Posteado por: M | 8 mayo 2010

De Pakistán a Times Square

Luego de un primer amago oficial de rebajar la importancia del fallido atentado con coche bomba en Times Square, en el corazón de Manhattan, el 1 de mayo, la alarma, la histeria antiterrorista y la agitación política se adueñaron de los norteamericanos al toparse de nuevo con una información abrumadora y comprobar los fallos de seguridad en la persecución del sospechoso, su origen pakistaní y su nacionalidad norteamericana desde 2009, tras 11 años de residencia.

Según la confesión aireada por la policía, el presunto terrorista, sacado de un avión que estaba a punto de despegar hacia Dubai, permaneció en Pakistán durante cinco meses, antes de regresar a EE UU en febrero último, y fue entrenado en la región de Waziristán, de difícil acceso y fronteriza con Afganistán, esa especie de santuario donde confraternizan Al Qaeda, el Taliban Pakistani (Tehrik-i-Taliban Pakistan), y otros grupos extremistas, retaguardia y base de instrucción de los nuevos soldados de la guerra santa (yihad) de los islamistas contra Occidente.

La inquietud aumenta debido a los orígenes y la situación social del detenido, Faisal Shahzad, de 30 años, hijo de un alto funcionario pakistaní, bien educado, nacionalizado estadounidense, que nada tiene que ver con los parias o desheredados del ideario insurgente. Estudió ingeniería informática en EE UU y llegó a ser analista financiero, residente en Shelton, en el estado de Connecticut, vecino del de Nueva York. Bien vestido, con gafas ligeramente oscurecidas, su imagen occidentalizada contrasta con la del yihadista barbudo con túnica y turbante que aparece en los vídeos de la puesta en escena ritual y que tanto se prodiga en las cadenas de televisión.

El paralelismo hay que buscarlo, por el contrario, con los terroristas instruidos y entrenados del 11 de septiembre de 2001, que derribaron las Torres Gemelas y provocaron el apocalipsis en Manhattan, o con otros norteamericanos originarios de países islámicos, integrados en los suburbios de la clase media, pero ideológicamente radicalizados y subyugados por la yihad, como el médico militar Nidal Malik Hasan, que en noviembre del año pasado organizó meticulosamente una matanza en la base de Fort Hood (Tejas), donde asesinó a tiros a 13 personas, luego de haber seguido la prédica de Anuar al Aulaki, el reclutador de Al Qaeda.

Una descripción similar conviene al aspirante a suicida Umar Faruk Abdulmutallab, hijo de un banquero nigeriano, que con un explosivo sofisticado preparó meticulosamente el atentado para derribar un avión que se dirigía a Detroit, procedente de Ámsterdam, el día de Navidad de 2009. La seguridad falló porque Abdulmutallab, de conocida proclividad extremista, figuraba en la base de datos de los servicios secretos, pese a lo cual voló desde Lagos y trasbordó en la capital holandesa a un avión norteamericano sin que nadie se fijara en él.

En septiembre del mismo año, los servicios secretos fueron más diligentes. El afgano Najibullah Zazi, con residencia permanente en EE UU, entrenado igualmente en Pakistán, fue detenido y acusado de fabricar una bomba que debía colocar en el metro de Nueva York, en una operación instigada por un grupo conocido como Al Qaeda en EE UU. Otros proyectos suicidas fueron abortados por el FBI en Dallas y Springfield cuando los yihadistas trataban de obtener los explosivos. La pregunta es inevitable: ¿Cuántos terroristas potenciales viven entre los norteamericanos?

A pesar de esta cadena de atentados fallidos, la secretaria de Interior, Janet Napolitano, volvió a incurrir en el mismo error de edulcorar la situación con eufemismos como hizo, a propósito del terrorista de Detroit, cuando proclamó que los mecanismos de seguridad habían funcionado a la perfección, pese a las evidencias en contra. Napolitano presentó lo ocurrido en Times Square como un hecho excepcional (one-off) y añadió que la bomba era un artefacto casero, propia de un amateur, y que por eso no llegó a estallar.

Desde luego, Shahzad no era un fabricante de bombas profesional, pero estuvo muy cerca de conseguir sus objetivos.

Lo cierto es que el terrorista de Times Square vivía apaciblemente en un barrio de clase media, sin levantar ningún recelo, y logró hacerse con unos materiales corrientes, cuya adquisición no suscita sospechas en la policía, pero que supo ensamblar como una bomba y montar en el vehículo, además de añadir un temporizador, según lo aprendido en Waziristán, lo que implica un nuevo y muy peligroso peldaño en la formación de los guerreros de la guerra santa. Así es como nace el terrorista solitario y osado, supuestamente amateur, capaz de confundirse con el americano medio, y que no necesita de cómplices cercanos para organizar un asesinato masivo, aunque no es seguro que esta visión oficiosa sea un reflejo exacto de la realidad.

La realidad probablemente es mucho más intrincada. El señuelo del terrorismo, que hinca sus raíces en una cultura conflictiva y un perpetuo memorial de agravios, como parece confirmar el caso de Faisal Shahzad, no seduce a las masas de jóvenes desheredados que viven en los países islámicos, generalmente bajo regímenes despóticos, sino a los hijos de los sectores opulentos o funcionariales, o a los emigrantes frustrados, que estudiado en Occidente. Muchos de ellos incluso están integrados y nacionalizados, y algunos han nacido en Europa o EE UU, como los autores de los atentados de Londres (7 de julio de 2005). Los unifica su radicalismo, su receptividad ante el discurso sectario y su disposición al martirio como corolario de su metamorfosis ideológica.

La otra cuestión inquietante es que la mayoría de los aspirantes al sacrificio reciben entrenamiento militar en Pakistán, aliado tradicional de EE UU, en las zonas tribales occidentales, de población pastún, lindantes con Afganistán, que escapan al control del gobierno central o en las que existe una connivencia inextricable entre los grupos extremistas, entre ellos el Taliban Pakistani, y el Inter-Services Intelligence (ISI), los poderosos servicios secretos pakistaníes. La guerra por otros medios es letal e imparable. Los cabecillas refugiados en esas zonas son los principales objetivos de los aviones sin piloto (drones) que la CIA utiliza para sus asesinatos selectivos, según la escalada de operaciones decretada por el presidente Obama pese a las protestas de Islamabad.

Según un reciente estudio de la New America Foundation, un centro norteamericano de reflexión geopolítica, 8 de los 21 complots terroristas contra los países occidentales entre 2004 y 2009 se urdieron en Pakistán, y muchos de ellos fueron protagonizados por individuos originarios de países islámicos pero que residían en EE UU o la Europa occidental, vinculados a células dormidas, los fedayin listos para lanzar sus ataques en las principales ciudades y en los lugares más concurridos. En las zonas tribales de Pakistán se entrenan igualmente los yihadistas que luego pasan a Afganistán para hostigar a las fuerzas de la OTAN.

Algunos hechos y circunstancias demuestran los fallos en el sistema de seguridad y explican la alarma y las críticas del público, a pesar de los miles de millones de dólares destinados a la lucha contra el terrorismo (más de 40.000 millones desde 2001). Porque los servicios de inteligencia fracasan cuando el terrorista recorre todo el camino del crimen pero un fallo técnico sin intervención policial impide que lo consume. Nadie ha explicado bien cómo transcurrió el procedimiento de Shahzad para obtener la nacionalidad norteamericana, o cómo logró despistar durante algunas horas al FBI en su huida, ni cómo fue posible que lograra subir a un avión con destino a Dubai, en el aeropuerto JF Kennedy, a pesar de que no era un profesional de la fuga y además figuraba en la lista de los que tenían prohibida la salida del país. También queda en el aire la cuestión de saber quién reclutó a Shahzad y cómo y cuándo fue adoctrinado antes de su estancia en Waziristán.

Al día siguiente del atentado fallido de Times Square, el Taliban Pakistani utilizó un vídeo para reclamar la autoría de lo ocurrido, pero tres días después, un portavoz de la organización negó cualquier vínculo con Faisal Shahzad. Añadió, no obstante, que han introducido suicidas en EE UU que llevarán a cabo su sagrada misión en el momento oportuno, como antes había anunciado su líder, Hakimullah Mehsud. Este juego siniestro se explica por la nebulosa de grupos que se consideran en guerra contra Occidente y especialmente contra EE UU, pero añade un factor de incertidumbre a las dificultades con que tropiezan los servicios de seguridad.

La guerra contra el terrorismo declarada por el presidente Bush en 2001, tras los atentados que derribaron las Torres Gemelas de Nueva York, prosigue con parecida intensidad y unos gastos exorbitantes, pero la polémica política se intensifica cada vez que se produce o se frustra un atentado. Los republicanos y algunos demócratas insisten en que EE UU se halla en guerra contra el terrorismo y que los terroristas deben ser tratados como “enemigos combatientes”, encerrados en la prisión de Guantánamo y juzgados por tribunales militares.

La Administración de Obama, por el contrario, aunque no ha cerrado la prisión de Guantánamo, como prometió el presidente durante la campaña electoral, recusa el limbo jurídico en que se encuentran los prisioneros y propende a tratar a los sospechosos de terrorismo como si fueran delincuentes comunes que deben ser entregados a la jurisdicción ordinaria. La secretaria de Interior, Janet Napolitano, o el secretario de Justicia, Eric Holder, cuando rebajan la alarma, quizá actúan con el loable propósito de evitar el pánico, pero corren el riesgo de aparecer como apaciguadores o mal informados en cuestiones de seguridad, un asunto que estará muy presente en la campaña para las elecciones de noviembre.

Nada más conocerse los detalles de lo ocurrido en Times Square y la detención del sospechoso, Obama aseguró que “los norteamericanos no serán aterrorizados y no claudicarán ante el terror, ni serán intimidados”, pero no insistió más en el asunto y ni siquiera ha utilizado políticamente la detención de Shahzad, lo que ha dado pie para que algunos turiferarios ensalzaran “el profesionalismo tranquilo” del presidente, una actitud que contrasta con la retórica belicista de Bush en parecidas circunstancias, quizá concebida para no incomodar a los sectores izquierdistas del Partido Demócrata que reclaman una retirada de Afganistán.

El debate entre las exigencias de la seguridad ante el terrorismo y el respeto escrupuloso de las normas del Estado de derecho sigue abierto y a veces enconado. El New York Times salió inmediatamente en defensa de la Administración de Obama alegando que “el abandono de las instituciones democráticas ante el terrorismo es un acto de rendición que no hará que este país sea más seguro”, pero los senadores John McCain y Joseph Lieberman, éste independiente por Connecticut, reclamaron que Shahzad, aunque es ciudadano estadounidense, sea declarado “enemigo combatiente”, despojado de todos sus derechos y entregado a un tribunal militar.

Cabe preguntarse, desde luego, si la controversia sobre la guerra o el apaciguamiento tiene algo que ver con la realidad o sólo sirve para distraer la atención y alimentar la pugna política interna. La estrategia actual no difiere mucho de la tan denigrada de Bush. La diferencia estriba en que el escenario principal del conflicto se ha trasladado de Irak a Afganistán, pero los medios empleados en el combate son muy parecidos. Prueba inequívoca: los militares que dirigen los aviones sin piloto (drones) para los asesinatos selectivos en Pakistán tienen mucho más trabajo desde que Obama se instaló en la Casa Blanca. El presidente no ha conseguido liberarse de la hipoteca del terrorismo para trazar las grandes líneas de su política exterior y de seguridad.

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