Posteado por: M | 19 marzo 2010

La filípica de la cancillera y los fantasmas del pasado

Las crisis concordantes de Grecia y el euro están estancadas, sin solución previsible a corto plazo, mientras los socios del Eurogrupo y de la Unión Europea (UE) mantienen y pregonan sus discrepancias sobre las modalidades de la ayuda o el plan de austeridad, en un clima sofocante y bajo la mirada atenta de los especuladores. En sus últimas y solemnes declaraciones ante el Bundestag, el 17 de marzo, la cancillera Angela Merkel clamó airada contra los países pródigos del sur de Europa, España entre ellos, y amenazó con expulsarlos de la eurozona si no cumplen con sus deberes y persisten en el engaño.

La filípica de la cancillera, en la que resuenan los ecos de viejas disputas geoestratégicas aparentemente enterradas, también debe interpretarse en conexión con la nostalgia por el marco que crece impetuosamente en Alemania. “Una manifestación de solidaridad rápida [hacia Grecia] no puede ser la buena respuesta –insistió Merkel ante los diputados–, pues es necesario atacar el problema en sus raíces (…) No es conveniente aportar una ayuda prematura, sino poner orden en todo esto, pues de otra manera sería fatal (…) El euro se enfrenta a su más peliagudo desafío.”

En otra demostración clamorosa de su inoperancia, los 16 ministros de Economía de los países que integran la eurozona (Eurogrupo) acordaron un plan para salvar a Grecia, en caso de que fuera necesario, pero no lo hicieron público, para no dar pistas a los especuladores, y porque esperan no aplicarlo. La prensa alemana, sin duda replicando las inquietudes del gobierno de Berlín, advertía de que ese plan puede significar el derrumbe de los cimientos del tratado de Maastricht y del pacto de estabilidad (control del déficit, la deuda y la inflación) concebidos y aceptados por todos los socios para proteger la moneda común, en los que una cláusula prohíbe acudir en ayuda de un país en riesgo de bancarrota.

En efecto, el artículo 125 del tratado de Lisboa, que recoge el 103 del tratado de Maastricht, dispone: “Un Estado miembro no responde de los compromisos de otro Estado miembro, ni se hace cargo de ellos.” Esto quiere decir que ningún Estado puede pagar las deudas de otro. Como recuerda el semanario Der Spiegel, Alemania sacrificó el poderoso marco en el altar de las bellas promesas europeas: una moneda estable, el equilibrio presupuestario y los avances hacia una unión política, pero, al final, “el euro se construyó sobre un montón de mentiras y la unión monetaria es en la actualidad una comunidad de deudores”. De la unión política, ni se habla.

Una retórica tan radical se repite en toda la prensa alemana. El diario Süddeutsche Zeitung, de Múnich, aunque situado en el centro-izquierda, se mostró contundente: “Alemania debe impedir que la unión monetaria europea se convierta en una sociedad para la transferencia [de riqueza] desde los países que ahorran con destino a los que gastan demasiado y prosiguen una errónea política fiscal.” Aviso para navegantes: los despilfarradores e irresponsables, los que viven por encima de sus posibilidades, los perezosos meridionales, no pueden vivir a costa de los que trabajan y ahorran. El euro no puede ser una excusa o un refugio para los países o los gobernantes que no trabajan duro y que no saben o son incapaces de hacer las cuentas.

La posición alemana es jurídicamente irreprochable, pues el tratado institucional europeo prohíbe expresamente el salvamento financiero de cualquier país de la zona euro. Además de que el premio o la condescendencia con los malos alumnos resultan moralmente reprobables, como señalé en un artículo anterior (Grecia y el peligroso ejemplo de premiar a los malos alumnos), los alemanes tienen una especial sensibilidad hacia la inflación, que les recuerda lo peor de su pasado; veneran la ortodoxia financiera que garantiza la estabilidad de la divisa y no desean pagar la prodigalidad de los griegos o de otros derrochadores ahora que ellos están sometidos a un estricto plan de austeridad.

La locomotora franco-germana que debe arrastrar el tren de la problemática unidad europea se encuentra, una vez más, averiada o sin energía. Las palabras de la cancillera Merkel contra un rescate financiero que reputa abusivo y contraproducente estaban también dirigidas indirectamente contra Nicolas Sarkozy, que aprovechó la visita a París del primer ministro griego, Giorgios Papandreu, para presentarse como el campeón de la solidaridad, sobre todo, si la pagan los otros.

El debate dentro de la UE se encona sobre un falso dilema. Detrás de Francia, algunos países endeudados y con elevados déficits, como España, plantean la disyuntiva de salvar a Grecia y al euro de las garras de los especuladores, cueste lo que cueste, o permitir que sucumban nueve años después de la circulación fiduciaria de la moneda única. Alemania y otros tildan de falaz ese argumento porque los denostados especuladores no esperan otra cosa sino que la eurozona vulnere las reglas que se dio a sí misma y que fundamentan el éxito del euro. Sin unas normas muy estrictas, abriendo la puerta a la jungla financiera, los que están al acecho pronto se llenarían los bolsillos. La solidaridad sólo puede ejercerse si antes se respetan las reglas.

Alemania no puede hacerse cómplice de esa infracción del derecho comunitario porque, como apostilla el influyente Frankfurter Allgemaine Zeitung, “los países europeos caerían uno detrás de otro, como en un juego de dominó que ni siquiera los más ricos podrían detener”. Eso es lo que esperan los especuladores del gran capital anglosajón, reticentes ante el euro desde su creación precisamente por instaurar una zona de estabilidad, al abrigo de las borrascas monetarias. Es decir, que Grecia debe salvarse por sí misma, y si no fuera posible, recurrir al Fondo Monetario Internacional (FMI), especialista en imponer condiciones draconianas a los países en apuros.

No es seguro que los jefes de Estado y de gobierno de la UE, en la cumbre que deben celebrar en Bruselas los días 24 y 25 de marzo, dedicada a las cuestiones financieras, alcancen un fácil entendimiento. Alemania insistirá en el rigor presupuestario para fortalecer el euro, pues considera que el crecimiento y la reducción del desempleo sólo llegarán cuando los países endeudados pongan en orden sus finanzas y recorten drásticamente el gasto público, para cumplir con los criterios de Maastricht. Francia, por el contrario, criticará “el culto de la austeridad” susceptible de generar un choque deflacionario en Grecia, Portugal, España y quizá Italia, que socavaría la recuperación global de la economía europea.

Los alemanes insisten sobre la deuda y el déficit, pues creen que Portugal, Irlanda, Grecia y España (los PIGS, acrónimo de sus iniciales en inglés, que forman una palabra que significa cerdos) no respetan las normas de la unión monetaria, gastan más de lo que ingresan y carecen del coraje político necesario para unas reformas que comportarían sacrificios dolorosos. El gobierno de Berlín sabe que esa situación en el sur de Europa irrita profundamente a sus ciudadanos. “Los sueldos suben aceleradamente, la productividad está estancada y los gobiernos siguen gastando sin medida, mientras los alemanes hacen lo contrario”, lamenta Thomas Klau, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. ¿Cómo corregir esa situación endémica?

No debe olvidarse, sin embargo, que una de las causas de la situación estriba en que tanto Alemania como Francia fueron poco cuidadosas en sus deberes como cancerberos del euro, primero vulnerando las normas y después creando un clima propicio al gasto desmedido. Los bancos europeos compraron bonos griegos al 5 % en un momento en que el Banco Central Europeo ofrecía euros al 1 % de interés. Negocio redondo, aunque entrañaba una peligrosa licencia para imprimir más billetes. Los bancos franceses atesoran el doble de bonos griegos que los alemanes, lo que también influye en las discrepancias entre Berlín y París.

La convergencia económica no ha funcionado adecuadamente. La zona euro está enredado en el mismo problema de hace un decenio: como mantener una moneda única fuerte entre países con políticas fiscales tan dispares y estrategias económicas contradictorias. Salvo en períodos de bonanza y de negocios fáciles, no puede mantenerse una situación en la que unos ahorran y otros gastan.

El embrollo sería menos inquietante si la integración política hubiera progresado, pero no ocurrió así, sino todo lo contrario: la cohesión del grupo se vio gravemente disminuida como consecuencia de la impremeditada y masiva ampliación de 2004 con los países de Europa central y oriental. La historia de un éxito que extendía sus fronteras de Tallin a Lisboa y del Vístula al Atlántico, pero a costa de la integración y quizá de resucitar algunos fantasmas del pasado.

La acelerada mutación reavivó en muchos espíritus el inveterado problema alemán, el de un gigante económico en el centro de una Europa desgarrada por tensiones contradictorias. Desde la época de Bismarck, Alemania se ha debatido entre la unidad europea y la tentación hegemónica en la Mitteleuropa y la ulterior marcha hacia el este (Drag nash Osten). El problema sigue ahí, aunque estamos más tranquilos porque el pacifismo ha sustituido al militarismo, y el euro, al marco. Lógicamente, si la unidad política europea no avanza, asistiremos a un proceso ineluctable de germanización del continente, quizá comenzando por Grecia, hasta convertirlo en una especie de confederación casi desmilitarizada dirigida financieramente desde Berlín o Fráncfort. La fuerza militar seguirá en manos de EE UU y Rusia exigirá una zona de influencia que aumente su espacio estratégico.

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Responses

  1. Un interesante trabajo trasmisor de un nuevo en foque al complejo problema que significan las diferencias económicas dentro de la zona euro.
    Quizás con el paso del tiempo surjan aclaraciones que exculpen parcialmente a Grecia y a otros países del grupo PIGS,por la situación creada y den paso a consideraciones donde la disciplina el racionalismo y la “tacañeria”germana,también se vean implicados como culpables de lo que ocurre.
    La verdad es que siempre cabe preguntarse como un país con una producción industrial a tope y una floreciente economía representada por un robusto D-Mark, se convirtió en primer propulsor de la creación de moneda común europea.

  2. Van a hacer algo en Bruselas al respecto o van a seguir mareando la perdiz?Acaso esperan que lo arregle la presidencia española de la UE…?
    Por cierto creo que los bancos alemanes y franceses son los que más deuda pública griega han comprado…es cierto?.


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