Posteado por: M | 28 febrero 2010

El apagón que calló a Chávez

Las dificultades económicas de Venezuela no sólo golpean a sus ciudadanos, sino que han servido para algo que parecía imposible: callar al presidente, Hugo Chávez, afectado, como se sabe por una facundia incontenible. El espectáculo se produjo en el momento en que el caudillo venezolano, dueño y señor de las cámaras de televisión, lanzaba una de sus rituales invectivas contra el presidente George Bush. En ese momento, un corte de electricidad dejó a oscuras la escena y Chávez dejó de hablar, “milagrosamente”, como apostilla con sorna un comentarista norteamericano.

Mal año se presenta, no obstante, para los espectadores venezolanos, tan castigados por las apariciones bufonescas y la verborrea de su presidente, en medio de los apagones eléctricos en el país del petróleo. Ante la conmemoración del bicentenario del proceso que condujo a las independencias de los países iberoamericanos, lo más probable es que Chávez ocupe repetidamente las candilejas para insistir en la superchería de compararse con Simón Bolívar, el Libertador, con el que tiene, en verdad, radicales diferencias ideológicas, las que separan al liberalismo del proclamado y espurio “socialismo del siglo XXI”.

La política del presidente Obama hacia América Latina estuvo hasta ahora presidida por la voluntad inequívoca de reconstruir los puentes que se hundieron con su predecesor y organizar una nueva cooperación. En otras palabras, EE UU actuaría como un actor más en la geopolítica del hemisferio, no como el director de tan disparatado elenco. Por el momento, la experiencia resulta desalentadora. Porque sin un fuerte liderazgo estadounidense –no el garrote, pero sí la impulsión–  los graves problemas del hemisferio, como el destino de la democracia, el progreso económico, el crimen organizado y la seguridad, se enconan y rápidamente degeneran en la discordia o el populismo desenfrenado.

A propósito de Cuba, tras la conmoción por la muerte del disidente Orlando Zapata, los grandes periódicos empiezan a inquietarse por los nulos resultados de la política de mano tendida. En cuanto a Chávez, la estrategia de no hacerle mucho caso y no replicar a sus bravatas, mientras se mantienen en marcha los negocios petroleros, está alarmando a los que temen por el futuro de la democracia en el país de Bolívar. “La historia enseña que la perturbación mental no es desconocida entre los dirigentes mundiales y que puede ser tan letal como los cálculos fríos”, escribe Philip Tercian en The Weekley Standard.

La imprecación del rey Juan Carlos –“¿Por qué no te callas?”— no surtió ningún efecto. Tampoco los paños calientes de Obama, ni las pleitesías de los que reciben los subsidios de un caudillo pródigo, ni el silencio embarazoso de los que no desean verse increpados o insultados desde ese programa grotesco que se llama “Aló, presidente”. No hay manera de callar a Chávez. Si esperamos al apagón eléctrico definitivo, quizá sea demasiado tarde para salvar la libertad tan invariablemente acosada. El ejemplo de Cuba es un amargo y permanente recordatorio.

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