Posteado por: M | 8 abril 2010

En Praga, Obama y Medvedev desafían a la historia

La firma de un tratado de reducción y control de las armas nucleares por EE UU y Rusia, que en la época de la guerra fría y la disuasión hubiera señalado un hito de las relaciones internacionales, no ha suscitado excesivo interés, pero el encuentro en Praga de los presidentes norteamericano y ruso, Barack Obama y Dmitri Medvedev, confirma que la cosmovisión del primero se globaliza y aleja ostensiblemente de las ideas dominantes en la Europa occidental y atlántica, al mismo tiempo que aviva las inquietudes de la Europa central y oriental ante cualquier éxito diplomático, por pacífico que parezca, de los dirigentes del Kremlin.

“El primer presidente del Pacífico”, como Obama se autodefine, está más distante de la vieja Europa que cualquiera de sus predecesores, según acaba de comprobar en Washington el francés Nicolas Sarkozy, tratado con una distancia rayana en el desdén que ni siquiera pudo mitigar la presencia de Carla Bruni y la cena en el comedor familiar de las dos parejas presidenciales. La frialdad con Europa ya la anticipó la Casa Blanca al comunicar abruptamente en febrero último que el presidente no asistiría a la cumbre Unión Europea (UE)-EE UU que debe celebrarse en España en mayo durante la presidencia semestral española.

Después de considerar que los europeos se han quedado compuestos y sin novia, el Boston Globe pregona lo que resulta ser el secreto de polichinela: “La luna de miel de Obama con Europa ha concluido.” No resisten esa separación precipitada ni la relación especial con Londres ni el miramiento o los paños calientes con un París siempre puntilloso. La lista de agraviados es muy larga y la conclusión del comentarista norteamericano resulta demoledora: “Por primera vez en siglos, Europa ya no es la señora que enarbola el estandarte de la historia.”

¿Por qué Praga y no Madrid? La escasa cordialidad de Obama ante los dirigentes europeos, que parece además una cuestión de temperamento, no sería quizá reseñable si no trasluciera un inequívoco pensamiento geoestratégico. Los puntos de atención del presidente norteamericano no están en Londres, París o Berlín, sino en Beijing, Moscú, Nueva Delhi, Brasilia o Yakarta, y su papel no es el de campeón del mundo libre en un mundo bipolar, con la horrenda cicatriz del muro berlinés en primera línea y una Europa occidental como fiel subordinada, sino el de gestor de un imperio en inexorable declive en un mundo irrevocablemente multipolar.

Ahora resultará que los europeos tienen que habérselas con dos decadencias, al menos, con dos pérdidas relativas de poder: no sólo la de Europa, sino también la de EE UU, en medio de una crisis económica que no acaba de agotarse y cuyo remedio, en último extremo, parece condicionado por poderes emergentes que poco tienen en común con la alianza transatlántica.

En Europa persisten, eso sí, los pésimos recuerdos. La capital checa ejerce a una fatal atracción sobre los rusos, al menos desde que Pedro el Grande acudió en 1711 para firmar un tratado por haber perdido una batalla ante los turcos. Del Kremlin partieron los urdidores del golpe de 1948, que instauró el régimen totalitario, y luego las órdenes a los tanques que en agosto de 1968 impusieron el socialismo blindado y la soberanía limitada. Ahora arriban los turistas, por la misma ruta, para comprar villas lujosas o regalos de cristal de Bohemia, heraldos del paneslavismo. Y, por último, pero no los últimos, los presidentes Obama y Medvedev.

Obama no ha dudado en eludir Madrid y trasladarse a Praga, en el corazón del continente, para firmar un tratado de desarme que debe suceder al Start-1 de 1991, que caducó en diciembre, y que prevé limitar a 1.550 el número de ojivas nucleares de que dispondrán ambas potencias Los arsenales se reducirán en el 30 % aproximadamente. El número de los llamados vectores o portadores (misiles en tierra, en submarinos y a bordo de bombarderos estratégicos) no podrá superar los 700 y las unidades de lanzamiento (lanzaderas, submarinos y aviones) quedarán limitadas a 800 como máximo.

Según precisó el Pentágono, “la defensa antimisiles no está restringida” por el nuevo tratado, lo cual quiere decir que EE UU podrá seguir adelante con sus planes para instalar un escudo antimisiles en Rumanía y Bulgaria similar, pero muy recortado en sus prestaciones, al que debía construirse en Polonia y la República Checa, cuyo abandono fue anunciado por Obama en 2009 en medio de fuertes presiones del Kremlin. No obstante, los rusos leen el tratado al revés e insinúan que no lo ratificarán si Obama persiste en colocar sus misiles, aunque sean defensivos, en el territorio que estuvo bajo la bota soviética.

La ciudad y la fecha del 8 de abril no ha sido elegidas al azar, ya que fue en Praga, el 5 de mayo de 2009, donde el presidente pronunció uno de sus más famosos discursos, dedicado a la utópica esperanza de “un mundo sin armas nucleares”, que fue escuchado con especial atención por el Comité del Parlamento noruego que le otorgó el premio Nobel. Como ciudadanos de una nación joven y poderosa, los políticos norteamericanos suelen prestar escasa atención a las lecciones de la historia, de las que Praga ofrece algunas tan significativas como dolorosas.

La idea de un mundo sin armas nucleares no es nueva, pues ya fue lanzada por Reagan, cuando abogó por su abolición, pero recibe un nuevo impulso para el que no se auguran resultados espectaculares. Su ratificación por el Senado norteamericano en año electoral se anuncia muy problemática y algunos republicanos, cuyos votos son imprescindibles, ya han anticipado que “el tratado nace muerto”, luego de censurar el desmedido apetito de ceremonias del presidente demócrata.

La firma de un nuevo pacto de desarme entre Rusia y EE UU, que subraya la irrelevancia estratégica de Europa occidental, convoca en Praga, la ciudad invadida en 1968 por los tanques del Pacto de Varsovia, a los fantasmas de un pasado de opresión y soberanía limitada. Obama ya inquietó a los checos y los polacos cuando, nada más tomar posesión, renunció al escudo antimisiles propuesto por su predecesor y aceptado por Varsovia y Praga, una decisión que fue interpretada como una concesión al Kremlin que ahora se plasma en el tratado Start-2.

Tanto Obama como su secretaria de Estado, Hillary Clinton, han logrado un reset o reinicio de sus relaciones con Moscú, sin duda necesario para abordar otras cuestiones como la del reto nuclear iraní, pero quizá no han reparado lo suficiente en que el regreso de los rusos a Praga, primero como turistas con voracidad consumidora, ahora como diplomáticos y estrategas, hace inevitable un salto hacia el pasado en el que aparecen los tanques soviéticos en el rectángulo cargado de historia de la plaza de San Venceslao.

Algunos de los protagonistas de la liberación del yugo soviético, los ex presidentes Vaclav Havel y Lech Walesa, junto con otras personalidades de la Europa oriental, firmaron en julio del año pasado una carta abierta dirigida a Obama en la que advertían de los peligros de un resurgimiento del imperialismo ruso y recordaban lo acontecido en Georgia un año antes. La carta no produjo en Washington la menor impresión, el presidente guardó silencio, y Clinton desconcertó a los signatarios al insinuar que podía imaginar sin grandes dificultades la incorporación de Rusia a la OTAN.

Después de la firma del tratado, Obama se reunió a cenar con 11 jefes de Estado de la región, en un intento de persuadirles para que olviden las ideas pero también las amargas realidades de la maldita la guerra fría. ¡Vana pretensión! La memoria de muchos europeos de Varsovia, Praga o Budapest no sólo recuerda los golpes de Estado teledirigidos desde Moscú y las invasiones de 1956 y 1968, sino que se remonta hasta la conferencia de Yalta (1945) con su reparto en zonas de influencia y la inminente caída del telón de acero. También saben los europeos más cercanos a Rusia que deben tratar con el primer presidente estadounidense nacido después de la Segunda Guerra Mundial y que mira obsesivamente hacia Asia y el Oriente Próximo.

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