Posteado por: M | 18 abril 2010

Un ‘outsider’ agita la campaña británica

 

Para insuflar un poco de interés en una vida política que languidece, escasa de ideas y con protagonistas secundarios, presas fáciles de las parodias en internet, los estrategas electorales británicos inventaron el debate del trío, de los jefes de los tres principales partidos. La sorpresa saltó el 15 de abril con el éxito del tercero en discordia, del outsider, Nick Clegg, líder del Partido Liberal Demócrata –los centristas Lib Dems–, como si los electores y sobre todo los augures políticos dieran por celebradas las exequias del bipartidismo tradicional, un sistema en íntima relación la estructura arquitectónica rectangular de la Cámara de los Comunes y, sobre todo, con un sistema electoral mayoritario por distritos, a una sola vuelta, que beneficia a los grandes partidos y castiga sin compasión a los minoritarios.

El debate electoral televisado, el primero que se celebra en el Reino Unido, resultó un poco excéntrico porque los dos principales candidatos, el laborista Gordon Brown, primer ministro, y el conservador David Cameron disputaron agriamente entre sí, pero trataron con exquisita cortesía al tercer hombre, el telegénico Clegg, como si intuyeran que van a necesitarlo porque ninguno de los partidos obtendrá la mayoría absoluta de 326 diputados el 6 de mayo. “Estoy de acuerdo con Nick”, dijo el líder conservador en algún momento. “Nick lleva razón”, repitió el primer ministro.

Nada es menos seguro que la ruptura del bipartidismo, que conserva una mala salud de hierro. Para encontrar un fenómeno similar hay que remontarse al período de entreguerras en el siglo XX, cuando el laborismo, que empezó como tercera fuerza, acabó por suplantar a los liberales en la alternancia en el poder. El Partido Laborista no formó su primer gobierno hasta 1924, y lo hizo en minoría, y no logró la mayoría absoluta hasta 1945, bajo la batuta del anodino Clement Attlee, que derrotó inopinadamente al héroe de la guerra, el conservador Winston Churchill. La hegemonía de dos grandes partidos volvió por sus fueros.

El sistema electoral mayoritario por distritos a una sola vuelta –el acta de cada una de las 651 circunscripciones se la lleva el candidato que obtiene más votos, sin que se exija ninguna mayoría, y los demás no tienen ningún consuelo— constituye un precioso estabilizador y una camisa de fuerza para proteger al sistema bipartidista y cuenta, como es lógico, con el beneplácito de las fuerzas mayoritarias que están siempre representadas en exceso y relativamente inmunizadas contra los vuelcos aparatosos en la composición de la Cámara de los Comunes. Las injusticias, en comparación con los sistemas proporcionales, pueden llegar hasta el extremo de que el partido que obtiene más votos no sea precisamente el que cuente con más escaños.

Por eso hay que ser muy cautelosos con los vaticinios sobre lo que vaya a ocurrir en las urnas con la buena fortuna de Nick Clegg, un político que no es ni mejor ni peor que sus contendientes, que no ofrece grandes novedades, salvo quizá la decencia del que estuvo lejos del poder, pero cuya aparente ventaja televisiva hay que atribuir tanto al agotamiento de las ideas dentro del establishment como al cansancio de la opinión pública ante el reiterado duelo de laboristas y conservadores, sin olvidar lógicamente la economía en recesión, el déficit descontrolado y la prédica incansable de los que deploran el declive inexorable de la nación.

El mayor cambio, por el momento, fue el debate en sí, que llevó al Times londinense a titular: “La política presidencial llega a Gran Bretaña”, recordando en su primera página el duelo televisado entre John F. Kennedy y Richard Nixon, en 1960, el primero en la historia electoral estadounidense. La otra innovación no es segura, pero fue anunciada por Clegg: “Podremos hacer frente a todos los retos si nos pronunciamos contra los dos viejos partidos que llevan 65 años repartiéndose el poder.”

La otra novedad, importada de EE UU, se encuentra en internet, donde proliferan las parodias de los líderes y de los anuncios de los partidos, cuyos carteles son sometidos a un escrutinio riguroso y reproducidos en los más diversos blogs tras las modificaciones sardónicas aportadas por los internautas. “La tecnología ha terminado con el monopolio del comentario político”, asegura uno de los promotores del fenómeno. Los retratos más vitriólicos y los más acerbos análisis se encuentran en Twitter y Facebook.

Los sondeos dan al conservador Cameron como vencedor del escrutinio, pero con una diferencia tan exigua (entre cuatro y diez puntos, sin alcanzar el 40 % de los sufragios) que le impediría obtener la mayoría absoluta de los escaños. Pero nada es menos seguro que la emergencia del líder liberal demócrata como kingmaker, árbitro del próximo Gabinete. Si los dos grandes partidos llegan en las dos primeras posiciones, como parece lo más probable, Clegg no tendrá otra opción que aliarse con el que haya llegado primero o provocar unas nuevas elecciones. Una situación parecida en su agotamiento a la que se produjo tras la larga jefatura del laborista Harold Wilson, que en 1974 tuvo que convocar dos elecciones (febrero y octubre) y llegar a un acuerdo con los liberales por primera vez desde 1929.

Las elecciones están llamadas a ser un juicio provisional sobre el legado del Neolaborismo, inventado por Tony Blair y su mentor intelectual, Anthony Giddens, para las elecciones de 1997, en las que obtuvo una histórica victoria, y su revisada continuidad bajo la batuta quizá eficaz pero poco atractiva de su eterno segundo y canciller del Exchequer o ministro de Hacienda, Gordon Brown. Con su reforma del laborismo y su renuncia definitiva a la nacionalización de los medios de producción, Blair convirtió a la inoperante secta izquierdista, tras 17 años de oposición, en una extraordinaria máquina electoral que le ha permitido mantenerse 13 años en el poder. La economía británica creció sin interrupción y Londres superó a Nueva York como centro financiero. Hasta que llegó la guerra de Irak…

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