Posteado por: M | 8 marzo 2010

Elecciones en Iraq, autocracia en el mundo árabe

Una traca terrorista que causó más de 30 muertos en Bagdad y otras ciudades no impidió que los ciudadanos acudieran a las urnas, superando todas las expectativas de participación, para abrir una nueva etapa en la historia de Iraq que culminará con la retirada de todas las tropas extranjeras en 2011, tras ocho años de guerra y ocupación. El Estado sigue en construcción, el fantasma de la guerra civil étnico-religiosa no ha desaparecido, pero la mayoría de los observadores occidentales cree que las elecciones del 7 de marzo son las más libres jamás celebradas en un país árabe y que sus resultados reflejarán con bastante aproximación la voluntad mayoritaria de los ciudadanos.

Varios partidos y coaliciones renegaron del sectarismo y se presentaron con las etiquetas y la propaganda del laicismo y el nacionalismo, recortaron el número de candidatos religiosos e incluyeron a mujeres sin velo (la cuota femenina obligatoria es del 25 %). En cualquier caso, las grandes novedades son que ninguna facción religiosa o étnica estuvo representada por una sola lista electoral en la pugna por los 325 escaños del Parlamento y que los electores suníes, luego de haber boicoteado masivamente el primer envite de diciembre de 2005, esta vez acudieron a las urnas incluso en mayor proporción que los chiíes, a pesar de que la franquicia Al Qaeda en Mesopotamia había amenazado de muerte a cualquiera que se acercara a los colegios electorales.

Con 19 millones de inscritos en el censo electoral (unos 30 millones de habitantes), el escrutinio es proporcional y los 325 escaños se reparten entre las 17 provincias. El mecanismo de las listas abiertas aumentó el número de candidatos hasta los 6.000 (de 86 partidos) y pretendió mitigar las fuertes tendencias tribales y religiosas, pero no es seguro que lo haya conseguido. El débil sistema parlamentario y federal establecido en la Constitución de octubre de 2005, ratificada por referéndum, probablemente favorece la fragmentación, la diversidad y los interminables cabildeos para elegir al presidente y designar al primer ministro.

En un país de fuertes tensiones centrífugas, de tradición autoritaria y fragmentación política, el parlamentarismo no parece el procedimiento más adecuado para fortalecer la cohesión y lograr la reconciliación nacional, una tarea ineludible pero aplazada para la próxima legislatura de cuatro años.

El laicismo resucitado en la campaña, tras el que también se ocultaba la tiranía sangrienta de Sadam Husein, resulta un poco fingido y deberá someterse a la dura prueba de los hechos. La caza de brujas, sobre todo, la emprendida por los chiíes contra los suníes, conoció un nuevo episodio en febrero último cuando 511 aspirantes fueron borrados de las listas por decisión de un oscuro comité electoral (Comisión de Cuentas y Justicia, presidido por Ahmed Chalabi), que les acusó de haber pertenecido al ilegal partido Baas, la organización política de Sadam Husein cuyos métodos violentos cuestionan la voluntariedad de la militancia culpable.

La falta de un verdadero consenso sobre el reparto de los ingresos petroleros complica y hace más azaroso el futuro del país, que dispone de las cuartas reservas más importantes del mundo (el 10 % del total). La ley de hidrocarburos que debía regular la industria y fijar las fronteras internas no pudo ser aprobada en la anterior legislatura, mientras la corrupción tribal se extendía por todos los niveles, aumentando la burocracia, y la penuria golpeaba a una población afligida por la guerra y la violencia endémica. Iraq es el cuarto país más corrupto del mundo, según la organización berlinesa Transparencia Internacional.

Iraq se asemeja mucho aún al mosaico que fabricó el Colonial Office británico después de la desintegración del Imperio otomano en 1919 para salvaguardar los intereses petroleros y estratégicos de la metrópoli. La política iraquí está fragmentada y condicionada por los factores religioso y étnico, de manera que el antagonismo entre los árabes chiíes (59% de la población total), abrumadoramente mayoritarios en el sur (Basora), y los árabes suníes (24 %), asentados en el centro del país, ha impedido la creación de un Estado fuerte, salvo en los períodos de despotismo implacable. Las líneas de fractura se superponen a las arduas transacciones para encontrar la base de un nuevo gobierno. Los suníes habían retenido la dirección del Estado desde su creación en 1920 hasta la caída de Sadam Husein en 2003.

Los árabes, a su vez, están muy lejos de haber alcanzado un acomodo o coexistencia pacífica con los kurdos, de prolongada tradición insurreccional, como confirma la enconada disputa por la ciudad de Kirkuk, en la misma frontera del mar subterráneo de petróleo. La comunidad kurda (17 %) domina en el norte del país, hasta la peligrosa frontera turca, y ha visto cómo sus instituciones autónomas ampliaban sus prerrogativas tras la invasión anglo-norteamericana de 2003 y su región salía casi indemne de la guerra. Debido a la lógica de la aritmética parlamentaria, la coalición de los kurdos aparece, una vez más, como la única capaz de dirimir el empate entre las otras coaliciones árabes.

Principales fuerzas políticas

  • Alianza Nacional Iraquí (ANI). Sucesora de la Alianza Iraquí Unida, vencedora en 2005, agrupa a todas las fuerzas inspiradas por el chiísmo y vinculadas al Consejo Supremo Islámico de Iraq, dirigido por Amar al Hakim, sin olvidar a la corriente turbulenta y  antinorteamericana del clérigo Muqtada al Sadr, que vive temporalmente en Irán, y su milicia. Esta ANI, que mantiene lazos estrechos con la teocracia iraní, venció en las elecciones de diciembre de 2005, aunque sin mayoría absoluta, y dominó la vida política desde entonces. Entre sus líderes se encuentran Ibrahim al Jaafari, que fue primer ministro, y el controvertido Ahmed Chalabi (chií educado por los jesuitas), “el hombre de los americanos” en un primer momento, que ahora reaparece como “el hombre de Teherán”.
  • Alianza del Estado de Derecho. La ANI gobernante sufrió una escisión protagonizada nada menos que por el primer ministro, Nuri al Maliki, y su partido Al Dawa, que fraguaron una nueva coalición, conocida por Alianza del Estado de Derecho, porque aquél no estaba seguro de obtener el beneplácito de sus correligionarios para seguir al frente del gobierno. De manera harto oportunista, y aunque la alianza se mantiene como predominantemente chií, Maliki se presentó como un líder nacionalista y secular, distante de Teherán, que apela a todos los iraquíes, cualquiera que sea su confesión religiosa, y promete la seguridad a toda costa. Se trata prácticamente del mismo conglomerado que venció en las elecciones municipales de enero de 2009. Cuenta con la adhesión de algunas personalidades suníes, como Alí Harem al Suleiman, jeque tribal de la provincia de Anbar.
  • Alianza Unida de Iraq. Dirigida por el ministro del Interior, Jalad al Bolani (chií independiente), fue formada para competir con un mensaje similar al de Maliki: nacionalismo, secularismo y, sobre todo, seguridad, como corresponde al hombre fuerte del gobierno, uno de los hombres que más han contribuido a detener la sangría. Atrajo también a varias personalidades liberales y otras del campo suní.
  • Movimiento Nacional Iraquí (Al Iraqiya). Encabezado por el ex primer ministro Iyad Alaui (chií de tendencia laica), también se presenta como secular y nacionalista. Aglutina a importantes líderes suníes como el vicepresidente Tariq Hashimi y el viceprimer ministro Rafi Issaui. Uno de los socios de la coalición es el Frente Iraquí para el Diálogo Nacional, del suní Saleh al Mutlaq, cortejado por los estadounidenses, que promueve la separación entre el Estado y la mezquita. Emite en la misma longitud de onda que la Alianza Unida de Iraq y perdió a algunas figuras relevantes que fueron relacionadas con el partido Baas en la purga que precedió a la campaña electoral. Alaui, que fue compañero de Chalabi en el colegio de los jesuitas de Bagdad, mantiene buenas relaciones con EE UU, Europa y, sobre todo, Arabia Saudí.
  • Acuerdo Iraquí. Sucesor del Frente del Acuerdo Iraquí, es una coalición de las principales organizaciones suníes. Su programa puso el énfasis en el secularismo, pese a que su mayor componente es el Partido Islámico Iraquí, agrupación tradicional de los religiosos suníes. Su principal líder es Iyad al Samarrai, presidente de la Asamblea saliente.
  • Alianza Kurda. Está integrada, como en 2005, por los dos partidos tradicionales del Kurdistán iraquí: Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), dirigida por el presidente de la República, Jalal Talabani, y Partido Democrático del Kurdistán (PDK), de Masud Barzani. Los disidentes de la UPK formaron el Partido del Cambio, que concurrió por primera vez a las elecciones bajo la bandera de la lucha contra la corrupción y el caciquismo. Se espera que los kurdos formen un bloque único en la Asamblea, poniendo en práctica el viejo apotegma: “Nuestros únicos amigos son las montañas.”

Según se desprende del abigarrado panorama electoral y de la previsible configuración parlamentaria, el país está tan fragmentado como siempre y no existe una clara mayoría. Ninguna formación política ni ningún líder pueden alegar que representan a todas los grupos étnicos y religiosos. Las dos listas principales, las de Maliki y Alaui, son nacionalistas e interconfesionales, desbordan ampliamente en su composición las ambiciones personales de los jefes, pero la preponderancia en amabas de los chiíes resulta innegable. El triunfo de Maliki tendría una fuerte connotación religiosa, mientras que el de Alaui señalaría el avance del nacionalismo laico.

No obstante, muchos iraquíes, sobre todo, si son de confesión suní, acusan al gobierno de Maliki de la inseguridad persistente, de las frágiles estructuras socio-políticas y de la extendida corrupción. Los servicios públicos no funcionan satisfactoriamente, los miles de profesionales que abandonaron el país (médicos, ingenieros, profesores) no acaban de regresar y los ministerios son gestionados como reductos de las diversas banderías. Casi un millón de hombres visten el uniforme del ejército y la policía, que consumen el 20 % del presupuesto nacional.

Nostalgia de la dictadura

La nostalgia de la dictadura persiste, de forma muy aguda entre la minoría suní que disfrutaba de numerosas ventajas con Sadam Husein, y alcanza a todos los sectores que se consideran perjudicados por la guerra y la ocupación. Un reportero del Washington Post recogió la siguiente opinión en un mercado de Bagdad: “Si Iyad [Alaui] gana, se convertirá en un dictador. Si tenemos un hombre fuerte, no necesitamos la democracia. Un líder fuerte es mejor. La democracia no funcionará en Iraq.”

Ese sentimiento está muy extendido en el mundo árabe, la única región del planeta impermeable a la ola de liberalización y democratización que siguió a la caída del muro de Berlín (1989). Mientras la libertad y la democracia se extienden por doquier, los países árabes, sin excepción, siguen viviendo bajo regímenes autocráticos, dictaduras islámicas o laicas de fachada, que sofocan las libertades públicas y vulneran sistemáticamente los derechos humanos.

Analizando el fenómeno de la autocracia que prevalece, Rami G. Khouri, profesor de la Universidad Norteamericana de Beirut, escribe: “Las mayores víctimas de la ausencia de libertades democráticas son los jóvenes árabes de esta generación. Tienen a su alcance todos los instrumentos de la modernidad –educación, viajes, interconexiones electrónicas, urbanización, contacto con otras culturas –, que podrían ofrecerles un atrayente y productivo estilo de vida. Pero se hallan políticamente sometidos y económicamente atrasados.”

¿Acaso puede Iraq quebrar ese aparente maleficio? Aunque impuesta desde fuera por una invasión y una guerra que desembocaron en el caos y el terrorismo de Al Qaeda y sus secuaces, ¿puede la democracia liberal arraigar en el mismo centro del Próximo Oriente, en la primera república petrolera del mundo árabe? Nada es menos seguro, aunque sea muy deseable.

La situación general y el nivel de vida han mejorado notoriamente durante los últimos tres años, desde que el presidente Bush, a petición del general David Petraeus, envió más tropas y asumió una nueva estrategia con el objetivo de atraerse a la población suní que se sentía marginada y permanecía atascada en la violencia. Las calles son más seguras, la producción petrolífera se aproxima a los niveles prebélicos (2,5 millones de barriles por día) y la insurgencia nacionalista de los suníes se ha evaporado, pero la de Al Qaeda en Mesopotamia, aunque debilitada, aún es capaz de reclutar suicidas para organizar horribles carnicerías.

El balance es desastroso para EE UU –tan rápida victoria bélica como torpe y exasperante ocupación– y aterrador para Iraq. Según la estadística cerrada a finales de febrero, 4.380 militares estadounidense perdieron la vida y otros 70.000 resultaron heridos de diversa consideración. El coste total se dispara hasta los 709.000 millones de dólares, según los cálculos oficiales, pero otras proyecciones elevan la factura a más de un billón de dólares. El  cuerpo expedicionario, que a finales de octubre de 2007 alcanzó su máximo nivel con 170.000 hombres, cuenta ahora con 96.000.

Por el momento, nadie ha podido establecer con exactitud el número de iraquíes muertos como consecuencia de la guerra. Los cálculos provisionales son extremadamente dispares y sujetos a discusión. La agencia Associated Press (AP) y el Iraq Body Count coinciden en fijar en 110.000 las víctimas mortales derivadas del conflicto hasta diciembre de 2009, pero la revista británica Lancet, en un estudio de 2006, llegó a la conclusión de que el exceso de muertes violentas superaba las 600.000. Según una encuesta de 2006, la agencia británica Opinion Research Business fijó en 1.033.000 las muertes violentas a causa de la guerra y de la ocupación, una cifra sin duda exagerada pero que traduce las sombrías percepciones de los ciudadanos.

Según informes tan diversos y como fidedignos, un millón de iraquíes se encuentran exiliados, sobre todo, en Siria y Jordania, y otro millón y medio malviven desplazados dentro de Iraq. Pese al retroceso palpable de la insurgencia, los últimos cálculos indican que unos 300 civiles mueren mensualmente, exactamente el 10 % de los que morían en 2006-2007, cuando la violencia sectaria y terrorista llegó a su paroxismo.

Dos negociaciones cruciales

Luego del hito electoral del 7 de marzo, dos negociaciones difíciles aguardan en el horizonte inmediato. La primera tendrá como escenario el Parlamento surgido de las urnas, que debe elegir al presidente del Estado y al primer ministro. Además de los factores internos que mantienen al país fragmentado y en vilo, el Irán chií y la Arabia Saudí suní se disputan ferozmente la influencia sobre Bagdad y no tienen ningún interés en que el coraje de los votantes traiga como resultado un Iraq fuerte e independiente, capaz de competir en la extracción de petróleo o de convertirse en un modelo a seguir por otras autocracias de la región.

Si las fuerzas parlamentarias llegan con relativa celeridad a la formación de un nuevo gobierno que recoja las esperanzas depositadas en las urnas, la situación del país puede mejorar inmediatamente. Pero si las fricciones étnico-religiosas y la amenaza del separatismo kurdo se trasladan y se enconan en el Parlamento, será milagroso que el país no vuelve al caos, la violencia suicida y el intervencionismo exterior.

La otra negociación deberá mantenerse con EE UU, que mantiene a 96 soldados en el país, pero cuya influencia está en claro declive desde que el presidente Obama trasladó su atención a Afganistán, pese a las admoniciones de Henry Kissinger, ex secretario de Estado, y otros especialistas, que no se cansan de reprocharle que “los debates políticos sobre Iraq hayan desaparecido de Washington”. Kissinger argumenta que la antigua Mesopotamia sigue siendo el centro estratégico de la región que fue durante milenios y que su futuro inmediato no puede separarse del conflicto con la yijad (guerra santa) del islamismo. La retirada de tropas no alterará el desafío estratégico.

El presidente Bush, arquitecto de la guerra y del desastre, en uno de sus últimas decisiones, firmó un acuerdo de seguridad con los líderes iraquíes que fijó la evacuación militar inmediata de las grandes ciudades y la retirada total de las tropas norteamericanas para finales de 2011. Obama centró su campaña electoral en la repatriación completa del cuerpo expedicionario en un plazo máximo de 16 meses, pero cambió sus planes después de tomar posesión y acabó por aceptar la misma fecha establecida por Bush (diciembre de 2011), aunque anticipando a agosto de 2010 el repliegue de las tropas de combate.

Como consecuencia del desplazamiento de la atención hacia Afganistán, no se sabe muy bien cuál será la actitud de Obama. ¿Acaso sigue pensando el presidente que la guerra de Iraq fue la opción equivocada mientras que la de Afganistán es “la buena guerra”? Desde luego, no hay razones de peso para asumir tamaña simplificación. Como advierte el Washington Post, “la retórica de Obama se ha centrado más en el objetivo de una expeditiva retirada de las tropas que en la consolidación de la democracia iraquí, pero ésta es más importante para los intereses norteamericanos a largo plazo”.

Esos intereses son muy evidentes y se relacionan con cuestiones vitales: la producción de petróleo, la contención del islamismo radical, la amenaza nuclear iraní, la protección de Israel, las líneas de fractura que convulsionan todo el Oriente Próximo. Resultará inevitable que Obama reflexione sobre el comportamiento de EE UU y de los 50.000 soldados que seguirán en Iraq después de que en agosto próximo se complete la retirada de las unidades de combate. Porque Washington puede influir en la aparición de un gobierno mejor que opere en el sentido de la reconciliación, la libertad y el progreso.

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