Posteado por: M | 2 marzo 2010

El islamista Erdogan dispara contra la prensa y los militares

En medio de la guerra ideológica sin precedentes entre islamistas y laicos que sacude los cimientos de la República fundada por Mustafá Kemal (Ataturk) en 1923, el primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, al que sus amigos europeos describen como “islamista moderado”, dio rienda suelta a sus más peligrosas inclinaciones y pronunció una nítida amenaza contra la prensa crítica, a la que culpó de todos los males por los que atraviesa el país. El procedimiento elegido fue el de conminar a los propietarios de los medios de comunicación para que despidan o silencien a los comentaristas que incomodan al poder.

Dirigiéndose a los editores, Erdogan manifestó: “Aquellos que les están prestando la pluma [a los periodistas], deberían decirles: lo siento, no hay sitio en nuestra tienda”. Ni los periodistas tienen la pluma alquilada, ni los periódicos son tiendas, pero no cabe duda de que la metáfora del primer ministro, islamista convencido y militante, pretende hacer de la prensa opositora el chivo expiatorio de una situación de grave crisis económica, masivo desempleo y tensiones institucionales enconadas por la ofensiva gubernamental contra los militares y los jueces, los dos pilares de la república secular concebida por Ataturk para colocar a Turquía en el sendero de la occidentalización y el progreso.

Entre los pecados que Erdogan atribuye los columnistas poco complacientes se encuentra el casi milagroso de hacer bajar la bolsa de Estambul cada vez que aquéllos vituperan los propósitos encubiertos de islamizar el país e instaurar un régimen autoritario. El primer ministro pretende sofocar al mensajero, quizá porque no termina de asumir, pese a sus caracoleos europeístas, que la libertad de expresión constituye el más firme cimiento democrático. ”Pienso que la democracia sólo puede existir en Turquía si los dueños de los medios de comunicación se abstienen de dictar a los columnistas lo que tienen que escribir, pero es obvio que Erdogan no piensa lo mismo”, declaró Oktay Eksi, redactor jefe del prestigioso diario Hürriyet (Libertad).

El mercado bursátil de Estambul (ISE) no se desploma, como es obvio, por los comentarios de los periodistas, sino por la evolución económica y las batallas exacerbadas entre el gobierno, de una parte, y los militares y los jueces, de otra. Me imagino que si los columnistas pudieran influir sobre los índices bursátiles no estarían dejándose las pestañas en los ordenadores, ni jugándose su bienestar con la irrenunciable pero arriesgada censura del poder.

No es la primera vez que Erdogan dispara contra la prensa. En octubre último, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó al gobierno de Turquía por haber cerrado nada menos que cuatro periódicos, a los que acusó de hacer propaganda a favor del prohibido Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK), organización tildada de terrorista. Al aplicar el artículo 19 de las Convención Europea de los Derechos Humanos, el tribunal consideró que el gobierno de Ankara había restringido injustificadamente “el papel esencial que la prensa desempeña como vigilante público en una sociedad democrática”.  

El 22 de febrero, la guerrilla institucional inició la escalada con la detención de 49 militares de alta graduación, acusados de conspirar contra el gobierno para un supuesto golpe de Estado… en 2003. Las acusaciones habían sido anticipadas por el periódico Taraf, islamista radical, que publicó un memorando de 5.000 páginas, atribuido a los militares, en el que se exponen minuciosamente los planes para justificar el golpe de Estado que finalmente no se produjo por motivos no especificados. Hay que aclarar que Taraf es un periódico dedicado con ahínco a zaherir a los militares desde las barricadas islamistas.

Las detenciones de los jefes del ejército y la marina se produjeron unos días después de que otro periódico islamista, Vakit, defensor de la yihad o guerra santa, publicara las grabaciones de una cinta en la que se oían declaraciones comprometedoras del jefe del estado mayor, a pesar de que en Turquía, como es lógico, son ilegales esas actuaciones sin una orden judicial previa. Los fiscales nada hicieron por aclarar esas filtraciones a la prensa, lo que sugiera que la violación de la ley cuenta con una tácita aprobación del gobierno.

Tanto los ataques sibilinos contra el laicismo como las detenciones de los uniformados están en manos de unos fiscales que el actual gobierno ha logrado situar en los organismos judiciales, en una maniobra evidente para alterar los equilibrios básicos del poder político-institucional. Hasta ahora, tanto el ejército como la judicatura y los tribunales eran los garantes del laicismo y la neutralidad del Estado, pilares del sistema secular de gobierno, pero desde que el islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), dirigido por Erdogan, llegó al poder en 2002, el gobierno ha hecho todo lo posible por corregir esa situación.

Los que hablan de Erdogan como un moderado y del AKP como un partido de centro-derecha, fácilmente homologable con los europeos de parecida tendencia, ignoran o más bien olvidan que el gobierno turco está sostenido por una coalición electoral, social e ideológica en la que participa con bastante relieve y como punta de lanza el Movimiento de Fethullah Gülen, del nombre de un predicador islamista que vive exiliado en Estados Unidos (Pensilvania), de orientación ultraconservadora, que no oculta su voluntad de infiltrarse en todos los feudos del nacionalismo secular para silenciar a la oposición y promover la creación de una república islámica. Las huestes de Fethullah Gülen mantienen sospechosos vínculos con los terroristas de Chechenia, Gaza o el Líbano.

La detención de los altos mandos militares en relación con un supuesto golpe de Estado en 2003 no es sólo un episodio más de la lucha por el poder a que se libran islamistas y laicos desde el nacimiento de la República, sino quizá una venganza y una batalla decisiva sobre el futuro de Turquía. ¿Cómo es posible tomar en serio que los militares se entretuvieron en escribir un memorando de 5.000 páginas antes de poner en marcha un golpe de Estado? Erdogan trata de intimidar a los cuarteles y encubre sus objetivos islamizadores con el pretexto del ingreso en la Unión Europea (UE) o la conveniencia de impedir la tutela del poder castrense sobre el escenario político.

 “Las grabaciones ilegales y los arrestos arbitrarios sirven para intimidar al público, no para perseguir a los delincuentes (…) Los turcos que se oponen al APK y al movimiento de Gülen tienen miedo de hablar libremente”, escribe Soner Cagaptay, analista turco que escribe en Foreign Policy y en Newsweek, además de algunos periódicos turcos que defienden el legado de Ataturk y advierten de los riesgos de no reaccionar a tiempo para detener la ofensiva islamista y la deriva hacia un régimen autoritario.

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