Posteado por: M | 24 mayo 2010

Una ola de pesimismo invade Europa

Con motivo de la crisis del euro, la prensa europea está atravesada por una fuerte corriente de pesimismo que denuncia el cretinismo de la clase política, la impostura de los burócratas, la incuria de algunos gobiernos y el déficit democrático, para terminar pronosticando todos los desastres y entonando el réquiem por el modelo social europeo. En el primer plano del cuadro aparece desenfocado el viejo pánico francés de la conversión de la Unión Europea (UE) en una Europa alemana, cuya expresión más irritada e irrisoria corrió a cargo del presidente Nicolas Sarkozy, actuando como el gallo de Morón, cacareando frente a las exigencias de la cancillera Angela Merkel, en la madrugada amarga en que se aprobó en Bruselas el plan de salvación del euro antes de que abrieran los mercados (10 de mayo, lunes).

Todos los principios de la unión monetaria fueron sacrificados con el pretexto de combatir la denostada especulación, pese a que los tratados de la UE proclaman sin ambages que ningún país puede endosar la responsabilidad de las deudas de otro. Se encargó de recordarlo el muy eurófilo Frankfurter Allegemaine Zeitung, el gran diario de Fráncfort, donde tiene su sede el Banco Central Europeo (BCE). El periódico lamentó la pérdida de independencia del BCE, conminado por los políticos a recomprar una parte de la deuda de los países miembros golpeados por la crisis, vulnerando todos los principios del pacto de estabilidad.

Según los iniciados en los efectos dramáticos de las cumbres europeas, el presidente Obama estaba tan alarmado, temeroso del contagio transatlántico, que llamó a Merkel para implorar flexibilidad e impulsar el astronómico plan de salvamento: 750.000 millones de euros para estabilizar la eurozona y evitar la quiebra de varios países, España entre ellos, una operación problemática que ya abordé sin complacencia en un artículo anterior. Sigo pensando que el aumento de la deuda sólo servirá para agravar la situación si no se imponen los sacrificios que demanda el sentido común.

Cuentan las crónicas que Merkel y Sarkozy escenificaron un furioso e insólito debate. El presidente francés amenazó con abandonar el euro y restablecer el franco, una bravata que nadie creyó pero que puede dar una idea del acaloramiento de la disputa, Y si resulta que Merkel cedió, ante las presiones de ambas orillas del Atlántico, no es menos cierto y deplorable que los alemanes empiecen a formularse algunas preguntas que ponen en tela de juicio el futuro del proyecto europeo. “Ahora tenemos que pagar la factura del desastre de la UE”, resumió a toda página el popular diario berlinés Bild Zeitung. “Alemania no puede convertirse en el pagador de Europa”, advirtió un economista del gobierno de Berlín.

Alemania aceptó el abandono del marco para construir a una eurozona estable con el prurito de ganar adeptos para la causa de la reunificación del país tras la caída del Muro de Berlín en 1989. Esa concesión financiera prorrogaba el consenso nacional de enterrar el nacionalismo y vincular muy estrechamente su identidad nacional y sus intereses nacionales con la causa de la unidad de Europa. La vieja conformidad germánica con el ideal europeísta, sin embargo, comienza a resquebrajarse como secuela corrosiva de la crisis del euro y el mal comportamiento económico-financiero de algunos países de la eurozona, atrapados entre los barrotes de la deuda irresponsable, el déficit creciente y la escasa competitividad.

El plan de salvamento de los 750.000 millones de euros no resuelve los problemas de fondo de la los países de la UE. Los mercados no se calmarán hasta que se separa con claridad cómo van a superar los países afectados (Grecia, España, Portugal, Irlanda, Italia y Reino Unido) los déficits abismales, porque ya se sabe que los especuladores o inversores, que tienen a su cargo los ahorros de millones de personas, no se dejan impresionar por las baladronadas o los insultos, sino que exigen hechos para restablecer su confianza en los países en que invierten.

Como comenté en un análisis reciente, lo que está en juego es el Estado del bienestar, el modelo social europeo, en una situación caracterizada por los déficits abultados, la caída de los ingresos fiscales y el envejecimiento galopante de las poblaciones. Las reformas estructurales devienen inaplazables.  “Hasta ahora, la reacción ante los esfuerzos de los gobiernos para recortar el gasto ha sido pesimista y airada, en el bien entendido que el actual sistema es insostenible”, resume un cronista del International Herald Tribune, el periódico global norteamericano.

Tras recordar que el modelo social europeo ofrece “generosas vacaciones y jubilaciones tempranas, sistemas nacionales de salud y todos los beneficios del Estado del bienestar, en contraste con el capitalismo norteamericano comparativamente más duro”, el periódico concluye: “Los problemas son incluso más agudos en las nuevas democracias de la zona euro –Grecia, Portugal y España—que abrazaron los ideales democráticos europeos y que Europa acogió por razones políticas, quizá antes de que sus economías estuvieran preparadas. Esos países han construido pródigos sistemas estatales a la sombra del euro, pero ahora deben cambiar.”

“Los Países Bajos deben salir de la zona euro”, podemos leer en grandes caracteres en un periódico de Rótterdam, recogiendo las declaraciones de un reputado profesor de economía que aboga por una unión monetaria de Holanda y Suiza. “Fin del euro y de los sueños de grandeza”, constata, a su vez, un profesor de la Escuela Politécnica de Varsovia. En la portada de la revista italiana de geopolítica Limes podemos leer: “L´euro senza Europa”, un exhaustivo informe en el que se desgrana la vieja teoría europeísta según la cual no es posible que una moneda común funcione sin una mayor integración política.

Según el analista Thomas Friedman, que escribe en el New York Times, la época de los regalos del Estado ha terminado y llega demoledora la de los sacrificios, de la austeridad y el rigor. No es posible extender los programas sociales sin subir los impuestos, como prometían los progresistas. “Han terminado los días fáciles para países como Grecia, Portugal y España, pero también para nosotros”, reconoce el francés Laurent Cohen-Tanugi.

Todas estas reflexiones indican claramente que se cerró abruptamente el período de las vacas gordas y que los españoles tenemos asegurada la cura de caballo de la austeridad y la pérdida inevitable de algunas prestaciones o ventajas sociales. Y habrá que trabajar más y aceptar la pérdida o el drástico recorte de la soberanía económico-financiera. Los europeístas a ultranza quizá estén de enhorabuena. ¡Qué decidan ellos! El consenso internacional sugiere que no hay otro camino, digan lo que digan nuestros políticos. ¿Cómo responderán los que se sientan engañados y que será de los falsos profetas, políticos tan mediocres como arrogantes, que nos condujeron hasta el abismo?

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Responses

  1. Valiente análisis con bien expuestas y acertadas conjeturas. Muy real es, esto deberían saberlo los políticos, que el mercado no se deja impresionar con medidas políticas que no esten en consonancia con una drástica rfedcucción de los gastos públicos que a su vez de paso a la confianza necesaria para la inversión


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