Posteado por: M | 5 abril 2010

Rusia ante el desafío islámico en el Cáucaso

Los dos atentados en el metro de Moscú el 29 de marzo, que causaron 39 muertos y más de 100 heridos, los más mortíferos en la capital rusa desde 2004, recordaron a los moscovitas que la guerra en las repúblicas del norte del Cáucaso puede trasladarse a sus hogares y que la enérgica y discutida política de mano dura del tándem Medvedev-Putin no ha dado los resultados que se esperaban. Y mientras los rusos sufrían la crueldad y el pánico de los ataques suicidas, la prensa occidental, con pocas excepciones, desplegaba sus titulares y sus análisis con la pretensión de aleccionar a los líderes del Kremlin sobre cómo tienen que librar la guerra o cómo tienen que tratar a sus terroristas.

Luego de dos guerras abiertas en Chechenia (1994-1996 y 2000-2004) y la muerte de unos 15.000 chechenos, la espiral de la violencia en el Cáucaso no se detiene, pese a que las operaciones militares cesaron oficialmente en 2007. Chechenia es una república autónoma sometida a una doble férula: la ley islámica y la mano de hierro de Ramzan Kadirov, considerado por sus adversarios como el títere del Kremlin, que ha conseguido expulsar a la insurgencia hacia las repúblicas limítrofes.

El primer ministro ruso, Vladimir Putin, prometió “liquidar a los terroristas hasta en los albañales”, pero la crudeza de sus palabras no se vio acompañada por el éxito. Apenas 48 horas después de la matanza de Moscú, otro doble atentado suicida con bombas mató al menos a 13 personas en la localidad de Kizliar, en la república de Daguestán, fronteriza con Chechenia, que cuenta con 2,5 millones de habitantes de múltiples etnias. Una de las víctimas era el jefe de la policía.

Desde el fin de la URSS (1991), la violencia es endémica en toda la región, donde los terroristas islámicos practican la yijad o guerra santa y pretenden organizar un emirato en el norte del Cáucaso, sometido a la sharia (ley coránica). Las terribles consecuencias de las guerras de Chechenia están a la vista, pero sus orígenes, sus promotores y sus banqueros permanecen en una calculada penumbra. La autonomía de esas repúblicas es una farsa y los terroristas son tan crueles y fanáticos que no vacilan en organizar un batallón de viudas para sacrificar a dos de ellas, de 20 y 17 años, en el metro de Moscú, según la información de las autoridades rusas.

Desde que aparecieron en el Cáucaso hace 20 años, los terroristas islámicos, chechenos y de otras nacionalidades, colocaron bombas en casas de vecinos, en los mercados, en los vagones del metro; asaltaron escuelas como en Beslan o se dedican a la extorsión y el secuestro, además de al tráfico de drogas. La situación es caótica en toda la región, pues a los estragos del terrorismo hay que añadir la represión y la corrupción de las fuerzas especiales rusas o la acción de ejércitos privados de los gobernadores colocados por el Kremlin. Los testigos valerosos y molestos, junto con los periodistas, han desaparecido de grado o por la fuerza.

Ahora, los terroristas apuntan de nuevo con osadía al corazón de la capital rusa después de casi seis años de repliegue. El atentado más sangriento en Moscú fue cometido también en el metro, el 6 de febrero de 2004, con el resultado de 40 muertos. En el mismo metro, en agosto de 2004, el estallido de una bomba mató a nueve personas, y en el pasado noviembre, otro potente explosivo colocado en el Expreso Nevski, que cubre el trayecto ferroviario Moscú-San Petersburgo, causó la muerte a 26 personas y heridas a más de 100.

El líder de los islamistas chechenos, Doku Umarov, emir autoproclamado, que en febrero último amenazó con extender el terrorismo a las ciudades rusas, se responsabilizó de los atentados en el metro de Moscú y acusó a los ciudadanos rusos de “observar con indiferencia la guerra del Cáucaso en sus televisiones”. El emirato pancaucásico, además de Chechenia y Daguestán, abarcaría las repúblicas autónomas de Ingusetia, Kabardino-Balkaria y Osetia del Norte, todas ellas multiétnicas, aunque de mayoría musulmana, integradas en la Federación Rusa y situadas en las estribaciones septentrionales del Cáucaso, lindantes con el mar Caspio. Al flagelo terrorista se añade el desafío estratégico, así como la amenaza de una guerra civil generalizada en la región.

Los grupos europeos y norteamericanos defensores de los derechos humanos, algunos gobiernos y los medios de comunicación hostiles al régimen de Putin-Medvedev, insisten en denunciar los métodos brutales del ejército y la policía rusos, que son innegables, pero que no está comprobado que den ánimos a la revuelta. Son los mismos sectores que abogan por una estrategia de desarrollo y modernización que no pudo llevarse a cabo en 70 años de socialismo real y ateísmo militante. ¿Cómo manejaban la cuestión islámica los procónsules del partido comunista (PCUS) en esas regiones? Quizá de manera semejante a como domesticaban al nacionalismo en los Estados bálticos o en Ucrania.

Los que critican al Kremlin desde la distancia, sin reparar en el dolor y la indignación de los rusos, dan la impresión de que asumen la prédica de los extremistas. Ningún gobierno occidental ha descubierto un método infalible para combatir el terrorismo islamista, ni para responder a esa guerra no por subrogada menos sangrienta. ¿Cómo se rasgan las vestiduras con la actitud de Putin los periódicos que asistieron sin rechistar a las medidas bélicas y las restricciones que siguieron a los atentados del 11-S contra las Torres Gemelas? Los protocolos draconianos en los aeropuertos de Europa y EE UU están en vigor e incluso se han recrudecido.

Menos comprensible resulta, sin embargo, el que Putin no tenga escrúpulos en replicar a sus críticos con una visita al patio trasero de EE UU y entrevistarse con Hugo Chávez, el caudillo venezolano enloquecido por el señuelo del arma nuclear. Para un hombre tan curtido en las cuestiones de seguridad, que fue agente del KGB y jefe del organismo que le sucedió, las declaraciones en Caracas alegando que no existen pruebas de que Chávez proteja a las FARC o ETA resultan chocantes e hirientes para las víctimas.

Para los más apaciguadores, la derrota de la guerrilla islamista no se logrará por medio de la represión sino del desarrollo, la erradicación de la pobreza y el combate inequívoco contra la corrupción. Bellas palabras que vuelven a insistir en “las causas del conflicto” y ofrecen la visión balsámica de un terrorismo islámico provocado por las iniquidades pasadas y presentes, pero supuestamente dispuesto a convertirse a la democracia. Suposición ilusoria, por supuesto. Las especulaciones y profecías sobre la vidriosa cuestión de las causas del terrorismo y los métodos para su derrota están tan llenas de mala literatura y de hipocresía moral como de fracasos dolorosos, además de carentes de propuestas que tengan en cuenta la obligación primera de todo gobernante: proteger a los ciudadanos de los actos de una criminalidad insidiosa.

El terrorismo islámico no es producto del subdesarrollo económico, sino del fanatismo religioso y antioccidental de unas élites más o menos opulentas, en todo caso con los bolsillos repletos de dólares, que organizan una nebulosa de grupos apenas cohesionada por la utopía de un califato universal regido por la sharia. El asesinato múltiple como arma política no puede explicarse y mucho menos justificarse por la situación social de sus autores o por la evolución de los países musulmanes, donde la religión y la política se confunden en una amalgama retrógrada. En cualquier caso, la responsabilidad moral no se modifica ni se atenúa globalmente por las circunstancias ni éstas pueden servir de coartada para una perversión exculpatoria.

Las declaraciones y las actuaciones del terrorista chechenio Doku Umarov, organizador del batallón femenino suicida, teóricamente inspirado por la prédica de Al Qaeda, disipan cualquier duda sobre sus objetivos de llevar la guerra a las ciudades rusas, de manera que la rebelión en el Cáucaso se inscriben en una más amplia insurgencia islámica que amenaza la seguridad de Rusia y de su tradicional zona de influencia. Voluntarios de varios países árabes e incluso turcos están enrolados en los grupos guerrilleros que actúan en el Cáucaso. Una situación que explica la rápida intervención del Kremlin contra Georgia en agosto de 2008 y la independencia bajo protectorado ruso de las regiones georgianas de Osetia del Sur y Abjasia, ambas limítrofes con las republicas de mayoría mahometana.

Luego de haber visto reducida drásticamente su profundidad estratégica en Europa con la independencia de las repúblicas bálticas y Ucrania, un retroceso en el Cáucaso amenazaría todas sus posiciones en el Caspio y Asia central. Resulta evidente que el régimen de Putin no firmará el acta de defunción de la empresa restauradora que le otorga su legitimidad ante el pueblo ruso, cualesquiera que sean los consejos europeos y norteamericanos.

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