Posteado por: M | 25 marzo 2010

El poder de Obama ante la prueba de Israel

Por primera vez en muchos años, el partido de la paz en Israel, que había entrado en un prolongado letargo, parece levantar la cabeza en el mismo momento en que el primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, y su política anexionista provocan graves controversias con dos de los principales aliados: el protector norteamericano y el fiel escudero británico. El primero mantiene la presión contra las colonias en Cisjordania y Jerusalén este y el segundo expulsó a un diplomático-espía del Mossad de la embajada de Londres, acusando implícitamente al gobierno israelí de una conspiración terrorista en la que se utilizaron pasaportes británicos para el asesinato de un líder de Hamás en Dubái. La aparente soledad diplomática de Israel es un mal augurio y estrecha el margen de maniobra de EE UU.

La  visita de Netanyahu a Washington, donde pronunció un discurso ante el American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), el principal lobby judío, culminó en la Casa Blanca, donde fue recibido por Obama, pero resultó infructuosa, si hemos de creer en las impresiones de la prensa norteamericana e israelí. Lejos rectificar o matizar sus palabras, el líder israelí compareció sin complejos en Washington, arrogante, seguro de estar en un terreno acogedor, y no retrocedió un ápice en sus polémicas posiciones. Reiteró que proseguirá la expansión de las construcciones en Jerusalén oriental, porque construir allí es “como hacerlo en Tel Aviv”, e incluso retrocedió 3.000 años para defender por motivos religiosos los supuestos derechos del pueblo de Israel.

La respuesta correspondió a la secretaria de Estado, Hillary Clinton, que llegó a calificar la actuación del gobierno israelí de “ultrajante” para los esfuerzos mediadores de Washington, y en su discurso ante el AIPAC, no ocultó que “las nuevas construcciones en Jerusalén este y Cisjordania afectan a la confianza mutua y ponen en peligro la negociación indirecta [con EE UU como intermediario], primera etapa hacia verdaderas conversaciones [de paz]”. No obstante, Clinton endulzó su discurso con el ritual de siempre: el compromiso inquebrantable de EE UU hacia Israel, que incluso en estos momentos es “eterno y sólido como una roca”.

Algunas precisiones sobre el AIPAC permiten hacerse una idea de la enrevesada tarea del presidente Obama en sus relaciones con los judíos norteamericanos, algunos de los cuales forman parte de su círculo íntimo y uno de ellos ejerce como secretario general de la Casa Blanca. El AIPAC es un lobby acreditado ante el Congreso norteamericano, abiertamente favorable a las posiciones del partido de Netanyahu (el derechista y nacionalista Likud), que declara tener unos 100.000 socios y cuyo objetivo es fortalecer las relaciones entre EE UU e Israel. Otra organización estadounidense pro israelí, denominada J Street, se define como pacifista, pero es muy minoritaria.

La poderosa comunidad judía en EE UU está integrada por unos seis millones de ciudadanos, la segunda más numerosa del mundo después de la de Israel. Según cálculos fidedignos, el 78 % de los judíos contribuyó generosamente a la campaña electoral y votó por Obama en las elecciones de noviembre de 2008, siguiendo la tradición que adjudica al Partido Demócrata el sufragio y los donativos de las minorías. Dos tercios de los senadores estadounidenses, casi todos los vinculados a cuestiones estratégicas, asistieron a la cena de gala ofrecida por el AIPAC, cuyo actual presidente, Lee Rosenberg, reside en Chicago y fue uno de los más destacados financieros de la campaña de Obama.

La entrevista de Obama con Netanyahu  el 23 de marzo –la cuarta en un año— es la segunda que se celebra sin fotos y sin conferencia de prensa conjunta, un protocolo degradado que es signo inequívoco de las tensiones, los agravios y hasta la desconfianza. Las reconocidas simpatías de Netanyahu (crecido y educado en Pensilvania) por el Partido Republicano tampoco favorecen las relaciones con la Administración demócrata. El primer ministro israelí, a su vez, se muestra receloso y sospecha que los demócratas pretenden provocar la caída de su gobierno, el más derechista desde la fundación del Estado hebreo.

La irritación de la Casa Blanca se hizo patente cuando, al referirse a la afirmación del primer ministro israelí sobre la construcción de viviendas en Jerusalén oriental como en Tel Aviv, un portavoz oficial puntualizó: “Estamos en desacuerdo.” El mismo día, nueva provocación para Washington: la municipalidad jerosolimitana autorizó una nueva construcción de viviendas en un barrio densamente poblado por palestinos. David Axelrod, judío y principal consejero de Obama, se mostró más radical en su condena de las nuevas construcciones: “Se trata de una afrenta, de un insulto, y lo que es más importante, debilita los frágiles esfuerzos para llevar la paz a la región.”

Las tensiones entre Washington y el gobierno de Netanyahu están provocando una inesperada repercusión en el frente interior israelí, probablemente el más importante si la situación debe evolucionar hacia un problemático entendimiento sobre la premisa de “paz por territorios” acordada en 1993. La novedad relevante consiste en “un grave deterioro del consenso nacional sobre Jerusalén”, según las palabras que emplea un colaborador del diario Haaretz, el más prestigioso de cuantos se publican en Israel.

Desde que el Parlamento israelí aprobó en 1980 una ley para proclamar que Jerusalén es “la capital eterna e indivisible” del Estado, la inmensa mayoría de los israelíes y todos los partidos políticos coincidían en que la conquista de la parte oriental de la ciudad en la guerra de junio de 1967 era irreversible. Esa proclamación nunca fue reconocida por la comunidad internacional, representada por la ONU, que rechaza la conquista militar de territorios y considera ilegales las colonias en los territorios palestinos. Además, la resolución de la ONU de 1947 que creó dos Estados (palestino y judío) previó un gobierno internacional para la ciudad tres veces santa.

Las últimas encuestas de opinión, que en Israel suelen ser bastante fiables, han producido hallazgos que Haaretz considera “asombrosos”. El 41 % de los encuestados respondió que Israel debe detener las construcciones de Jerusalén oriental hasta el final de las negociaciones con los palestinos y el 48 % se mostró favorable a que las construcciones prosigan en todos los sectores de la capital. Otro sondeo asegura que el 46 % de los interrogados está a favor de paralizar las nuevas urbanizaciones.

El consenso sobre Jerusalén, simbólico crisol de todos los problemas, no puede esfumarse como por ensalmo en un Israel fuertemente militarizado y con una buena conciencia a prueba de crisis, pero sí resquebrajarse. El cronista del citado periódico considera que el cambio de opinión y la ruptura son “el fruto maduro de las actividades de las organizaciones de extrema derecha en Jerusalén”. Según parece, la opinión judía empieza a distinguir entre el Jerusalén histórico que le parece irrenunciable y los suburbios árabes que nunca formaron parte de la ciudad y que se han convertido en la nueva frontera de unos colonos provocadores, de extrema derecha y metralleta al cinto.

Sería prematuro sacar conclusiones sobre esas encuestas realizadas en unos momentos dominados por la controversia con Washington y las dificultades diplomáticas que refleja la expulsión de Londres. Puede asegurarse, no obstante, que ningún gobierno israelí cederá sobre Jerusalén y otros temas espinosos –colonias en Cisjordania, fronteras, refugiados— si no se produce previamente un cambio sustancial en la opinión pública que promueva el entendimiento con el vecino inevitable. Y para ello es necesario que permanezca bajo rígido control el terrorismo que tanto alimenta la paranoia israelí.

Los palestinos, al exigir el fin de la colonización como requisito para entablar negociaciones, simplemente recuerdan que el número de colonos en Jerusalén este (250.000) y Cisjordania (350.000) se ha doblado desde que en septiembre de 1993 el primer ministro israelí, Isaac Rabin, y el líder de los palestinos, Yaser Arafat, firmaron en la Casa Blanca, ante el presidente Bill Clinton, los acuerdos de Oslo que consagraron la opción de “paz por territorios” y de los que surgió la precaria autonomía en Cisjordania y Gaza, pero no en Jerusalén oriental.

La negociación se reputa inviable si persiste la situación sobre el terreno y Netanyahu insiste en exhibir su intransigencia ideológica y mesiánica en Jerusalén este, olvidando que los judíos no tienen legitimidad histórica que esgrimir ante los gentiles, no sólo por el rechazo de la comunidad internacional, sino porque un derecho no puede fundarse en una ocupación que cesó después del año 70 de nuestra era y no se reanudó hasta 1967. Al ser conquistada por las tropas israelíes, la parte oriental de Jerusalén estaba bajo la soberanía de facto de Jordania, a la espera de que pudiera establecerse la administración internacional preconizada por la ONU.

El ministro británico de Exteriores, David Miliband, al anunciar en los Comunes la expulsión del diplomático y agente del Mosad, pronunció una declaración sin precedentes por su dureza en las relaciones entre dos países amigos. Si los pasaportes británicos fueron falsificados y utilizados por los servicios del Mossad, como dio a entender Miliband, la inferencia resulta nítida: la responsabilidad inesquivable del gobierno israelí en el asesinato de Mahmud al Mabhoud, jefe militar de Hamás, en Dubái. “El mal uso de esos pasaportes es intolerable”, declaró el ministro británico, y el hecho de que el incidente se haya producido con un país aliado y amigo “no hace sino agravar las cosas”.

No se sabe hasta dónde puede llegar la guerra de palabras entre Obama y Netanyahu por personas interpuestas. La última vez que los norteamericanos torcieron la mano de su aliado fue cuando el presidente Bush (padre) y su secretario de Estado, James Baker, forzaron al primer ministro israelí, Yitzhak Shamir, a acudir a la conferencia internacional de Madrid (octubre de 1991), junto con los países árabes y la Organización para la Liberación de palestina (OLP).  La cumbre abrió el camino para una negociación bilateral (Israel-OLP) que culminó con los acuerdos de Oslo. Bush y Baker congelaron un importante préstamo bancario que, una vez desbloqueado, permitió a Israel sufragar la acogida de casi un millón de judíos soviéticos, última gran oleada migratoria.

Detrás del asunto muy sensible de la colonización en Jerusalén se vislumbran la situación real de los palestinos, entre el oprobio y la miseria, que Obama consideró “intolerable” en su discurso de El Cairo (mayo de 2009), y unos desafíos estratégicos que ponen a prueba el poder de EE UU en la región y que los halcones israelíes reputan declinante porque excluye, por el momento, la opción militar contra las instalaciones nucleares iraníes. También se encuentra en la picota el sistema político israelí, cuyo fraccionamiento parlamentario permite que pequeños partidos extremistas sean decisivos para el mantenimiento del gobierno, como ocurre actualmente.

La crisis entre Washington y su más firme aliado en la región está estrechamente relacionada con los equilibrios geoestratégicos de la región y, sobre todo, con la alarma que causa en Israel el programa nuclear de Irán, o los misiles que puedan obtener Hamás e Hizbolá, susceptibles de menoscabar la superioridad estratégica. No menos alarma causaron entre los israelíes las declaraciones del general David Petraeus, jefe del Comando Central, que declaró en el Congreso: “El conflicto [palestino-israelí] fomenta un sentimiento antiamericano debido a la percepción del favoritismo de EE UU hacia Israel”, una sibilina sugerencia de que el estancamiento pone en peligro la vida de los soldados estadounidenses.

Los intereses estratégicos de EE UU e Israel son complementarios, pero no siempre coincidentes. La Administración de Obama, comprometida en Afganistán e Irak, vigilante del petróleo de Arabia Saudí, se inclina por una estrategia de contención, típica de la guerra fría, que implica parlamentar con el adversario y encauzar las disputas. La experiencia con Irán no es muy alentadora y la desafiante actitud de Netanyahu constituye una prueba para el poder de Obama en una región que resulta clave para pronosticar el futuro del imperio.

Israel ha dejado de ser exclusivamente un peón del poder norteamericano para convertirse en la potencia hegemónica de la región, dotada del arma nuclear y con el ejército más poderoso, que hace valer sus puntos de vista con los argumentos ideológicos de la supervivencia y los derechos históricos. Deberán buscar un acomodo que preserve a la potencia norteamericana del escarnio de Irán, de la desesperación de los palestinos o del agravio de los países árabes.

Algo improbable por ahora porque Netanyahu ha enterrado su pragmatismo y su laicismo para embarcarse en una disputa que no sólo entorpece la negociación con los palestinos, sino que pone a prueba la credibilidad de Obama y socava el crédito del poder norteamericano. Si Israel empieza a causar problemas a EE UU en una región tan conflictiva, las consecuencias serán peligrosas para todos los interesados.

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Responses

  1. Israel actua siempre consciente de que haga lo que haga gozará siempre del apoyo norteamericano y europeo.Los conflictos que su actuación, de verdadero menosprecio a los acuerdos internacioanles y a las resoluciones de la ONU, saben perfectamente que serán siempre gruñidos que se extinguirán en poco tiempo.Una cosa no pueden ganar con su aptitud: la paz, así es que en el pecado llevan la penitencia.


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