Posteado por: M | 22 mayo 2010

Prosigue el forcejeo sobre la bomba de Irán

La República Islámica de Irán prosigue adelante con su programa para dotarse del arma nuclear, pese a la oposición tajante de EE UU e Israel, poderes hegemónicos, que no parecen dispuestos a aceptar de buen grado una brusca alteración estratégica en el polvorín del Oriente Próximo. Durante la semana pasada, en Teherán y Nueva York, en una exhibición tan apresurada como sorprendente, los antagonistas desplegaron todos sus esfuerzos para no sufrir una derrota diplomática de consecuencias imprevisibles, pero no alcanzaron ningún acuerdo efectivo para contener la temible proliferación nuclear y la paralela carrera armamentista.

El 17 de mayo, el presidente iraní, Mahmud Admadineyad, se reunió en Teherán con el presidente brasileño, Luiz Inàcio Lula da Silva, y el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, para firmar conjuntamente un acuerdo de diez puntos que abre una supuesta vía para resolver la crisis derivada del programa nuclear del régimen de los ayatolás y su flagrante violación del Tratado de No Proliferación. Enésima maniobra del presidente iraní para ganar tiempo, fabricar la bomba y aspirar a un reconocimiento de facto como potencia nuclear, igual que ocurrió con Corea del Norte.

El punto crucial del documento turco-brasileño prevé que los iraníes almacenarán en la amistosa Turquía el uranio débilmente enriquecido a cambio de que la Unión Europea (UE) le entregue el combustible para el funcionamiento del reactor que fabrica los isótopos del combate contra el cáncer. Así se alcanzaría la utilización pacífica de la energía atómica en la visión idílica que sirve de propaganda a Admadineyad en consonancia con el orgullo nacional iraní.

Este acuerdo es similar al que EE UU e Irán anunciaron en Ginebra el 1 de octubre de 2009, tras una primera ronda de conversaciones bilaterales, pero que no pudo aplicarse por las divergencias surgidas dentro del régimen islámico. La frustrada pretensión de Obama de resolver la cuestión mediante “conversaciones con el enemigo” causó un gran impacto en Washington y alentó a los partidarios de endurecer las sanciones. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, se permitió un comentario sarcástico sobre la propuesta turco-brasileña, pero dejó bien sentado que nada cambia en el fondo.

Apenas 24 horas después, EE UU presentó en el Consejo de Seguridad de la ONU, con el visto bueno de los otros cuatro miembros permanentes (China, Rusia, Gran Bretaña y Francia), el borrador de una resolución para endurecer por cuarta vez las sanciones contra Irán por su negativa a cumplir con las anteriores que exigían una suspensión o una renuncia definitiva del proceso de enriquecimiento del uranio salvo que éste se realizara bajo rigurosa supervisión internacional. Los objetivos de las sanciones y las modalidades de su aplicación deberán ser negociados ulteriormente, cuando el proyecto se debata en el Consejo.

Las espadas siguen en alto y los planes para conjurar la crisis son impracticables. Las sanciones, como demuestra la historia de manera incontrovertible, no sirven sino para reforzar la obstinación del que recibe el supuesto castigo. En este caso, contribuyen a exaltar la retórica antinorteamericana de los sectores más intransigentes de la clerecía chií, de los que Admadineyad es su obediente y vociferante portavoz. Ni China, que importa petróleo y vende misiles, ni Rusia, gran proveedor del vecino del sur, perjudicarán sus intereses por impedir que Irán logre la bomba que ya tienen India, Pakistán, Israel y Corea del Norte.

Para que las sanciones fueran eficaces deberían afectar al petróleo –exportación de crudo, importación de refinado— y quebrantar de alguna manera el poder de la Guardia Revolucionaria, la milicia del régimen teocrático, un ejército pretoriano de 125.000 hombres, que reprime y controla a la oposición con mano de hierro desde las fraudulentas elecciones presidenciales de junio de 2009, hasta convertir al país en “una inmensa prisión”, según declara la esposa de Mir Hosein Musavi, el candidato derrotado hace un año. Las sanciones previstas en el borrador de resolución son más bien modestas y no existe el menor indicio de que puedan forzar al gobierno de Irán a aceptar la limitación significativa de sus actividades nucleares.

El problema de fondo está prácticamente bloqueado y las centrifugadoras siguen enriqueciendo uranio, si bien los técnicos no se ponen de acuerdo sobre el plazo para obtener los materiales que permitirían la fabricación del arma nuclear. Las sanciones económicas o el bombardeo israelí-norteamericano de las instalaciones no podrán impedir a largo plazo la emergencia de un Irán nuclearizado, sometido desde que Admadineyad llegó al poder (2005) a una creciente militarización. Quizá ni siquiera un improbable cambio de régimen en Teherán, pues los reformistas de la oposición consideran igualmente que un programa nuclear civil con fines pacíficos es irrenunciable. ¿Y qué ocurrirá cuando los ayatolás tengan la bomba y los misiles para transportarla?

En cualquier caso, la doctrina y el pragmatismo de Obama, que pueden resumirse en el principio de la apertura o la negociación con los enemigos de EE UU –the engagemant with America´s adversaries–, con Irán y Corea del Norte en primera línea, se encuentra en sus horas bajas. El respeto por los agravios legítimos, la disculpa por los errores del pasado y el diálogo sin condiciones previas, según la retórica empleada en el discurso de El Cairo por el presidente norteamericano, ahora hace un año, no han producido el milagro de la paz en ninguno de los puntos calientes del planeta. Pyongyang mantiene sus acciones intolerables y su retórica belicista, mientras Admadineyad pregona su antisemitismo delirante.

La única novedad de los últimos cabildeos diplomáticos es la aparición de Turquía y Brasil como patrocinadores de un plan para que Admadineyad pueda salvar la cara del régimen teocrático y dictatorial. La posición del primer ministro turco se explica fácilmente por la orientación crecientemente islámica de su acción exterior, pero la presencia inesperada de Lula en el papel de tonto útil del régimen oprobioso de Teherán resulta menos comprensible y mucho más polémica, incluso dentro de Brasil, por más que pueda estar en consonancia con el activismo y las ambiciones de un poder emergente que reclama su lugar entre las grandes potencias.

La incursión de Turquía y Brasil en un terreno resbaladizo, en un asunto vidrioso que será crucial para el balance de la presidencia de Obama, devuelve a la escena internacional la nostalgia del neutralismo, la vieja idea de la supuesta autoridad moral para mediar entre los grandes, en decadencia irremediable desde que desapareció la URSS (1991). Unos neutralistas que aumentan la confusión y las incertidumbres que reinan en Washington, dado que Obama no logró ningún dividendo de su trato con Teherán, un régimen islamo-fascista, “mezcla de romanticismo político, de racionalidad técnica, de fanatismo frío, de obediencia incondicional”, según la descripción del especialista francés Fréderic Tellier.

Los neutralistas, muy activos en la década de los 60 del pasado siglo, resurgen también en Europa como partidarios de un supuesto poder moderador entre Occidente y los Estados de las zonas conflictivas. La multipolaridad llevada a sus últimas consecuencias, pero sin reparar en su palpable inoperancia. Esa orientación geoestratégica estuvo alentada por el multilateralismo y el apaciguamiento predicados inicialmente por Obama, pero cada día tiene menos partidarios en Washington. Los realistas en boga, como se deduce de las últimas reflexiones del Pentágono, apuestan tanto por las sanciones como por los planes de intervención militar.

El dilema es el mismo: vivir sobresaltado con la bomba de Irán o atacar militarmente sus instalaciones nucleares. Después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, el presidente Bush y sus consejeros probablemente se equivocaron por creer que la República Islámica se encontraba al borde del colapso y que no era oportuno tratar con un régimen muy cercano al basurero de la historia. Nada más llegar a la Casa Blanca, Obama cambió de rumbo y expresó su firme voluntad de parlamentar con Admadineyad y su cohorte clérico-militar. Los frutos de la aparente distensión han sido decepcionantes.

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