Posteado por: M | 14 marzo 2010

Historias de la guerra fría

El primer libro sobre la guerra fría que leí y releí fue el de mi admirado André Fontaine, que llegó a ser director del diario Le Monde, del que conservo todas sus obras. El libro se tituló La guerre froide, fue editado por primera vez en 1965-1967 (Editorial Fayard), en dos volúmenes que abarcan desde la Revolución de Octubre (1917) hasta la crisis de las alianzas (1967). Hubo traducción española en Luis de Caralt editor (Barcelona, 1970). Fue una visión bien documentada y muy ponderada, no exenta de las inclinaciones neutralistas que durante tanto tiempo caracterizaron a la diplomacia francesa.

Fontaine completó la investigación, escrita casi a diario, al filo de los acontecimientos, mientras se entrevistaba con los principales protagonistas y redactaba excelentes comentarios periodísticos para Le Monde, hasta llegar a final del siglo XX, para dar cuenta, primero, de la distensión, e inmediatamente después, de la aceleración inaudita de la historia hasta la caída de la URSS. La serie concluyó con un epílogo fascinante: Après eux le deluge, de Kaboul à Sarajevo, publicado en 1995 por la editorial La Martinière.

Ahora, los periodistas e historiadores anglosajones se muestran menos ambiciosos y tratan de empaquetar los estudios sobre la guerra fría en sus límites más estrechos: del puente aéreo para proteger la libertad de los berlineses en 1947 a la desintegración de la URSS en diciembre de 1991. Poco menos de medio siglo de historia, con sus dos momentos paroxísticos; la guerra de Corea (1950-1953), finiquitada tras la muerte de Stalin, y la crisis de los misiles en Cuba (octubre de 1962).

El ruso Guennadi Guerasimov, que fue portavoz del presidente soviético Mijail Gorbachov, se refirió a la guerra fría como el período “De Yalta a Malta”, desde la conferencia de los Tres Grandes (Roosevelt, Stalin y Churchill), en febrero de 1945, para organizar la paz en Europa, a la que mantuvieron Gorbachov y el presidente George Bush (padre) en La Valeta (Malta), el 1 de diciembre de 1989, de la que fui testigo periodístico, menos de un mes después de la caída del muro de Berlín.

Dentro de sus colecciones dedicadas a la historia por la famosa universidad británica que le da nombre, The Cambridge History of the Cold War, editada por Melvyn P. Leffler y Odd Arne Westad (Cambridge University Press, 2009) ofrece “un exhaustivo, sistemático y analítico estudio del conflicto” mediante el procedimiento de reunir los artículos académicos (75 autores) en los tres volúmenes que versan sobre los más diversos temas, desde la demografía al consumo y la tecnología, la cultura y la raza, la carrera armamentística y la diplomacia, para explicar cómo las personas a uno y otro lado del telón de acero se sintieron afectadas por la tensión extrema entre los dos bloques. Algo así como una historia total, ambiciosa, que sin duda marcará un hito en la bibliografía sobre el período, con el inconveniente lógico de la disparidad de pareceres, las reiteraciones inevitables y a veces la dispersión del esfuerzo.

La primera sorpresa es que Westad, en el ensayo liminar, atribuye a George Orwell la invención del término guerra fría en un ensayo de 1945 sobre el significado de la explosión de la bomba atómica. Hasta ahora se disputaban la paternidad dos periodistas norteamericanos, el gran Walter Lippmann y Herbert Bayard Swope, el primero por ser el autor de un libro precisamente titulado The Cold War (1947), y el segundo como amanuense del discurso de Bernard Baruch (1946), famoso financiero, en el que por primera vez se anunció que vivíamos en un aciago período de guerra fría.

La colección de la universidad de Cambridge, aunque sólo sea por su extensión, desborda y sobre todo completa la excelente síntesis del profesor estadounidense John Lewis Gaddis, de la universidad de Yale (EE UU), que hasta ahora estaba considerado como el más célebre historiador de la guerra fría. Su obra mereció afortunadamente una traducción al español: John Lewis Gaddis, La guerra fría, Editorial RBA, Barcelona, 2008 (la edición norteamericana es de 2005).

En general, los historiadores occidentales de la guerra fría adjudicaron al tirano Stalin y al perverso sistema soviético el impulso primordial para desencadenar el acontecimiento. Gaddis se mostró un tanto revisionista, al indicar que ambas superpotencias actuaron racionalmente después de la conflagración mundial para proteger sus intereses y un modo de vida que reputaban moralmente superior, una vez que la batalla militar directa se hizo impensable como consecuencia del arma nuclear y la aniquilación mutua asegurada. La distensión, el acomodo, incluida la apertura a China por el tándem Nixon-Kissinger (1972), merecen un juicio harto matizado de los historiadores británicos, que aluden a los millones de personas que quedaron sin esperanza bajo los regímenes comunistas.

El revisionismo se atemperó tras el hundimiento de la URSS, hasta llegar a la conclusión de que las ideas acabaron por triunfar, las ideas que sirvieron para consolidar las democracias liberales y la economía de mercado, que impulsaron el progreso frente al estancamiento que se produjo en el bloque soviético y que culminó con la prolongada jefatura de Leonid Brezhnev (1964-1982). La prosperidad occidental derrotó a las penurias soviéticas. La colección de Cambridge incluye los estudios pertinentes sobre las figuras que aceleraron el proceso histórico: Ronald Reagan, el papa Juan Pablo II, el sindicalista polaco Lech Walesa y, sobre todo, Mijail Gorbachov, quien, en contra de sus propias previsiones, demostró que el comunismo no podía reformarse.

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