Posteado por: M | 22 abril 2010

El cardenal Ortega ante la dictadura de los Castro

El cardenal Jaime Lucas Ortega y Alamino, arzobispo de La Habana, rompió una lanza en favor de los oprimidos y por primera vez exigió, además de la liberación de los presos políticos, “cambios con prontitud” en el régimen de los hermanos Castro para remediar “una situación muy difícil”. Pero, al mismo tiempo, criticó a Obama y expresó su convicción de que la campaña mediática internacional en protesta por la muerte del preso político Orlando Zapata sólo sirve para que la dictadura exacerbe la represión e incremente el sufrimiento harto generalizado. ¿Una de cal y otra de arena? ¿Prudencia extrema del purpurado que fue preso político, que sacó a la Iglesia de las catacumbas y que conoce bien los siniestros procedimientos de la seguridad castrista?

En una entrevista publicada en Palabra Nueva, órgano diocesano de La Habana, el cardenal Ortega, de 73 años, además de abogar por la liberación de los presos políticos, manifestó: “Nuestro país se encuentra en una situación muy difícil, seguramente la más difícil que hemos vivido en este siglo XXI”, lo que más parece una voz de alarma ante “la impaciencia y malestar del pueblo” que una condena inequívoca del régimen, que el prelado no puede pronunciar y que probablemente reputa inservible o contraproducente. En cuanto a “los cambios necesarios con prontitud”, cree que su opinión “alcanza una especie de consenso nacional”.

Para el arzobispo habanero, “no es el momento de atizar las pasiones”. Insistió en que “resultan penosos” los actos de repudio hacia las madres y esposas de varios presos, y en particular hacia el grupo conocido como las Damas de Blanco, que en las últimas semanas han sido reiteradamente hostigadas por la policía y el populacho azuzado por los elementos más odiosos de los llamados comité de defensa de la revolución. El cardenal lamentó que para el presidente Obama “de nuevo prevaleció la antigua política: comenzar por el final”, lo que equivale a apostar por el diálogo entre Washington y La Habana para terminar con el embargo que mantiene EE UU desde 1962.

El periodista argentino Andrés Oppenheimer, uno de los mejores conocedores de los entresijos del castrismo, en un artículo titulado “El cardenal timorato”, publicado en el diario El Nuevo Herald, de Miami, acusa perentoriamente a la Iglesia católica de Cuba de “bochornosa pasividad” y considera que las declaraciones del prelado son tímidas y llegan con mucho retraso. Su conclusión, que parece superficial y apresurada, es que el cardenal Ortega actuó presionado por algunos sacerdotes que trabajan muy pegados al terreno devastado y sus atribulados feligreses.

Otras exégesis son posibles. Las muy calculadas palabras del arzobispo Ortega deben situarse en el contexto de una crisis económica galopante y de la creciente repulsa internacional por el inmovilismo de la autocracia y los constantes desmanes de sus esbirros. El 13 de abril, durante una visita a Santiago de Chile, el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado del Vaticano, reveló que la Iglesia católica sigue “con atención los problemas de Cuba” y que “sin duda” ese país debe ser ayudado, como pidió Juan Pablo II en 1998, para que “el mundo se abra a Cuba y Cuba se abra al mundo”. Y añadió: “Nosotros también hemos pedido muchas veces que se interrumpa el embargo, porque damnifica a las poblaciones”.

Para comprender la actitud del cardenal cubano es preciso tener en cuenta que la Iglesia católica en la isla fue perseguida con saña en los tiempos del fervor revolucionario y luego quedó sometida a ignominias, provocaciones y vejaciones sin cuento, prácticamente condenada a la clandestinidad. En sus períodos de mayor hostilidad, el castrismo explotó la santería, en su delirio nacionalista, para dividir a los fieles y perjudicar a la Iglesia. La situación comenzó a cambiar coincidiendo con la crisis que siguió al derrumbe del comunismo en Europa.

 Tras la visita de Fidel Castro al Vaticano, donde fue recibido por el papa Juan Pablo II (19 de noviembre de 1996), seguida por la visita pastoral de éste a Cuba, en enero de 1998, el cardenal Ortega, hombre de síntesis que había conocido las mazmorras del régimen, se convirtió en el principal interlocutor del gobierno, lo que permitió que la Iglesia cubana volviera a respirar, tras años de opresión y propaganda adversa, pero lógicamente esa distensión no favoreció la actuación de las autoridades eclesiásticas, por ejemplo, en la esperada defensa de los presos políticos y sus familias. La resurrección de la Iglesia en medio de los rigores ateos del comunismo desembocó, como calculaba el régimen, en el conformismo o la ambigüedad.

La Iglesia cubana no desea volver a las catacumbas ni ser expulsada del espacio público, de una posición tolerable tan dolorosamente conquistada, en la que se mueve, por ejemplo, la hoja diocesana Palabra Nueva en que aparecieron las declaraciones del arzobispo y que se distribuye sin censura en las parroquias. Los bautizos y las prácticas religiosas en general aumentaron de manera espectacular durante el último decenio. El castrismo, por su parte, en su irremediable ocaso ideológico, descubrió extrañas concomitancias con el mensaje evangélico. No obstante, el cardenal Ortega sigue marcado por la época de la persecución inicua o la expulsión hiriente, mide sus palabras y se inclina por el pragmatismo.

El presidente Obama, por el contrario, que no está sobre el terreno, pronunció una severa requisitoria contra el castrismo el 24 de marzo, una declaración que sirve de precedente y complemento para las de los cardenales Bertone y Ortega, aunque aparentemente las contradiga. El presidente norteamericano está ahora persuadido de que el régimen castrista no puede reformarse porque, como ya aprendió penosamente Mijail Gorbachov, la reforma del comunismo conduce inexorablemente a su extinción.

En contra de los deseos de Miguel Ángel Moratinos, el ministro español que algunos eurodiputados describen como “el hombre de Castro en Europa”, los gobiernos conservadores o socialdemócratas de la Unión Europea (UE) no parecen dispuestos a cambiar la actitud con respecto a Cuba tras haber llegado a la misma conclusión que los norteamericanos: cualesquiera que sean las concesiones y los subsidios, la dictadura castrista no va a mitigar la represión ni está dispuesta a liberar a los más de 200 presos políticos que se pudren en el gulaj tropical, ni siquiera a permitir que los visite una delegación de la Cruz Roja.

Podrá alegarse, desde luego, que EE UU nunca supo tratar a los hermanos Castro, desde que éstos tomaron el poder hasta hoy mismo. El 7 de enero de 1959, menos de una semana después de que los guerrilleros barbudos entraran en La Habana, Washington reconoció al nuevo gobierno cubano porque “parece que está libre de la infección comunista”. El New York Times y uno de sus más famosos redactores, Herbert L. Matthews, izquierdista veterano de la guerra civil española, que entrevistó a Fidel en la Sierra Maestra, contribuyeron destacadamente a crear en la opinión norteamericana un prejuicio favorable para la guerrilla.

Apenas dos años después, en enero de 1961, el presidente Eisenhower, en una de sus últimas decisiones, rompió las relaciones diplomáticas con el régimen de Castro, alegando precisamente que se estaba deslizando hacia el comunismo. Desde entonces, varios presidentes norteamericanos trataron de dialogar con La Habana para levantar el embargo, pero fracasaron con estrépito en sus intentos de aproximación. Hay razones poderosas para sospechar que Fidel nunca estuvo interesado en normalizar las relaciones con EE UU, la superpotencia a la que culpa de todos los males y penurias que han golpeado al pueblo cubano durante medio siglo de feroz dictadura.

Cada día que pasa parece más evidente que Castro saboteó todos los intentos de diálogo porque la confrontación es el único oxígeno de que dispone, pero Barack Obama, dispuesto a parlamentar con todos los enemigos (Irán, Corea del Norte, Cuba), no podía ser una excepción en propiciar la apertura. Empezó por declarar que el embargo no servía para nada y que era preferible entablar el diálogo con el castrismo, autorizó los envíos de dinero y teléfonos móviles a la isla, pero muy pronto encallaron las conversaciones sobre la liberalización del régimen.

El 24 de marzo de este año, sintiéndose defraudado, tras la trágica muerte de Orlando Zapata Tamayo, Obama publicó una declaración en la que acusó a las autoridades castristas de “seguir respondiendo a las aspiraciones del pueblo cubano con un puño de hierro”. Fijó las mínimas condiciones imprescindibles para el diálogo: “el fin de la represión, la libertad incondicional e inmediata de todos los presos políticos y el respeto de los derechos básicos del pueblo cubano”, y terminó con esta proclama: “Sigo comprometido en la defensa del simple deseo del pueblo cubano de decidir libremente su futuro y de disfrutar de los derechos y libertades que definen a las Américas y que deberían ser universalmente respetados”.

Los Castro, una vez más, hicieron oídos sordos al requerimiento y pusieron en marcha la máquina de la propaganda y la tan cacareada resistencia. El presidente Raúl fue el encargado de anunciar que se estaban cavando las trincheras para resistir, en medio de la nueva sima de miseria en que se haya hundido el régimen dentro de la crisis general que siguió a la desintegración de la URSS y el fin de las subvenciones soviéticas (5.000 millones de dólares anuales) que el caudillo Hugo Chávez no puede suplir. La penuria se agravó tras los huracanes devastadores y la merma del turismo, principal fuente de divisas, debido a la crisis internacional.

En medio de esa grave situación, similar a la del período especial decretado en 1991, las declaraciones del cardenal Ortega y Alamino, al que muchos católicos consideran excesivamente indulgente con el régimen, serán ignoradas oficialmente y ni siquiera servirán de consuelo para una ciudadanía que se debate entre el temor y la desesperación, entre el brutal sectarismo ideológico y la dictadura sobre las necesidades más acuciantes, entre el abatimiento y la huida. Los presos seguirán en la cárcel y las más terribles fatigas seguirán golpeando a la población. “¡Seguiremos en la supervivencia!”, como dice los habaneros.

Así se explica la reacción amarga del periodista disidente Guillermo Fariñas, que se encuentra  muy debilitado por la huelga de hambre que mantiene desde la muerte de Orlando Zapata (25 de febrero): “Le damos las gracias [al cardenal] por manifestarse de manera pública sobre este conflicto (…) Nos resultó chocante que él celebrara una misa cuando Fidel Castro enfermó y no fuera capaz de celebrar un funeral cuando murió nuestro hermano Orlando Zapata.”

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