Posteado por: M | 30 abril 2010

La tragedia griega y el rapto de Europa

Otra vez el drama o el rapto de Europa, de su inoperancia, de su lasitud, de sus querellas interminables, de su déficit democrático, de su abrumadora burocracia, de su escaso dinamismo y su irremediable decadencia. En medio de la tragedia griega, de espaldas al flagelo del desempleo, cuando Eurolandia vacila y se inquieta, los eurodiputados de Estrasburgo se divierten con el nuevo y costosísimo juguete institucional del Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), creado por el tratado de Lisboa, el cual incorporará 5.000 burócratas a las pletóricas filas de la Comisión Ejecutiva y sus 27 comisiones irreductibles, mantenidas contra viento y marea porque no sería políticamente correcto herir las susceptibilidades nacionalistas de los pequeños Estados miembros.

Los problemas son los de siempre, pero enconados. Las dos velocidades instaladas de facto por la división entre la eurozona y los países que permanecen al margen, con Gran Bretaña como actor y agitador de la disidencia monetaria; los tradicionales desequilibrios entre el norte y el sur dentro del continente, a los que se añaden los derivados de la ampliación hacia el este de 15 a 27, imprudente por su precipitación; el incumplimiento de los criterios establecidos en el tratado de Maastricht (déficit, deuda e inflación) para proteger la unión monetaria, según el dictado de una Alemania reticente a cambiar el marco por su onerosa pero patriótica e irrenunciable reunificación.

A estas fallas de la intendencia hay que agregar las profundas grietas de la incuria institucional burocratizada y la impericia política y estratégica de los que teóricamente rigen ahora los destinos europeos. También el tratado de Lisboa instauró una presidencia permanente (dos años y medio) sin haber suprimido, como parecía lógico, la semestral rotatoria de todos los miembros. Nadie ha explicado bien por qué esa duplicidad tan evidente, un acicate peligroso para la prodigalidad en época de vacas flacas, un vulgar ejercicio de vanidad. El resultado no puede ser más deplorable. La agilidad y la coherencia que justificaron la reforma institucional se han evaporado para engendrar la parálisis.

Tanto el presidente permanente, el belga Herman Van Rompuy, como el rotatorio, el español Rodríguez Zapatero, desaparecieron durante el intricado debate sobre el rescate de monetario de Grecia. “Prácticamente invisibles”, apostilla un analista norteamericano. Una invisibilidad que se extiende al presidente de la Comisión, el portugués José Manuel Barroso, y al presidente del Eurogrupo (la zona euro), el luxemburgués Jean-Claude Juncker. ¿Dónde están los presidentes?, grita un eurodiputado. Otra vez la reflexión horaciana del parto de los montes, ahora que el ratón ridículo tiene múltiples cabezas.

Otra expresión alarmante del Rapto de Europa, no por Zeus, ni por los demonios del pasado, que parecen bien sepultados, sino por esa incapacidad aparentemente congénita para organizarse y delimitar sin ambages su proyecto pese a los obstáculos. La Europa volatilizada en los Balcanes durante el decenio de las últimas guerras. Humillada por el volcán de Islandia que paraliza el tráfico aéreo o la tempestad griega que pone en peligro la unión monetaria. En la perspectiva histórica, la debilidad comunitaria siempre fue tributaria de la carencia de un genuino impulso político hacia “una unión cada día más estrecha”, como puede leerse en el tratado fundacional (1957), o al menos, para dotarse de la estrategia más conveniente para la buena salud de la moneda común.

Declinante la estrella de Nicolas Sarkozy, absorbido por los problemas internos, y sin duda averiada la locomotora franco-alemana, Alemania vuelve a estar en el centro del continente, atraída por la marcha hacia el este, y ostenta un poder que sigue suscitando malos recuerdos. La cancillera Angela Merkel suple con tesón su precario carisma. Alemania ha dejado de ser el enano diplomático que fue durante la guerra fría y ha superado en poco tiempo la terrible cicatriz del muro, además de seguir como banquero y coloso económico. El problema no radica en Alemania, por supuesto, sino en los países que no cumplieron con lo pactado o que llegaron a falsificar las estadísticas, como Grecia, para incorporarse al paraíso prometido. Un Eldorado que adquiere los tintes sombríos del crepúsculo.

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