Posteado por: M | 29 mayo 2010

La enésima crisis de Corea perturba la estrategia de China y EE UU

Mientras la dictadura comunista, anacrónica, cruel y extravagante de Corea del Norte golpeaba con furia los tambores de la guerra, la diplomacia norteamericana se desplazó con todos sus efectivos a Beijing para hacer negocios y cortejar de nuevo al presidente Hu Jintao, pero no obtuvo ningún resultado tangible: el yuan se mantendrá artificialmente devaluado y el déspota norcoreano Kim Jong-il, pese a su enfermedad y sus repetidos eclipses, seguirá profiriendo baladronadas sin que el protector chino mueva un dedo para taparle la boca. La geopolítica asiática permanece dominada por el intratable conflicto coreano, 57 años después de que el armisticio de Panmunjom (27 de julio de 1953), en el famoso paralelo 38, mitigara la guerra fría en su paroxismo.

La secretaria de Estado, Hillary Clinton, y el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, pasaron dos días en Beijing (25-26 de mayo), de donde salieron un poco cariacontecidos, sin novedades sobre Corea del Norte, Irán y otros temas  mundiales de candente actualidad y desacuerdo. La conjunción Chimérica (China y América-EE UU como potencias hegemónicas) está en franco declive. Los dos enviados de Obama, muy representativos de su pragmático gobierno, estuvieron acompañados por más de 200 altos funcionarios, la más nutrida delegación de todos los tiempos, pero sus interlocutores no se dejaron impresionar por lo abultado del séquito y el exceso de expectativas.

Al día siguiente, al llegar a Seúl, para reafirmar la tradicional alianza, la secretaria de Estado, además de vituperar a Pyongyang, se limitó a comunicar que había mantenido “productivas y detalladas discusiones acerca de Corea y que los chinos entendieron la gravedad de la situación”, frase que, por ocultar o edulcorar el fiasco, ahondó el pesimismo de la tribu periodística que la acompañaba. No hubo más comentarios sobre esta segunda escala de Clinton en la capital china en el año que lleva en el poder.

Los chinos ni siquiera aceptaron el resultado de la investigación internacional, encargada por Corea del Sur, según el cual la corbeta surcoreana Cheonan fue hundida el 26 de marzo último por un torpedo de un submarino norcoreano, cuando se encontraba en la frontera marítima disputada del mar Amarillo, en un acto de agresión no provocado que desencadenó la crisis. No obstante, el primer ministro chino, Wen Jiabao, en su visita a Seúl, trató de matizar la crueldad oficial para mostrarse sensible ante la ira de los familiares de las víctimas.

El gobierno de Beijing no dará ningún paso susceptible de provocar agitación o disturbios en contra del régimen tiránico de Corea del Norte, cuya primera consecuencia sería una oleada de refugiados hambrientos. El déspota Kim Jong-il fue recibido en Beijing a principios de mayo y regresó a Pyongyang, como es habitual, con los subsidios que necesita para el mantenimiento asistido de su régimen. Unos cambios súbitos en Corea del Norte, como consecuencia de la muerte o incapacidad del sátrapa, podrían obligar a Beijing a una intervención más directa de consecuencias imprevisibles.

Los dirigentes chinos, que tienen en Corea del Norte un cliente tan fiel como incómodo, sobre el que ejercen un protectorado de facto, por mucho que disimulen, consideran que la división de la península coreana, uno de los últimos vestigios de la guerra fría, constituye un aspecto irrenunciable de su política exterior en el complicado tablero de la cuenca del Pacífico, mientras que Corea del Sur y Japón –además de EE UU–  se inclinan por una reunificación democrática en el estilo de lo que ocurrió entre las dos Alemanias. Una reunificación  que sigue bloqueada porque choca con los cálculos estratégicos de Beijing.

Aunque no cabe duda de que China protege al régimen norcoreano, las relaciones entre ambos “países hermanos” en el reducido universo comunista nunca fueron cordiales. El resentimiento histórico y difuso de los coreanos está muy arraigado. Algunos periodistas occidentales que pudieron visitar Corea del Norte tropezaron fácilmente con algunas opiniones nacionalistas oficiosas que no se privaron de acusar a los chinos de aprovecharse de sus debilidades para acaparar sus riquezas.

La cuestión coreana no sólo perturba periódicamente las relaciones chino-norteamericanas, sino que, 57 años después del armisticio de Panmunjom, se ha convertido también el principal motivo para que Japón y Corea del Sur mantengan y refuercen incluso su alianza militar y económica con Washington. La creciente arrogancia de Beijing o sus intermitentes reclamaciones territoriales o marítimas alarman incluso a muchos países que no pueden inscribirse en la órbita de Washington, como Vietnam, Malasia o Indonesia, pero que buscan algún tipo de escudo estratégico ante el poderoso vecino del norte.

El primer ministro nipón, Yukio Hatoyama, que en campaña electoral abogó por el cierre de la base norteamericana de Okinawa, último vestigio de la ocupación, anunció que estaba dispuesto a buscar un nuevo emplazamiento para recolocar a los marines y sus pertrechos en suelo japonés.

Este viraje de Tokio se produjo inmediatamente después de que la comisión internacional (20 de mayo) culpara a Corea del Norte por el hundimiento de la corbeta surcoreana, un auténtico acto de beligerancia que causó la muerte de 46 marinos. El informe de los expertos suscitó una fuerte emoción en Seúl y la adopción de medidas sin precedentes desde hace más de diez años, tanto militares como económicas. El presidente Lee Myung-bak repudió la política de apaciguamiento y cooperación (sunshine policy) de sus dos predecesores y anunció que Corea del Norte es el verdadero el archienemigo al que hay que vigilar muy estrechamente.

Pyongyang replicó insistiendo en que nada tenía que ver con el hundimiento del navío, cortando todas sus comunicaciones con Seúl y cerrando el espacio aéreo, mientras colocaba en alerta al millón de hombres que mantiene en el ejército popular. La guerra psicológica estaba en marcha, la escalada retórica seguía los patrones conocidos y EE UU, por boca de Clinton, fustigó a Corea del Norte y dejó bien sentado que trataría de que el Consejo de Seguridad de la ONU le impusiera nuevas sanciones por su comportamiento criminal.

Ésta es la enésima crisis entre las dos Coreas, pero una de las más peligrosas, porque es la primera desde que Pyongyang llevó a cabo sus dos explosiones nucleares comprobadas (una en 2006, la otra en 2009, poco después de que Obama tomara posesión) y coincide con el arduo proceso de sucesión de Kim Jong-il, de 68 años, cuyo delicado estado de salud y sus planes de crear una dinastía comunista figuran en todas las reflexiones de los servicios secretos estadounidenses y de los especialistas en el régimen más hermético y tiránico del mundo.

El presunto heredero es el tercero de los hijos conocidos del dictador y se llama Kim Jong-eun, de 27 años. “Kim Jong-il necesita alimentar un clima prebélico en el interior para presionar a favor de su hijo” ante el otro gran poder del país, la jerarquía militar dentro del Partido del Trabajo (comunista), según un analista del Instituto para la Unificación Nacional de Seúl. Antes de que sucediera a su padre Kim Il-sung, “el muy amado líder”, muerto en 1994, creador de la República de Corea del Norte y de la dinastía comunista, la candidatura de Kim Jong-il, pese a su fama de dipsómano, fue realzada para consumo interno por varios hechos de armas. Actualmente es secretario general del partido y preside la Comisión de Defensa Nacional que, a imitación de su homónima china, interviene en todos los asuntos cruciales.

La sucesión dinástica, sin embargo, no está garantizada. La otra solución probable sería la de preservar la dirección colectiva del partido y el ejército, ya que en las filas de éste se observan algunas discrepancias que tienen mucho que ver con el choque de generaciones. El desarrollo reciente de una economía paralela y semiclandestina sobre las cenizas de la planificación favorece la corrupción y debilita el control del régimen, aunque haya mitigado las hambrunas. Y no se puede descartar la hipótesis de un súbito colapso del régimen que crearía una situación muy peligrosa.

El temor al caos, la posesión del arma nuclear y la perspectiva de una pesada carga financiera explican la política de inversiones y ayuda económica de Corea del Sur, con más del doble de población y un nivel de vida incomparable, unas diferencias mucho más acusadas que las que existían entre las dos Alemania en 1989. El éxodo desde el norte podría alcanzar proporciones bíblicas.

De todas maneras, hace mucho tiempo que el régimen de Corea del Norte actúa al margen de la ley, como un delincuente internacional que comete actos de guerra o terroristas para mantener uniformado y en prisión a un pueblo al que ni siquiera puede alimentar, ya que un tercio de los 25 millones de norcoreanos está sometido al flagelo permanente del hambre. El comportamiento criminal fue iniciado por el creador de la dinastía, Kim Il-sung, al que se rinde aún un culto de la personalidad que supera con creces al de Stalin en sus momentos más inhumanos. La trayectoria delictiva del régimen norcoreano resulta absolutamente escandalosa por su impunidad.

En enero de 1968, un comando norcoreano trató de asesinar en Seúl al presidente surcoreano Park Chung-Hee, pero sin éxito. El 9 de octubre de 1983, durante una visita oficial en Birmania, cuatro ministros surcoreanos fueron asesinados mediante un atentado con bomba ejecutado por agentes norcoreanos. El presidente surcoreano Chun Doo-Hwan escapó ileso en el mismo atentado. El 29 de noviembre de 1987, 115 personas murieron la catástrofe de un avión de la Korean Airlines, provocada por un atentado con bomba a bordo preparado por los agentes de Pyongyang. Las escaramuzas terrestres y marítimas son continuas y a veces sangrientas en la frontera trazada por el armisticio de 1953.

La estrategia de confrontación del paranoico régimen norcoreano está buscada de propósito para reafirmar la dominación del déspota, justificar tanto el poder militar como el aislamiento del país y enmascarar con los llamamientos nacionalistas y militares la pobreza crónica y la dictadura implacable sobre unas necesidades jamás satisfechas, en chirriante contraste con el progreso de Corea del Sur y el nivel de vida de que gozan sus ciudadanos. Unos 30.000 soldados estadounidenses siguen estacionados cerca de la frontera delimitada por el armisticio.

Esta crisis pone en entredicho la estrategia de apaciguamiento promovida hasta ahora por Washington y Seúl. La negociación en plano de igualdad nunca dio resultado, ni siquiera con el respaldo teórico de China, de manera que Corea del Norte mantiene sus bombas nucleares y sus misiles, extrema la hostilidad hacia Corea del Sur y se mantiene al margen del sistema internacional, como el eslabón perdido de la pesadilla colectivista llevada a sus más grotescas consecuencias. Obama ordenó estos días una revisión de la política hacia Corea del Norte, pero aún estamos muy lejos del consenso entre los estrategas de Washington.

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Responses

  1. Para acercarse a un juicio que tuviera cariz de justicia habría que oir a las dos partes, previlegio negado a Corea del Norte que ve condenadas sus demandas antes de que estas se hagan. Nadie niega que el régimen despótico de Pyongyang, con su culto a la personalidad,como bien dices supera al de Stalin, es un obice para los que pensamos en un mundo más demócratico y libre. ?pero están los norteamericanos o sudcoreanos verdaderamente interesados en acabar con el régimen nordcoreano, o todo es un diabólico manejo para mantener la tensión alta en esta zona del mundo.
    No hay que olvidar que el Japón se muestra cada día más opuesto a que la base de Okinawa se mantenga abierta, base vital para la defensa de los EEUU ante un eventual conflicto con China.Los Coreanos del Sur se mantienen en una palabreria
    doblemoralista que los hace temblar de horror ante una posible reunificación y por último el Japón teme más a una Corea unida que segregada, ya que su influencia se vería disminuida con una Corea única.
    Los EEUU vienen actuando como pirómanos y bomberos de sus propios incendios
    de esto tenemos un importante legado de apoyo y rechazo a infinidad de conflictos por todo el mundo, ? 0 hemos olvidado el apoyo a Saddan Husein, a los régimenes déspoticos y criminales de América Latina e incluso al propio Bin Ladin, mientras éste fue bueno y luchaba contra los soviéticos en Afganistán.
    Mis conclusiones son que los Norteaméricanos no están interesados en acabar con las tensiones entre las dos Coreas,son muchos intereses los que se conjugan para esto no dudan en hundir barcos de guerra de su aliado sureño y echarle la culpa al norte, es una tradición que comenzó con la guerra contra España por la independencia de Cuba y que el tiempo y la historia nos contarán un día.


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