Posteado por: M | 3 mayo 2010

Bancarrota de Grecia, temores de Europa

La declaración de bancarrota del primer ministro griego, Giorgos Papandreu, y los planes de austeridad y rescate acordados con la Unión Europea (UE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) el 2 de mayo suscitan comentarios alarmantes y escépticos dentro y fuera de la zona euro. La pérdida de soberanía del gobierno de Atenas y su dudosa credibilidad para llevar a buen puerto tanto el draconiano recorte del gasto público como la profunda reforma de sus estructuras económico-financieras, junto con el temor del contagio dentro de la eurozona y las discusiones sobre la pertinencia del proyecto de salvamento por un préstamo de una cuantía sin precedentes (110.000 millones de euros), agitan las cancillerías y la prensa.

Dado que no soy un especialista de los asuntos económicos ni de los entresijos de los mercados, me limito a exponer algunas reflexiones que me suscita la lectura de los principales diarios europeos y norteamericanos.

  • Nadie parece seguro de que el plan de rescate, que se resume en préstamos casi usurarios, vaya a tener éxito, por lo que son numerosos los comentaristas que aluden a la necesidad de un plan B que entrañaría prácticamente la suspensión de pagos, la quita de un porcentaje sustancial y una vuelta de tuerca para situar a Grecia bajo una más estrecha tutela internacional. Otros llegan a la conclusión de que el chaleco de hierro colocado a los griegos no sólo los empobrecerá sino que desatará un proceso deflacionario, de crecimiento escuálido y, a la postre, de incapacidad para pagar la deuda. Las consecuencias políticas de tan exigente austeridad pueden ser devastadoras.
  • No se sabe si el rescate de Grecia calmará a los mercados o si, por el contrario, los especuladores se reorientarán hacia otros mercados también débiles, aunque no tanto, como Portugal, España, Irlanda e Italia, cuya competitividad está por los suelos y cuyos déficits presupuestarios o niveles de deuda superan con creces los parámetros fijados por el tratado de Maastricht (1992) para proteger la buena salud del euro.
  • En Alemania, que tiene la primera economía de la UE, puntal de la unión monetaria, la opinión pública despotrica del préstamo para los griegos malgastadores e imprevisores. El mundo empresarial y la clase política están profundamente divididos. Un sector importante del mundo de los negocios y de la Unión Social Cristiana (CSU), aliada bávara de la Unión Cristiano Demócrata (CDU), que es el partido de la cancillera Angela Merkel, preconizaban abiertamente la salida de Grecia de la zona euro, el retorno de la moneda nacional, la dracma, y su devaluación inmediata.
  • Merkel justificó el rescate por la necesidad de preservar la estabilidad de la eurozona e instó a los griegos a practicar las virtudes del ahorro y la contención, pero algunos mal pensados creen ver en la determinación impopular de la cancillera, coincidente con el perfil bajo o el silencio del muy locuaz presidente Sarkozy, la influencia y los temores de los bancos franceses y alemanes que son los principales tenedores de la deuda griega y que serían los más perjudicados en caso de quiebra y de quita.
  • No descansan los adeptos de las teorías conspirativas, incluso en la izquierda instalada, que ven en la bancarrota de Grecia una razón más para hilvanar la enésima diatriba sobre en la supuesta perversidad intrínseca del capitalismo, pero que jamás ofrecen una alternativa que no sea la fracasada y sangrienta del socialismo real. Tampoco se preguntan los utópicos o paranoicos por las razones que llevaron a los griegos a gastar mucho más de lo que era razonable, a endeudarse mucho más de lo que podían pagar, y a dilapidar sus ahorros o vivir muy por encima de sus posibilidades.
  • La otra teoría conspirativa apunta hacia una conjunción de los anglosajones (EE UU y Gran Bretaña) para enterrar el euro como una experiencia osada que puso en peligro la supremacía del dólar. La sospecha hubiera sido más plausible en otros momentos. Gran Bretaña no está para tirar cohetes, en vísperas electorales y con una deuda abrumadora, y la añeja alianza de Londres con Washington hace tiempo que se halla aquejada de parálisis. El presidente Obama está mental, cultural y estratégicamente muy lejos de Europa, y Wall Street, según parece, poco ganaría en estos momentos con un desastre en el Viejo Continente.
  • Si los millones para el socorro de Grecia se van a transferir principalmente de los ahorradores de Alemania, resulta lógico que los contribuyentes de ese país vituperen el festín griego al socaire del euro, incluyendo la falsificación de estadísticas, y exijan a la cancillera Merkel la imposición de unas condiciones tan estrictas como ineludibles. Lo mismo podrían hacer los españoles por la parte que les toca si no hubieran incurrido probablemente en los mismos excesos y no temieran un descalabro similar.
  • Si el severo plan de ajuste se cumple, si el círculo virtuoso impuesto por Bruselas y el FMI (menos gasto y más impuestos) no conduce directamente al infierno de la deflación, el retroceso del nivel de vida de los griegos se aproximará al 30 %. Nadie sabe si el gobierno socialdemócrata de Papandreu podrá resistir la sangría y la agitación de sus bases sociales, después de haber sacrificado todos los principios.
  • El tema de fondo radica en saber si la unión monetaria y el euro como moneda fiduciaria entre países muy heterogéneos (Alemania en un extremo, Grecia en el otro) fue una buena idea y, en caso afirmativo, si los mecanismos de control y salvaguardia eran insuficientes o no se aplicaron con el debido rigor. Como subraya el Financial Times, “la unión monetaria está mucho menos sólidamente construida de lo que proclamaron muchos políticos cuando el euro fue introducido en 1999”.
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