Posteado por: M | 10 mayo 2010

Encrucijada británica

Los resultados de las elecciones generales británicas, además de no ser decisorios, dejan tras de sí un reguero de incógnitas que se resumen en un dilema de apariencia existencial: renovación acelerada o decadencia. Cuando la depresión económica se recrudece, el déficit fiscal alcanza niveles sin precedentes, la libra se debilita y la prosperidad se evapora, la crisis del sistema político reflejada en las urnas el 6 de mayo ensombrece los pronósticos. Puesto que los líderes de los partidos no han explicado en la campaña electoral la verdadera situación menesterosa del país, el despertar de las ilusiones electorales puede ser muy amargo.

El embrollo derivado del llamado Hung Parliament (Parlamento colgado o suspendido), es decir, sin mayoría absoluta, se ha producido otras veces (1910, 1923, 1929 y 1974 en el siglo XX), pero ahora la confusión es mayor, la retórica ha perdido fuerza y las maniobras parecen más sórdidas o intrincadas, debido tanto a la mediocridad de los líderes de los partidos como a la gravedad de los problemas acuciantes, con frecuencia enmascarados por la prudencia enfermiza y la permanente ambigüedad de los que redactan los planes y las propuestas. Programas similares, líderes sin carisma y un público escéptico y sin demasiado interés por los procesos electorales explican la baja concurrencia a las urnas (el 65 %).

Con estas elecciones, el Reino Unido entra de lleno en la senda de la postmodernidad, el multiculturalismo y la corrección política. Las principales recetas de los partidos sólo difieren en los detalles. “No hubo verdadera elección”, sentenció el historiador David Starkey. Nada comparable con la impetuosidad y el radicalismo de Margaret Thatcher en 1979, con su programa antisindical, su neoliberalismo a ultranza y sus rigores presupuestarios, o con la ruptura que implicaba el Nuevo Laborismo de Tony Blair en 1997, una revisión histórica que sacó a la socialdemocracia de su pereza intelectual y sus anacronismos, luego de una dolorosa convalecencia de 20 años en la oposición.

Blair mantuvo algunos criterios económico-financieros de Thatcher y adoptó otras medidas que alejaron al laborismo de su estrategia tradicional: garantizó la independencia del Banco de Inglaterra, mejoró los servicios públicos (sanidad y educación, en primer lugar) y rechazó tanto la subida de impuestos como la distribución de rentas tan cara a los socialdemócratas. Fue el milagro de la tercera vía: impuestos bajos y gasto elevado, inflación contenida y casi pleno empleo. La City se convirtió en la primera plaza financiera de Europa y en paridad con Nueva York. Y la burbuja empezó a crecer.

El laborista Gordon Brown, sin carisma y con fama de colérico, mal comunicador y escaso de ideas, resulta impopular dentro incluso de su partido, ya que no fue elegido por éste sino designado por Blair. Durante 10 años fue un excelente segundón, un canciller del Exchequer que liberó al primer ministro de la enojosa carga de gestionar la intendencia. Al frente del Gabinete desde 2007, su gestión de la crisis económica le otorgó algún crédito, pero insuficiente para resistir los embates del desempleo, el recorte presupuestario, la devaluación de facto de la esterlina y su pésima relación con el mundo financiero. Al tratar de aferrase al poder, a pesar de haber perdido las elecciones, empeoró su imagen hasta el punto de que los periódicos populares lo zahirieron y retrataron como “el okupa del 10 de Downing Street”.

El líder conservador, David Cameron, más simpático que Brown, pero demasiado optimista, ideológicamente en el centro, adepto del soft power, tampoco encandila a muchos de los suyos ni ha conseguido pescar votos en los caladeros de la izquierda después de haber roto con el legado más polémico de Thatcher en asuntos como la ecología, la represión de la delincuencia y el respeto de la diversidad étnica y cultural como una de las características de la nueva Gran Bretaña. Pero cuando el desempleo aprieta, resulta muy difícil eliminar de la memoria colectiva el recuerdo de la polarización tradicional que representan los dos grandes partidos.

El outsider, el tercer hombre, el liberal-demócrata Nick Clegg, apareció en el firmamento, ante todo, como una estrella mediática, sin la consistencia ideológica necesaria para encarnar una verdadera alternativa, por más que The Guardian lo presentara como ”el candidato del cambio”. Su única nota distintiva: el europeísmo. Pero no basta con exigir la revisión de las reglas del juego electoral. Su efímero e inesperado triunfo se produjo en el primer debate electoral, pero sus malos resultados en las urnas subrayaron los obstáculos que debe superar una tercera fuerza en el rígido sistema del bipartidismo imperante durante los últimos setenta años.

El legendario The Times presentó los resultados como una sanción contra la clase política y una consecuencia de la antipatía y hasta el desprecio que despiertan los líderes. Y resulta un poco chocante que el diario que simboliza las tradiciones británicas expresara un veredicto de rebeldía: “Lo que los electores desean verdaderamente es que desaparezca el orden antiguo”. Desde luego, los electores han dado la espalda al Partido Laborista, que llevaba 13 años en el poder, pero no se han echado en brazos del Partido Conservador. El Partido Liberal Demócrata, en vez de aprovechar esta ocasión histórica para quebrantar decisivamente el bipartidismo, no pudo romper los grilletes del escrutinio mayoritario por distritos y acabó perdiendo votos y escaños con relación a 2005.

Los votantes expresaron su desconcierto en las urnas y no han recuperado la confianza en las instituciones, sino que han dado rienda suelta a todos sus agravios y recelos debido al escándalo de los gastos de los diputados de todos los partidos, trucados o exagerados, que hizo aflorar una repulsiva y extravagante solidaridad en la casta de la Cámara de los Comunes, en connivencia con el sector financiero de la misma y corrupta élite. Pero si los electores demostraron su desdén por los parlamentarios, los resultados no permiten adivinar cuáles son sus prioridades para superar la crisis que afecta a todo el sistema y, por supuesto, a su nivel de vida.

El Partido Liberal Demócrata parece tener una única exigencia irrenunciable: corregir la palpable injusticia del sistema electoral para lograr alguna forma de proporcionalidad. Ahora bien, los sistemas electorales no persiguen sólo la justicia estricta del reparto del poder según los sufragios obtenidos, ideal pocas veces logrado, sino que se establecen en función de otras demandas razonables de eficacia y estabilidad. El sistema mayoritario, uninominal, por distritos y a una sola vuelta, según el criterio de que el ganador obtiene el escaño y los demás candidatos quedan eliminados (winner takes all, el vencedor se lo lleva todo), el mismo que rige en EE UU, genera mayorías consistentes, al exagerar la tendencia, y garantiza la estabilidad de los gobiernos y el cumplimiento de los programas.

El escrutinio mayoritario por distritos, regido por unas normas no escritas y a veces harto alambicadas, plantea otro problema de gran calibre que igualmente produce clamorosas injusticias. Me refiero a la distribución y el tamaño de los distritos, en manos de una comisión independiente que en los últimos decenios ha creado una situación que distorsiona el mapa electoral y resulta muy favorable para el laborismo, con circunscripciones que oscilan entre los 50.000 y los 100.000 votantes, una horquilla a todas luces muy amplia que provoca distorsiones exorbitantes entre el porcentaje de votos y el número de escaños.

La mayor incongruencia aparece cuando se comparan los resultados del Partido Laborista y del Partido Liberal Demócrata. El primero, con el 29 % de los votos, obtuvo 258 escaños, es decir, el 39,7 % de los 650 que componen la Cámara de los Comunes. El segundo, con el 23 % de los sufragios, sólo logró 57 actas, el 8,8%. Los conservadores lograron el 36,1 % de los votos y 258 escaños. Ante la disparidad de los distritos y la injusticia flagrante de la relación entre votos y escaños, los dos grandes partidos harán todo lo que esté en sus manos por impedir la reforma, cualesquiera que sean sus declaraciones para granjearse el apoyo o la neutralidad de los liberales.

El abandono de Brown como líder del laborismo es un paso importante para facilitar una coalición con los liberal-demócratas, pese a los inconvenientes que implica el pactar con el verdadero derrotado en las elecciones.

Cualquiera que sea el desenlace de las negociaciones en curso y la composición del nuevo gobierno, los retos son formidables y no admiten muchos aplazamientos. El ajuste tendrá que ser de caballo, pero los partidos ni siquiera se han atrevido a cuantificarlo por temor a una revuelta popular. Según los analistas económicos, el recorte de los gastos no podrá ser inferior a los 37.000 millones de libras (más de 42.000 millones de euros), ya que el déficit fiscal supera el 11 % del producto interior bruto (PIB), superior a los de Grecia (8,7 %) y España (10,4 %). Los partidos coinciden en el diagnóstico y apenas si difieren en el tratamiento de la enfermedad, pero las decisiones serán tan impopulares como difíciles de tomar por un gobierno frágil.

El prestigioso economista Martin Wolf resume la situación en el Financial Times: “Dada la magnitud del déficit, son inevitables las reducciones en la seguridad social y los salarios del sector público. En ausencia de ese plan, es muy probable que el país tenga que hacer frente a la ardua elección entre una mayor inflación y una nueva recesión o, peor aún, que no haya posibilidad alguna de evitar ambas a la vez.”

Esta opinión encaja perfectamente con las que, desde todos los ángulos del abanico parlamentario, lamentan las fracturas que se han producido durante el último decenio en el tejido social. El historiador Tony Judt lo hace desde la izquierda y el político Ian Duncan Smith desde los conservadores. Ambos insisten en el tema de la Broken Britain, la Gran Bretaña rota, y en la perspectiva de un declive inevitable que entrañaría el entierro de los sueños imperiales que empezaron a marchitarse en 1956 con la desgraciada aventura contra el gobierno de Naser en Egipto y la retirada definitiva al este de Suez.

Para salir del atolladero, además de introducir un draconiano plan de austeridad que corrija los excesos de los últimos años, los políticos deberán reflexionar sobre dos temas esenciales: la rebaja en las ambiciones de gran potencia, para ajustar los gastos a los ingresos, los fines a los medios, y la revisión de los lazos especiales con EE UU, en franco retroceso, aún no recuperados del desastre de la guerra de Irak. Estas dos exigencias serían más fáciles de cumplir desde una mayor vinculación a Europa y el ingreso en la eurozona.

Pero ya se sabe que los repliegues siempre son dolorosos, el europeísmo no está de moda y cualquier avance en esa dirección deberá desembocar en un referéndum de resultado problemático. Una empresa que no podrá completar el gobierno débil que se haga con un poder hipotecado. Los británicos no tendrán más remedio que pasar de nuevo por las urnas antes de que puedan tomar decisiones dramáticas sobre su futuro

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