiera existir un mundo lleno de paz, fraternidad, justicia y honradez, pero es aún más importante que nosotros podamos estar en él.”

El espíritu de esa respuesta prevalece entre los israelíes de forma abrumadora porque la paz, desde luego, no es para mañana. Los escrúpulos morales no tienen cabida en la ciudadela. Los votantes reclaman, ante todo, seguridad. La aparente indiferencia o insensibilidad ante los asesinatos selectivos y otros horrores responde a los mecanismos de autodefensa muy interiorizados por la opinión pública en ausencia de una perspectiva de negociación y concordia. Ya sabemos que el Estado de Israel, fundado en una promesa bíblica que trasciende la comprensión de los gentiles, es una especie de Esparta moderna encerrada en un gueto aparentemente victorioso, un laberinto militar o de seguridad del que será difícil salir.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: