Posteado por: M | 30 abril 2010

Doblan de nuevo las campanas por Bélgica

Una aguda crisis de origen lingüístico y comunitario, pero de consecuencias múltiples y en parte imprevisibles, ha hecho doblar de nuevo las campanas por Bélgica. La dimisión del gobierno de coalición de Yves Leterme, la tercera del mismo primer ministro en los últimos tres años, sumió al país en la perplejidad, el asombro y los más sombríos vaticinios, en medio del caos institucional. “¿Aún tiene sentido este país?”, se inquietaba en primera página el diario liberal Le Soir, tradicional y cada vez más solitario defensor de la unidad del reino.

La intransigencia o la firmeza, según se mire, del partido de los liberales flamencos (VLD), fue el detonante de la crisis cuando su jefe Alexander de Croo rechazó de manera perentoria el aplazamiento por cuarta vez de la decisión prevista sobre la separación del distrito electoral de Bruselas-Hal-Vilvorde, en la periferia de la capital, el único bilingüe en todo el país, cuyo control político y lingüístico se disputan agriamente desde hace años los flamencos y los francófonos (que tienen el francés como lengua usual), para unirlo irrevocablemente a Flandes. La escisión del distrito fue bendecida por una resolución del Tribunal de Arbitraje en 2003.

El gobierno de coalición de Yves Leterme (democristiano flamenco pese a su apellido), integrado por cinco partidos, quedó fracturado en dos bloques comunitarios antagónicos –flamencos y valones–, de manera irremediable, el 22 de abril, como corresponde a dos comunidades que viven de espaldas, tributarias de dos universos culturalmente distintos cuando no enfrentados, cuyas divergencias de opinión resultan inconciliables. La llama de la discordia del embrollo comunitario no podrá ser extinguida por el fácil aunque democrático recurso de las urnas y el futuro de Bélgica será el tema esencial de las lecciones anticipadas.

Cuando en la Cámara de Representantes, la cámara baja del Parlamento federal, iba a ser votada una proposición de ley sobre la separación del distrito de Bruselas-Hal-Vilvorde para su integración en Flandes, el gobierno trató de ganar tiempo, pero se encontró con el ultimátum de los ministros liberales flamencos. Leterme no tuvo más remedio que trasladarse al palacio de Laeken para presentar la dimisión al rey Alberto II. En los escaños, los carteles de los diputados separatistas reclamaban la independencia de Flandes, mientras en los salones contiguos sonaban los acordes del himno flamenco, un hecho sin precedentes en la agitada historia del país. “Bëlie barst…!” (“¡Que se muera Bélgica!”, en neerlandés).

Tras un fallido amago de conciliación, con el propósito de que el gobierno fuera reconducido, el rey Alberto, luego de haber sido criticado por los flamencos, tuvo que inclinarse ante la situación irreversible y aceptar la dimisión del gobierno de Leterme, que, no obstante, seguirá en funciones, despachando los asuntos corrientes, por no se sabe cuánto tiempo.

La propuesta parlamentaria para la escisión del distrito de Bruselas-Hal-Vilvorde quedó bloqueada en la Cámara de Representantes cuando el 29 de abril los cuatro partidos francófonos hicieron uso de un recurso extraordinario previsto en la Constitución: una moción llamada de “señal de alarma”, en la que se alega que las disposiciones de la propuesta legislativa “pueden infligir un grave quebranto a las relaciones entre las comunidades [lingüísticas]”. Por primera vez, ambas comunidades quedaron claramente divididas y enfrentadas en el hemiciclo.

La radicalización progresiva de los flamencos en las cuestiones comunitarias y lingüísticas se agrava y extiende porque todos los partidos de la región desean seducir al 40 % de los electores que votan por las fuerzas secesionistas, incluida la extrema derecha xenófoba del Vlaams Belang (Interés Flamenco), bloque descaradamente antivalón y antimusulmán. Sólo el destino problemático de Bruselas, en territorio históricamente flamenco pero donde los ciudadanos de habla francesa son una clara mayoría, frena las ambiciones separatistas. En momentos de crisis, el fantasma de la disolución del país vuelve a la convulsa palestra.

Dada su proximidad a Bruselas, los flamencos temen que los 35 municipios de la periferia bruselense que integran el distrito Bruselas-Hal-Vilvorde (150.000 habitantes) acaben por afrancesarse sin remisión. Por eso denuncian “la invasión francófona” y pretenden escindir la circunscripción electoral e incorporarla a Flandes a todos los efectos, sobre todo, para que sus electores no puedan seguir votando a los representantes de los partidos francófonos que concurren por la región de la capital, como hacen actualmente, especialmente en favor del Movimiento para la Reforma, de vocación centrista, dirigido por Didier Reynders, el más sensible a los problemas de los votantes de cultura francesa.

Para algunos augures, la dispersión es el futuro inevitable. Porque son numerosas las fuerzas sociales y políticas que militan por una disolución del reino artificial que más que un país fue una zona de transición en el corazón de Europa, entre Francia y los Países Bajos, entre la Europa latina y la Europa germánica. ¿Una especie de Chipre?, también tierra de transición entre Oriente y Occidente. Algunos llegan a desear un divorcio amistoso bajo arbitraje internacional. En cualquier caso, la independencia de Flandes entrañaría probablemente el reparto de Valonia entre Francia, Alemania (el distrito de Eupen-Malmédy) y Luxemburgo. Pero, ¿qué destino aguarda a Bruselas? ¿Acaso devenir el Washington de una nueva Europa federal y de la OTAN?

El territorio y los hablantes

Dos concepciones diametralmente opuestas subyacen en el litigio lingüístico: la territorial y la personal. En el documento con que puso fin a su infructuosa mediación, el veterano político Jean-Luc Dehaene, ex primer ministro democristiano, explica el callejón sin salida en que ha desembocado el conflicto lingüístico-administrativo en la circunscripción electoral de Bruselas-Hal-Vilvorde (BHV), en la aglomeración de la capital, porque los flamencos asumen como innegociable el principio de la territorialidad y los francófonos el de la personalidad, ambos en “una oposición total”. “Se trata de una misión imposible –subrayó Dehaene—Cada una de las dos comunidades se cree en posesión de la verdad.”

Los que hablan el flamenco, dialecto del neerlandés, defienden con uñas y dientes el principio de la territorialidad, conocido como paradigma de las lenguas, en el que éstas se conciben y se protegen no como medios de comunicación sino como bienes en sí mismos considerados y, además, funcionan como marcadores o caracteres distintivos de los grupos étnicos que las utilizan y sujetos preferidos de la intervención gubernativa. La lengua y el territorio aparecen en una simbiosis inextricable que otorga a aquélla la prioridad absoluta y exclusiva en todo el ámbito histórico en que alguna vez se habló. Las personas, en consecuencia, no son los sujetos sino los objetos de la regulación lingüística, de manera que si un ciudadano reside en el territorio histórico de Flandes no tendrá más remedio que asumir la exclusividad del flamenco, por absurdo o vulnerador de derechos elementales que pueda resultar esa imposición.

La otra concepción, la personal, también llamada paradigma de los hablantes, remite, ante todo, a las personas, los hablantes, y trata de proteger sus derechos. Concibe las lenguas, ante todo, como medios de comunicación que están sometidas al albur de su libre uso por los ciudadanos según el criterio de utilidad que preside su inexorable evolución histórica. Por eso los belgas que hablan francés pero viven en territorio históricamente flamenco rechazan el corsé administrativo y político, cuyo objetivo es la homogeneidad lingüística, impuesto por la territorialidad, y alegan en su defensa que los únicos sujetos de derechos son las personas.

Un jurista vasco especialista en estas cuestiones, José María Ruiz Soroa, que ha publicado algunos de los mejores estudios sobre el tema en España, censura lógicamente la obsesión territorial de los nacionalistas, encerrados en “un telurismo lingüístico” que otorga al territorio unos derechos abusivos que pisotean los de los hablantes, cuando es evidente que los territorios no hablan y que las personas no deben ver conculcada o mermada su libertad en un mismo país por razón de su lugar de residencia.

Tres regiones y tres comunidades

El problema surge y se agudiza en estos momentos porque los que tienen el francés como lengua materna o de elección son incluso mayoritarios en algunos municipios de la periferia de Bruselas, territorio históricamente flamenco, y reclaman que se respeten sus derechos de utilizar el idioma de su preferencia en la enseñanza, en los actos electorales y en las relaciones con las autoridades locales. La divisoria lingüística fue establecida en 1962, pero se trata de una frontera ficticia que ni es impermeable ni la evolución idiomática a ambos lados del territorio dividido puede ser dictada por la voluntad de los burócratas.

La circunscripción electoral de Bruselas-Hal-Vilvorde (BHV) reúne a los 19 municipios que integran la región de la capital del país y otras 35 localidades (agrupadas en seis cantones) del Brabante flamenco, integradas en una estructura híbrida y cuya revisión amenaza con hacer estallar el país, un Estado federal establecido en 1993 que cuenta con tres regiones: Bruselas, oficialmente bilingüe; Flandes, unilingüe por definición, en el norte; y Valonia también unilingüe (francés), en el sur. Las tres regiones ejercen las competencias territoriales. Existen, además, tres comunidades culturales –francesa, neerlandesa y alemana -, que asumen las competencias personales.

Esa entidad híbrida, a caballo entre la Región flamenca y la región de Bruselas-capital, garantiza a sus habitantes el acceso a un sistema judicial bilingüe, así como la posibilidad de votar a los candidatos de los partidos francófonos en las elecciones generales y en las del Parlamento Europeo.

La comunidad francesa, repartida entre las regiones de Valonia y Bruselas, representa el 40 % de la población, y aunque dirigió el reino y contribuyó económicamente a su esplendor, empujada por la industria minero-metalúrgica, desde el final de la Segunda Guerra Mundial se halla en evidente decadencia, desbordada demográficamente por Flandes (60%), una región de gran dinamismo económico, cuyas contribuciones son imprescindibles para sostener un oneroso sistema de seguridad social cuya caja única es la última realidad unitaria del reino. “Los ricos flamencos desprecian a los pobres valones”, se quejaba en internet un francófono residente en Flandes.

El conflicto se recrudece porque los flamencos quieren escindir esa circunscripción BHV de la región bilingüe de Bruselas y someterla al monolingüismo de Flandes, suprimiendo las facilidades para utilizar el francés de que gozan ahora sus habitantes. Los francófonos, por su parte, temen perder la libertad lingüística. Una de las causas del problema radica en el sistema electoral, ya que las elecciones son organizadas a nivel regional estrictamente, de manera que los electores en Flandes sólo pueden votar a partidos flamencos y los residentes en Valonia tienen que hacerlo a partidos francófonos. Bruselas-Hal-Vilvorde, aunque situado geográficamente en Flandes, es el único distrito en el que los francófonos pueden votar sin restricción comunitaria.

La evolución de las lenguas

La situación de las lenguas en Bélgica está muy influida por algunos factores históricos. Tras la efímera inclusión en el reino de los Países Bajos, el actual territorio belga nació y se organizó como Estado independiente en 1830, con el patrocinio de las grandes potencias. En aquella época, el francés era el idioma dominante en Europa, idioma de la diplomacia e incluso del imperialismo en África, en el clima de reacción legitimista que siguió a la malograda epopeya napoleónica. La decadencia internacional del francés otorga nuevos argumentos al irredentismo lingüístico flamenco.     

Un atribulado valón que no se atreve a dar su nombre escribe y resume en el diario francés Le Monde: “Nací en el producto artificial de una construcción del siglo XIX únicamente destinada a impedir una posible resurrección del imperialismo francés del puerto de Amberes, y no en un Estado homogéneo. Como en cualquier pareja, la persistencia de una relación depende de la voluntad  de vivir en común, voluntad que ha desaparecido en Flandes (…) Nuestro país ya carece de sentido (…) Bélgica murió el 22 de abril de 2010, un poco menos de 180 años después de su creación. Descanse en paz.”

Cuando se produjo el bautizo de Bélgica, las élites flamencas, por razones utilitarias, estaban a la sazón muy interesadas en aprender francés, lengua de relación internacional, mientras que hoy prefieren el inglés, lengua franca de los negocios y de la globalización. Por razones similares, los belgas francófonos, mayoritarios tanto en Valonia como en la aglomeración bruselense, no desean en absoluto aprender neerlandés, un idioma con pocos hablantes, y se inclinan por el inglés o el alemán, como hacen, por su parte, los holandeses. Nunca existió una lengua común para ambas comunidades.

La pervivencia de la circunscripción bilingüe de Bruselas-Hal-Vilvorde (BHV) tiene una gran repercusión simbólica y resume uno de los más enrevesados conflictos en la Vieja Europa. Representa para los francófonos el reducto en el que pueden rechazar la política de asimilación, homogeneizadora, que pretende forzarlos a emplear el neerlandés en las elecciones, los juzgados, las escuelas y los otros servicios públicos. Para los flamencos, por el contrario, el disputado distrito, en el corazón del Brabante meridional, se erige como un recordatorio hiriente de los agravios históricos que están decididos a erradicar.

El embrollo comunitario y la intransigencia recíproca llegan a producir algunas situaciones absolutamente absurdas y poco acordes, desde luego, con el espíritu democrático que se supone debe presidir la vida política en un país de Europa occidental. Así, por ejemplo, tres alcaldes francófonos, elegidos democráticamente en 2006, no han sido aún nombrados oficialmente por las autoridades de la región de Flandes, a las que corresponden expedir las credenciales, porque les reprochan que hubieran distribuido convocatorias en francés (y no en neerlandés) a los electores censados como francófonos.

El problema de las elecciones anticipadas radica en su más que probable inutilidad. Escribe una comentarista del ponderado Le Soir: “En una Bélgica que se encuentra en fase institucional y comunitaria terminal, verdadera fábrica de gas, las elecciones pueden convertirse fácilmente en una pesadilla política, técnica y jurídica, ahora que se perfila en el norte [Flandes] un bloque de extremistas de derecha, nacionalistas y poujadistas.”

Con el término poujadismo, la analista alude al político francés Pierre Poujade que en 1956 creó un efímero movimiento de protesta entre los comerciantes contra los abusos de la fiscalidad, barrido de las urnas tras el retorno del general De Gaulle al poder en 1958. Trasladado actualmente a Bélgica, el término sirve para designar a los que rechazan cualquier traspaso de fondos desde el rico norte al empobrecido sur (Valonia), sobre todo, en materia de seguridad social. También podría aplicarse a los que en España critican en las regiones ricas las subvenciones o compensaciones que reciben las menos favorecidas.

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Responses

  1. Sólo el fragmento del párrafo “El territorio y los hablantes” hacer ver lo irracional de la postura secesionista: “Las personas, en consecuencia, no son los sujetos sino los objetos de la regulación lingüística, de manera que si un ciudadano reside en el territorio histórico de Flandes no tendrá más remedio que asumir la exclusividad del flamenco, por absurdo o vulnerador de derechos elementales que pueda resultar esa imposición.” No sé por qué me suena familiar.

  2. Magnífico análisis de la situación en este país, que
    paradojicamente ubica la capital de la Unión Europea ,y del que los españoles podemos sacar nuestras propias conclusiones a la hora de enfrentarnos a un nacionalismo doméstico que tiene más de irracional que de otra cosa

  3. A mí también me ha gustado mucho. No se lee demasiado sobre Bélgica. El principio de territorialidad aplicado a las lenguas tiene una función instrumental clara, juega un papel político en cualquier movimiento nacionalista que pueda contar con este elemento, que se utiliza como evidencia máxima de la existencia de una colectividad con “derechos de propiedad” sobre un territorio, llegándose a extremos irracionales que violentan la esencia misma de las lenguas, como códigos de comunicación entre individuos. Pierden los individuos (al menos los de una o dos generaciones), pero puede perder también la colectividad. Se tensa la cuerda irresponsablemente, a costa de hacer pagar a toda la comunidad el alto precio del empobrecimiento cultural, con efectos incluso en el plano económico y de desarrollo. Me viene a la cabeza el ejemplo de la República de Irlanda. Hubo un tiempo, anterior a su independencia pero también en los años (incluso décadas) posteriores a la misma, en que cualquier elemento “angloirlandés” era rechazado de plano por la intelectualidad nacionalista y por la corriente política dominante, lo que demuestra hasta dónde se puede llegar en la “auto-amputación” cultural, si se cree que con ello se sirve a un fin que se considera superior (aquí está el problema). Jonathan Swift, Oscar Wilde, Yeats, Beckett, Bernard-Shaw, J. Joyce, no eran considerados realmente escritores irlandeses, no formaban parte de la literatura del país, porque escribían y vivían en inglés (creo haber leído que algún pequeño grupo defendió algo parecido en la Cataluña de finales de los setenta). Hasta que pasados los efluvios embriagadores de la lucha nacional y la resaca de la exaltación (o éxtasis)post-independencia, lo que antes había sido necesario, dejó de serlo. Hoy en día, los irlandeses presumen con toda justicia de sus glorias literarias, de su literatura escrita en inglés, porque ya no sienten la necesidad de demostrar nada. Nadie acusa al cantante Bono, de U2, de no ser patriota por cantar en inglés. Y por supuesto, el inglés es, con permiso de la Guinness, el mayor activo de la República (lo que es compatible con que muchos irlandeses en ciertas áreas del país hablen su “otro” idioma, y las señales sean bilingües). El inglés pone el mundo a los pies de los irlandeses y les permite pertenecer a un club privilegiado. Es difícil imaginar a una sociedad tan radical y ciega como para renunciar a semejante privilegio; al contrario, con un mínimo de lucidez, es fácil darse cuenta de que los irlandeses no pueden contar con mejor instrumento, precisamente para propagar su cultura y su identidad. Pero uno se pregunta hasta dónde puede llegar una comunidad en la renunciar a su propia diversidad, enconada en una lucha de oposición frente a un “enemigo exterior”. Atacar la propia identidad, para defenderla. Un auténtico contrasentido.

    De todas formas, a veces nos perdemos en reflexiones profundas sobre el contenido de las ideologías, su trasfondo filosófico, las corrientes de fondo, la “intrahistoria” etc, y nos olvidamos de la importancia definitiva de la historia de toda la vida, la que aprendíamos en el colegio, la de las batallas, los hechos políticos concretos, las personalidades, incluso las historias de alcobas reales. Por supuesto lo uno y lo otro se entremezclan y son parte de la misma realidad. Quiero decir que lo que en unos sitios es un elemento de fricción política, en otros sitios con una historia distinta, no lo es. Me llevé una gran sorpresa (fruto de mi ignorancia, claro) cuando comprobé que contrariamente a lo que yo tenía asumido, aún hoy existen bastantes ciudadanos suizos, defensores a ultranza de la unidad e independencia de su singular país, que sólo son capaces de comunicarse en una de las cuatro lenguas que allí se hablan. De forma que es perfectamente posible que dos suizos, que viven en lugares próximos entre sí (lo son cualesquiera lugares en Suiza), no puedan entenderse más que chapurreando malamente el uno el idioma del otro o incluso chapurreando el inglés. Y sin embargo nada de esto parece afectar a su común “sentimiento de pertenencia” (odio esta expresión). Está claro que el conflicto lingüístico existe cuando interesa provocarlo por razones políticas (marcar el territorio). El conflicto no es un hecho natural e inevitable, no es inherente a la diversida lingüística, y no se produce cuando prima el derecho del hablante.

  4. El artículo de Madridejos, interesante, es bastante tramposo en la medida en que achaca la responsabilidad de lo que sucede en Bélgica a la comunidad valona. Se olvida de que el factor esencial para mantener una comunidad política con dos lenguas reside en que las dos comunidades aprendan y usen de modo efectivo la otra lengua. Si uno viaja a Bélgica, podrá comprobar que los flamencos dominan en mayor o menor media el francés (aunque no les guste utilizarlo) mientras que la comunidad francófona ignora olímpicamente el idioma de la otra comunidad. Bonita manera de defender la convivencia y la igualdad: que los demás aprendan mi lengua, muy bien, pero que nadie ataque mi sacrosanta libertad de expresarme sólo en francés. La comunidad francófona lo que pide es simplemente un bilinguísmo unilateral: que sean bilingues los flamencos.
    Y por ello, estos últimos tiran la toalla y declaran que, entonces, si de lo que se trata es de comunicarse, podrían hacerlo por ejemplo en inglés o alemán, idiomas por cierto mucho más próximos al neerlandés.
    Repito: ha sido, historicamente, el monolinguísmo radical de la comunidad francófona belga, que históricamente se ha considerado superior a los paletos flamencos católicos, la que ha sembrado la semilla de lo que ahora recoge.
    Echarle la culpa únicamente al nacionalismo flamenco y olvidarse de la negativa francófona a bilinguizarse es ignorar el principal factor del conflicto linguístico.


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