Posteado por: M | 11 abril 2010

Tragedia polaca en el lugar de la infamia

“Es un lugar maldito”, exclamó un dirigente de Polonia al conocer la noticia de que un avión polaco de fabricación rusa (Tupolev) se había estrellado cerca del aeropuerto de Smolensko (Rusia occidental), el 10 de abril, en un accidente que causó la muerte de 97 personas, entre ellas, el presidente de la República, Lech Kaczynski, y su esposa, numerosos diputados, altos jefes militares y dignatarios de la Iglesia católica, gran parte de la élite político-militar. El lugar maldito se llama Katyn, una zona boscosa donde se hallan las fosas comunes en que fueron enterrados casi 5.000 de los 22.000 oficiales del Ejército, políticos e intelectuales polacos asesinados por la policía secreta soviética, por el procedimiento del tiro en la nuca, arrodillados ante el abismo, y por orden expresa de Stalin en 1940.

Katyn pertenece a la geografía de la infamia, inmortalizada en el film homónimo por Andrzej Wajda, hijo de una de las víctimas, y en su monstruoso osario se resumen la crueldad y el salvajismo del régimen soviético, así como la alianza demoníaca de Hitler y Stalin, plasmada en el pacto secreto Ribbentrop-Molotov, para repartirse Polonia, firmado en Moscú el 23 de agosto de 1939. Un pacto con el diablo que causó estragos en la izquierda europea, pero que fue aceptado sin rechistar por los serviles partidos comunistas, cegados entonces por el culto de la personalidad de Stalin y los procedimientos criminales de las purgas.

Tras la invasión de Polonia por el Ejército alemán, el 1 de septiembre de 1939, en el ataque traicionero e inicial de la Segunda Guerra Mundial, las tropas soviéticas ocuparon la parte oriental del país y los territorios de Bielorrusia y Ucrania que habían estado en manos de Polonia desde 1920. En su avance hacia el oeste, en las afueras de Smolensko, los soviéticos capturaron a los oficiales y dirigentes civiles polacos, la verdadera élite político-militar del país, que fueron asesinados y sepultados en ocho inmensas fosas comunes, en el bosque de Katyn y otros lugares próximos de Rusia occidental, Bielorrusia y Ucrania, entre el 3 de abril y el 19 de mayo de 1940. Una insondable herida nacional que aún sigue abierta. La orden de ejecución fue preparada por Lavrentij Beria y firmada por todos los miembros del politburó soviético, encabezados por Stalin, el 5 de marzo de 1940, como si quisieran refrendar una responsabilidad colectiva.

Como se sabe, los ejércitos del Tercer Reich, una vez rota la alianza de Hitler con Stalin, invadieron la URSS en junio de 1941 y progresaron en profundidad hacia el este. Pero no fue hasta enero de 1943 cuando la maquinaria propagandística nazi anunció que el Ejército alemán había hallado las fosas comunes repletas de cadáveres, en el bosque de Katyn, y que, según los documentos y todos los indicios, los oficiales polacos habían sido ejecutados por los soviéticos de un tiro en la nuca, con las manos atadas en la espalda, tras un breve internamiento en el campo de concentración de Kozielsk. Los asesinatos fueron dirigidos por la policía secreta estalinista, la NKVD, antecesora del KGB.

El régimen nazi trató de sembrar la cizaña entre la URSS y sus aliados occidentales, pero no tuvo éxito. En medio del clima bélico y la propaganda desenfrenada, los especialistas consumados en la falsificación cínica de la historia que fueron Stalin y sus esbirros, especialmente Beria, urdieron la patraña de que los oficiales polacos, sorprendidos en sus trabajos forzados por la Wehrmacht, habían sido liquidados por los soldados alemanes.

Pese a que los alemanes habían filmado la exhumación de muchos cadáveres, la burda mentira de Moscú fue avalada por las potencias occidentales, interesadas a la sazón en mantener la alianza bélica con el zar rojo, pese a las protestas del gobierno polaco exiliado en Londres. Según los historiadores norteamericanos, la actitud del presidente Franklin D. Roosevelt, que fue informado de lo ocurrido, resultó especialmente deplorable. Los aliados prefirieron el engaño a los problemas que pudiera crear la verdad, que probablemente conocían. Proseguía el martirio de Polonia.

Tras la reconquista de Smolensko por las tropas soviéticas, en abril de 1943, de nuevo la NKVD trató de borrar las huellas que los alemanes habían dejado en el osario, entre ellas, el cementerio que había sido construido por la Cruz Roja polaca. En enero de 1944, siguiendo con la manipulación y la propaganda, los soviéticos dieron a conocer los resultados de una supuesta investigación según la cual los asesinatos en masa habían sido cometidos en 1941, bajo ocupación alemana, y no en 1940, como realmente aconteció.

Si la liberación resulta especialmente lenta en el caso de la memoria, quizá lo más sorprendente es que la ignominiosa maquinación se prolongara oficialmente durante más de 40 años, hasta la llegada al poder de Mijail Gorbachov, quien en 1990 asumió la responsabilidad por los crímenes del bosque de Katyn. Boris Yeltsin, primer presidente de la Federación Rusa, publicó la documentación que restableció la verdad, permitió conocer los detalles y los objetivos de la matanza, y confirmó que los oficiales polacos habían sido exterminados por la NKVD. En Katyn están inhumados igualmente varios centenares de rusos, víctimas de la represión estalinista.

No obstante, las recriminaciones, las sospechas y la desconfianza entre Varsovia y el Kremlin, entre rusos y polacos, persisten aún, a pesar de que se están produciendo algunos signos alentadores para un deshielo político. Por primera vez, la película de Wajda, que trata de reconstruir la verdad, se proyectó en la televisión estatal rusa el 2 de abril, un acontecimiento que no hubiera sido posible sin el visto bueno del Kremlin. También por primera vez, el primer ministro ruso, Vladimir Putin, acudió el 7 de abril al osario de Katyn para presidir con su homólogo polaco, Donald Tusk, una ceremonia conmemorativa. Pero las autoridades rusas siguen negando que se tratara de un genocidio y centran la culpa en Stalin, un georgiano.

La presencia de Putin en el lugar maldito suscitó múltiples reacciones tanto en Polonia como en Rusia y fue interpretada como un loable esfuerzo en pro del entendimiento. El primer ministro polaco, Donald Tusk, un pragmático que pretende mejorar las relaciones con el poderoso vecino, invocó la reconciliación sobre la base de asumir la verdad y no exhibir el tremendo memorial de agravios. Putin respondió: “No podemos cambiar el pasado, pero podemos establecer y preservar la verdad, que no otra cosa es la justicia histórica. Historiadores polacos y rusos están trabajando para descubrir toda la verdad y permitir una aproximación entre nuestros países.” Hace tiempo que comenzó el inventario del horror y conocemos muchos testimonios agobiantes, pero la historia no está completa y la reparación no es para mañana.

La historia de Polonia está ensombrecida por su situación geográfica, entre dos colosos de ambiciones irrefrenables. Los polacos viven escoltados permanentemente por la pesadilla de los cosacos del zar que asaltan el palacio Zamoyski y arrojan por una ventana el famoso piano de Chopin (1863). Curiosamente son alemanas las imágenes del horror del crimen soviético. El presidente fallecido, Lech Kaczynski, veterano de Solidaridad, un nacionalista radical, elegido en 2005, no fue invitado por los rusos a esa ceremonia, quizá porque lo consideraban menos favorable a la apertura. Por esta razón, Kaczynski organizó otro acto conmemorativo, estrictamente nacional, al que se dirigía cuando sobrevino la catástrofe.

Paradójicamente, el aparato siniestrado era ruso, un Tupolev Tu-154, fabricado hace 20 años y operado por el ejército, pese a que Polonia pertenece a la OTAN. Con frecuencia, la prensa polaca se había hecho eco sin éxito de las peticiones de los técnicos para que la flota aérea fuera renovada. En el momento de escribir estas líneas no estaba claro si la edad del avión fue un factor en el accidente o si éste se debió, como sugieren las autoridades rusas, a la obstinación del piloto, empeñado en aterrizar en Smolensko en medio de una espesa niebla, pese a que los controladores aéreos le habían aconsejado reiteradamente que se desviara a otro aeropuerto (Minsk o Moscú).

La influencia del terrible accidente en el inicial deshielo ruso-polaco es imprevisible. El Kremlin lamenta la que considera una excesiva inclinación occidental de los dirigentes polacos, pero parece dispuesto a mejorar las relaciones con los que fueron sus países satélites, a los que sigue suministrado gas y comprando productos manufacturados, quizá aprovechando el escaso interés que el presidente Obama muestra por los asuntos europeos. Pero muchos polacos, a su vez, viven ofuscados cuando no martirizados por un pasado trágico y no ven en la estrategia de Putin sino la faz un poco más amable del sempiterno imperialismo ruso.       

¿Un precedente español de Katyn?

Algunos historiadores han tratado de establecer un precedente de Katyn en los fusilamientos en masa de Paracuellos del Jarama, en las cercanías de Madrid, donde fueron asesinadas por los republicanos entre 4.000 y 7.000 personas (militares, políticos, religiosos) que habían sido sacadas de las cárceles de Madrid supuestamente para ser trasladadas a Valencia, donde ya se encontraba el gobierno de la República ante el temor de que la capital cayera en manos de las tropas de Franco, en noviembre de 1936.

El paralelismo se nutre de los siniestros argumentos empleados por el famoso periodista ruso Mijail Koltsov, confidente de Stalin, entonces informando de la guerra civil española, que tenía una gran influencia sobre la Junta de Defensa de Madrid, dominada por los comunistas, el organismo creado para la gobernación de la capital luego de que el gobierno en pleno de Largo Caballero hubiera huido a Valencia (7 de noviembre). Koltsov, testigo directo y sin duda enconado, argumentaba por boca del miliciano Miguel Martínez, su alter ego, que los presos de las cárceles madrileñas, militares y civiles relevantes, no debían ser utilizados por los franquistas si éstos finalmente se apoderaban de la capital. Un argumento similar late en la orden de Stalin para exterminar a los oficiales polacos: eliminar a los que pudieran servir al enemigo.

En la Junta de Defensa de Madrid, presidida por el general José Miaja, con el coronel Vicente Rojo como jefe militar, el comunista Santiago Carrillo, líder de las Juventudes Socialistas Unificadas, era el delegado de Orden Público, por lo que su responsabilidad en los asesinatos en masa parece fuera de toda duda razonable.

Las lúgubres previsiones de Koltsov pueden encontrarse en su Diario de la guerra española (Akal Editor, Madrid, 1978). El primer relato directo de lo ocurrido se debe a Félix Schlayer, que era cónsul de Noruega en Madrid y que descubrió la matanza de Paracuellos (Félix Schlayer, Matanzas en el Madrid republicano. Paseos, checas, Paracuellos…, reeditado por Editorial Áltera, Barcelona, 2005). Ian Gibson, en su libro Paracuellos como fue (1983), llega a la conclusión de que “tanto Carrillo como su delegado, Segundo Serrano Poncela, prefirieron no darse por enterados de lo que ocurría, aparentando ignorar la existencia de un sistema de terror y muerte implantado antes de su llegada al poder, pero continuado durante su mandato”. En una requisitoria severa contra los comunistas y especialmente contra Carrillo, el historiador César Vidal mantuvo la comparación de los dos acontecimientos: Paracuellos-Katyn. Un ensayo sobre el genocidio de la izquierda, Libros Libres, Madrid, 2005

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Responses

  1. Muy interesante. No conocía el paralelismo.


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