Posteado por: M | 3 junio 2010

El error de Israel y la apuesta de Turquía

Cualquiera que sea el juicio que se tenga sobre la operación naval israelí para impedir que la flotilla pro Hamás arribara a Gaza, todo parece indicar que los responsables políticos y los mandos militares de Israel cometieron un inmenso error con la pobre planificación y peor ejecución de una decisión intrínsecamente problemática que perjudica la reputación del Estado hebreo ante la comunidad internacional, confirma sus titubeos estratégicos y demuestra el adocenamiento de un Ejército (Tsahal) con fama de invencible en una guerra abierta, pero mal preparado y quizá poco motivado para las batallas no convencionales, cuando actúa como fuerza de policía.

Como nos enseña el apotegma clásico, el error puede ser peor que el crimen para el que lo comete. El fiasco de la operación naval deja un panorama diplomático completamente devastado que perjudica los intereses no sólo del Estado hebreo, sino también los de su aliado y protector, EE UU, en una región volátil y estratégicamente decisiva. Los que movieron las velas de la flotilla lograron colocar a Israel en la picota y a la defensiva, aislado frente a la opinión pública internacional, y provocaron al mismo tiempo una fuerte división interna sobre el bloqueo de Gaza implantado en 2007.

Tras la muerte de al menos nueve activistas en el abordaje, el gobierno conservador israelí, muy vinculado a la extrema derecha de los colonos, sufre el repudio universal y está más aislado que nunca, mientras que para la Administración de Obama, el incidente perturba de manera grave su acción diplomática y debilita su posición en la búsqueda de una salida para el desafío nuclear iraní y en las negociaciones de paz como mediador del conflicto entre Israel y los árabes, un año después de su resonante discurso de El Cairo, en el que expuso un programa que describió como “un nuevo comienzo” para cambiar en profundidad las relaciones con el mundo árabe-musulmán. “EE UU no está ni estará nunca en guerra con  el islam”, prometió Obama exactamente el 4 de junio de 2009.

Ante el triunfo propagandístico de Hamás, que se identifica con el integrismo islámico y que anima los proyectos violentos del radicalismo, negándose a reconocer a Israel, las conversaciones indirectas israelo-palestinas, bajo la égida de Washington, tan laboriosamente promovidas por el ex senador George Mitchell, experimentarán nuevas dificultades. El presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, no podrá negociar por persona interpuesta mientras la comunidad internacional sigue clamando justicia contra Israel.

Al permitir y quizá alentar que la flotilla fuera armada en Turquía y patrocinada por una ONG turca, el gobierno de Ankara manifiesta su determinación de romper la alianza histórica con Israel, como una prolongación de la OTAN en su flanco oriental, fundada en el sentimiento antiárabe de muchos otomanos, para sellar una apuesta por la solidaridad islámica y la protección calculada de Hamás. Se trata de un viraje diplomático de gran calado que suscita resistencia en los sectores secularizados y kemalistas del Ejército y la judicatura, pero que se reputa irreversible.

La súbita irrupción de Turquía en la enrevesada cuestión palestina, como aliada y protectora de Hamás, ha causado una sorda irritación en el mundo árabe, como puede deducirse si se comparan la reacción airada del primer ministro turco, Receep Tayyip Erdogan, y sus ministros con la mucho más moderada de los dirigentes árabes. Éstos siguen pensando que la solución del problema nacional palestino pasa por la reconciliación entre la Autoridad Palestina y Hamás, pero siempre que prevalezca la dirección de la primera.

Bajo la presión de los acontecimientos, Egipto abrió a regañadientes la frontera sur de Rafah con Gaza, igualmente cerrada desde 2007, pero teme que el triunfo envalentone a Hamás y, en consecuencia, sigue abogando por la mediación y la reconciliación entre las facciones palestinas bajo la dirección del presidente Abás.

Parece evidente que el bloqueo de Gaza, por más que hoy nos parezca insostenible, no es sólo una decisión israelí, como propalaban los heraldos de la flotilla, sino también de gran parte del mundo árabe, cuyos dirigentes en El Cairo, Ammán o Riad están alarmados por la creciente influencia de Turquía e Irán sobre los radicales palestinos e incluso sobre las organizaciones terroristas que les acompañan y medran con su desesperada situación. EE UU y la Unión Europea (UE) incluyen a Hamás en la lista infamante de organizaciones terroristas.

Un abordaje sangriento

Sin otros testimonios que los del Ejército israelí y los protagonistas de la expedición hacia Gaza, entre los fogonazos de la ayuda humanitaria, la propaganda y el turismo revolucionario, resulta prácticamente imposible conocer con certeza los detalles de lo ocurrido en la madrugada del lunes 31 de mayo, pero la versión de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF, en su sigla inglesa), según la cual los comandos de élite que abordaron el buque insignia de la flotilla, el Mármara Azul, estaban en peligro y temieron ser linchados, dice muy poco en favor de la preparación de esas unidades o del cálculo de sus jefes, pese a que la llegada de la flotilla se anunció con la antelación requerida por la propaganda.

La tesis de la provocación y la emboscada, defendida y apoyada con un vídeo por el Tsahal, resulta poco consistente si no se presentan pruebas más sustanciales. La prensa israelí y algunos periódicos extranjeros vinculados a las organizaciones judías se inclinan por fustigar el desastre militar y político. “Los partidarios de Hamás deseaban un éxito simbólico e Israel, como en otras ocasiones, ha caído en la trampa excediéndose en su actuación”, reflexiona un periodista judío norteamericano. Ya veremos hasta dónde llega la exigencia para que se concrete una investigación internacional y objetiva del sangriento abordaje, como reclama el muy pro israelí The New York Times.

Además del Mármara Azul, ferri de bandera turca, los otros cinco barcos de la flotilla se rindieron sin resistencia y fueron conducidos al puerto israelí de Ashdod. Transportaban 10.000 toneladas de material y de ayuda humanitaria. El periplo estaba organizado por una ONG islamista de Turquía y viajaban a bordo de los seis buques unas 700 personas: simpatizantes europeos de la causa palestina, radicales islamistas turcos, algunos dirigentes árabe-israelíes, una premio Nobel de la Paz irlandesa (Mairead Corrigan-Maguire) y hasta una superviviente del Holocausto. Tratarlos a todos como pacifistas me parece un exceso retórico debido al encono de opiniones que suscita el conflicto palestino.

En todo caso, los organizadores de la flotilla no forman un coro de almas caritativas, ni tampoco pacifistas, ni pueden enmascarar como operación humanitaria lo que a todas luces era una iniciativa político-estratégica para “liberar Gaza”, no se sabe muy bien si del bloqueo israelí o del fanatismo teocrático de Hamás. Está por demostrar, desde luego, que los armadores tengan vínculos con Hamás o Al Qaeda, como asegura Israel, pero sus diversas declaraciones sobre “la ruptura del asedio israelí” desbordan los límites de la acción humanitaria y apuntan al corazón del conflicto: el desafío político y la batalla propagandística.

La supuesta desobediencia civil de los embarcados no resiste el análisis cuando se conocen los antecedentes de la ONG turca que organizó la expedición. la Fundación de Ayuda Humanitaria (Insani Yardim Vakfi, IHH), próxima de los Hermanos Musulmanes, que mantiene estrechas relaciones con el islamismo radical, especialmente grupos argelinos e iraníes, y reclutó voluntarios para las zonas en guerra, como hizo para Bosnia. Algunos de sus miembros fueron detenidos y acusados de estar en relación con grupos terroristas, pero la investigación judicial decayó tan pronto como el partido islamista AKP y su jefe, el primer ministro Erdogan, ganaron las elecciones y se hicieron con el poder en 2003.

Desde entonces, Turquía tiene un gobierno que se define como “islamista moderado”, según aconseja la corrección política, pero que reprobó sin ambages la tradicional política exterior de alianza con EE UU e Israel para ponerse a la cabeza de la acción diplomática de la internacional islamista, con frecuencia disimulada tras las ambiguas proclamas de la alianza de civilizaciones que Erdogan patrocina conjuntamente con Rodríguez Zapatero. Ahora bien, la islamización creciente de Turquía que denuncia la oposición kemalista es una realidad incuestionable.

Las primeras declaraciones de Erdogan tras el trágico abordaje, vituperando a Israel como “un Estado terrorista”, confirman, en todo caso, la flaca memoria y la hemiplejia moral que aquejan al gobierno de Ankara, que pretende dar lecciones de derecho internacional, pero que persiste en su ocupación de la parte norte de Chipre, un estado amputado de parte de su territorio, miembro de la Unión Europea; se niega a reconocer el genocidio armenio o el exterminio de los kurdos  (45.000 muertos en los últimos 25 años) e incluso invade el Kurdistán iraquí cuando lo cree conveniente.

El reloj del primer ministro turco ya no marcha a la hora de Washington, sino de Teherán, como confirmó su reciente acuerdo con Brasil e Irán sobre el programa nuclear iraní. Su actuación en todo este asunto causa perplejidad por su extremismo poco diplomático y se presta al sarcasmo. “Que se sepa que Turquía no permanecerá inerte y silenciosa ante este acto de terrorismo de Estado inhumano”, remachó Erdogan. Las relaciones entre ambos países quedaron al borde de la ruptura después de que el ministro turco de Exteriores, a su vez, se refiriera al abordaje israelí como “un acto de piratería”.

A los numerosos compañeros de viaje de la flotilla organizada para socorrer a los residentes en Gaza se les presume tanto la buena intención como la parcialidad política, pero su excitante viaje no hubiera sido posible sin el apoyo del gobierno de Turquía, que así confirma su extraordinario viraje diplomático, compatible aparentemente con sus pretensiones europeas y su aspiración a convertirse en cabeza visible del movimiento islámico en los asuntos internacionales. Ankara empieza a mirar a Teherán tanto o más que a Washington.

La batalla de la propaganda

Ese fiasco en alta mar, según los términos empleados por un periódico hebreo, sugiere que Israel perdió la iniciativa, la clarividencia y la eficacia de otros momentos históricos igualmente conflictivos pero menos confusos, hasta el punto de que una operación de policía en aguas internacionales se convirtió en un abordaje con demasiadas víctimas y un desastre diplomático sin precedentes, como si la derecha nacionalista radical que encarna el poder sionista estuviera extrañamente dispuesta a suministrar armas y argumentos a sus recalcitrantes adversarios dentro y fuera del mundo árabe-islámico.

En el pasado –basta con pensar en la guerra de los seis días de junio de 1967–, el pequeño e invencible David hizo maravillas no sólo en el campo de batalla, frente al  Goliat árabe, sino también en el de la opinión internacional, así en EE UU como en Europa. Las cosas empezaron a torcerse con la primera intifada (1987-1993), el levantamiento palestino contra la ocupación de Cisjordania y Gaza, cuando se hizo patente que el Ejército israelí no exhibía su consabida maestría frente a una población civil armada con cuchillos, palos y piedras.

La última guerra del Líbano (julio de 2006) reveló súbitamente una espectacular novedad estratégica: la guerrilla de Hizbolá (Partido de Dios), hermanada con Hamás, tuvo éxito en el empeño en que habían fracasado reiteradamente los ejércitos árabes coligados: resistió los continuos embates de una de las maquinarias militares mejor engrasadas del mundo. Y la invasión y los bombardeos de la franja de Gaza, en diciembre de 2008, con el pretexto de impedir el contrabando de armas  y el lanzamiento de cohetes por Hamás, desembocaron finalmente en una matanza y un informe demoledor de una comisión supuestamente imparcial de la ONU, presidida por el juez Richard Goldstone, surafricano, que acusó a Israel de haber cometido “crímenes de guerra” y “crímenes contra la humanidad”.

Las reiteradas torpezas del gobierno de Jerusalén, insensible ante la situación inaceptable de Gaza, donde viven hacinados millón y medio de palestinos, y las fallidas o desproporcionadas expediciones punitivas del Ejército han provocado una crisis que amenaza con resquebrajar los pilares del Estado hebreo. Los servicios secretos, el legendario Mossad, no escapan tampoco a la degradación de las instituciones, como se puso de manifiesto con la chapuza del asesinato de un jefe de Hamás en Dubai, en febrero último, que causó una gran  crisis con los países europeos cuyos pasaportes fueron falsificados.

Hasta la propaganda populista israelí falló en esta ocasión, empecinada en negar con detalles grotescos que en Gaza hubiera nada parecido a una crisis humanitaria. La oficina del primer ministro, Benyamin Netanyahu, llegó a distribuir menús de los restaurantes de Gaza, reproducidos en la prensa adicta, para demostrar lo bien que se vive en un enclave que para muchos es la antesala del infierno. La sombría realidad, como demuestra el último informe de Amnistía Internacional, es que cuatro de cada cinco residentes de Gaza necesita ayuda externa para sobrevivir.

La difícil alternativa israelí

Israel nunca se sintió amenazado por las conminaciones o resoluciones de la ONU, sabiendo que puede contar con la protección inquebrantable de EE UU y de algunos Estados europeos. Por esa razón, los adversarios de Israel fustigan tanto la soberbia del gobierno de Jerusalén como la complicidad de sus protectores occidentales en la ocupación militar y la colonización, consolidadas después de la guerra de 1967. “¿Hasta cuándo la impunidad de Israel?”, se preguntaba Alain Gresh en Le Monde Diplomatique. Una pregunta meramente retórica que ni siquiera se plantea en los foros occidentales.

No obstante, la Unión Europea (UE) aprobó algunas resoluciones que exigen el respeto del derecho internacional, en lo que concierne a los territorios ocupados, y el levantamiento del bloqueo de Gaza, aunque sea sólo por razones humanitarias. En esta ocasión, el Consejo de Seguridad, tras un encendido debate, como es ritual, se limitó a pedir una investigación sobre lo ocurrido y a condenar los hechos, pero sin señalar a un culpable para impedir el veto de EE UU. .

Ante la prudencia habitual de Washington, que se limitó a expresar su “profundo pesar” y a pedir aclaraciones y detalles de lo ocurrido, la UE, una vez más, actuó en orden disperso. Los embajadores de los Veintisiete en Bruselas tardaron casi cinco horas en “condenar el uso de la violencia” por parte de Israel, pero no el asalto del buque en sí mismo, y algunos embajadores israelíes, como el de Madrid, fueron convocados para reclamar explicaciones, una fórmula diplomática que expresa una protesta moderada. Parece poco probable que la UE adopte alguna resolución que vaya más allá de la mera reprimenda moral.

Cinco años después de que las tropas israelíes y los últimos colonos evacuaran Gaza, el conflictivo enclave palestino, gobernado con mano de hierro por Hamás desde 2007, se ha convertido en una pesadilla para Israel y en una plataforma militar o terrorista para todos los sectores de la internacional que propugnan la yihad o guerra santa. Ante el dilema de estrechar el cerco de la franja, para evitar en lo posible que se convierte en un polvorín, o buscar el acomodo con Hamás, el gobierno israelí está en manos de los que preconizan una política de fuerza, pero el fiasco del abordaje es una dura lección para todos ellos.

Los sectores menos radicales de la oposición israelí consideran, por el contrario, que es conveniente promover una alternativa porque el aislamiento creciente del país, que se agrava con el mantenimiento de “la  prisión a cielo abierto de Gaza”, constituye una amenaza estratégica que se concreta en el programa nuclear de Irán y la militancia islamista de Turquía. Acusan al gobierno de Netanyahu de permanecer anclado en un dilema de guerra fría mientras el mundo acelera su marcha hacia nuevas estructuras diplomáticas y estratégicas.

“La negligencia de los dirigentes políticos amenaza la seguridad de los israelíes –editorializa el prestigioso diario Haaretz de Tel Aviv–. Alguien debe ser responsable de este desgraciado fracaso. La única manera de convencer a los israelíes y a sus amigos en todo el mundo de que Israel lamenta la confrontación y sus resultados, y de que aprende de sus errores, pasa por la creación de un comité de investigación del proceso de decisión que condujo al desastre, a fin de que los ciudadanos puedan decidir quién paga por esta peligrosa política.”

Esa alternativa para el desastre, enclaustrados psicológicamente desde hace tiempo los israelíes en “un gueto victorioso”, no puede ser otra que la contribución de buena fe al nacimiento de un Estado palestino, única manera de favorecer a los sectores moderados de la Autoridad Palestina, que se hallan inmovilizados desde 2007 entre la espada de Israel y la pared de Hamás, entre la arrogancia de los colonos y la tibieza o las aprensiones de una opinión pública corroída por el síndrome de Masada, símbolo de la resistencia ante Roma, de la fortaleza a ultranza y contra todo el mundo.

La misma opción que patrocina Washington, quizá sin la suficiente energía, a la que ahora se añade la conveniencia de levantar el bloqueo de Gaza, una situación que, como se ha visto, sólo favorece a los extremistas de Hamás. Un pronóstico relativamente optimista sólo podría formularse si la evolución de la opinión israelí forzara un cambio político en Jerusalén. Por el momento, en vez de estimular esa evolución, Obama no ha conseguido otra cosa que enconar las relaciones bilaterales, lo que demuestra, una vez más, la distancia insalvable entre la retórica del discurso de El Cairo y la insoportable realidad de Palestina.

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