Posteado por: M | 5 junio 2010

Alegato por Europa desde y contra Alemania

Con la primera y más dinámica economía de una Europa en inquietante crisis, Alemania, pacifista y laboriosa en el corazón del continente,  vuelve a presentarse en escena como un padre benefactor, sostén del euro y de todas las subvenciones imaginables e insostenibles de la Unión Europea (UE), pero también como una madrasta irritada que no está dispuesta a cargar con los errores y los dispendios de los países del sur del continente, endeudados hasta las cejas, con pujos de nuevos ricos, tópicamente perezosos, falaces además de manirrotos. Ante tanto despropósito consentido, algunos empiezan a sospechar que el derrumbe del euro y el caos son la temible alternativa de la Europa alemana.

Algunas lecturas resultan especialmente aconsejables para saber lo que nos pasa, estrujar un poco la memoria histórica y aventurar el porvenir. Me ha llamado poderosamente la atención un ensayo del filósofo Jürgen Habermas, sin duda una de las cabezas mejor amuebladas del continente, que publicó en mayo en la conservadora  y prestigiosa revista Die Zeit, de Hamburgo, y que constituye un fervoroso alegato para salvar a Europa del marasmo y enderezar su camino solidario y unificador. En europeísmo sin tacha recorre la larga reflexión del filósofo.

Nada que objetar a su pesimista esbozo de la situación, incluidas las referencias a “las trampas griegas” o “la ilusoria prosperidad española”.  Su juicio sobre la clase política alemana, sin embargo, debería ser matizado, por más que resulte comprensible el elogio de las generaciones precedentes, de Adenauer a Kohl, que tanto hicieron por reincorporar al país a las filas de las naciones civilizadas, y menos convincente la catilinaria contra las élites actuales, “que gozan de la normalidad recuperada del Estado-nación”, pero que adolecen de una falta deplorable de ambición política europea.

El meollo de su crítica apunta tanto al pueblo alemán en su conjunto, a su mentalidad actual,  como a sus dirigentes, con la cancillera Angela Merkel a la cabeza: “Estamos ante el final de la buena voluntad de un pueblo vencido, incluido en el plano moral, que se sentía obligado a la autocrítica y estaba dispuesto a encontrar su acomodo en una configuración postnacional” (¿un Estado paneuropeo y socialdemócrata?) Y la reflexión culmina con una profecía tan azarosa como preocupante: “La mentalidad egocéntrica de Alemania, desprovista de ambición normativa, no garantiza ni siquiera que la Unión Europea será preservada en su vacilante statu quo.”

Me parece razonable que el teórico del patriotismo constitucional y del Estado postnacional –como soluciones académicas y un tanto utópicas después del Holocausto– se sienta alarmado por el nuevo sarpullido nacionalista, con algunas notas xenófobas, suscitado por la crisis del euro en una Alemania reunificada y en vías de superar definitivamente el complejo de culpa que tanto condicionó a los dirigentes anteriores  a la caída del muro de Berlín (1989). A falta de una propuesta concreta, nos podemos quedar con el grito de alarma y con la vaga esperanza de llegar a adquirir algún día la ansiada conciencia de “compartir un destino común europeo”. Alemania parece haberse liberado de “la tiranía de la penitencia” y, por lo tanto, Europa debe saberlo y obrar en consecuencia.

Los dos grandes periódicos norteamericanos de la costa este, el New York Times y el Washington Post, se han ocupado con pocos días diferencia del problema de Alemania en la crisis del euro, el primero en forma de diatriba en un editorial titulado nada menos que “Alemania contra Europa” (26 de mayo), el segundo con un gran reportaje en que pretendía reflejar la compleja opinión alemana ante los últimos acontecimientos, desde el salvamento de Grecia a los altibajos de la moneda única (5 de junio).

El editorial del Times comenzaba por una suposición altamente polémica: “Ahora, en el peor momento posible, Alemania regresa a las ilusiones nacionalistas”, que equivale a mentar la soga en casa del ahorcado, y acusaba a la cancillera Merkel y en general a los políticos y comentaristas germanos de estar alimentado “las ideas autodestructivas” de que los profundos y actuales problemas son culpa de los otros, pero nada tienen que ver con su comportamiento.

Luego de resumir los cabildeos que precedieron al rescate de Grecia y la creación de un fondo teórico de 750.000 millones de euros para proteger el euro, el periódico neoyorkino repartía mandobles en un verdadero ejercicio de acusación colectiva: “Las economías más perturbadas de hoy en Europa –Grecia, España, Portugal e Italia—cargan plenamente con la responsabilidad por este desaguisado. Despilfarraron durante la burbuja. Fracasaron en la reforma de sus rígidos e ineficientes mercados laborales, así como en la contención el aumento de los costes que perjudicó tanto a la competitividad. El resto de Europa, incluyendo Alemania, debería haber demandado el ajuste mucho antes, pero no lo hizo.”

Finalmente, el New York Times criticaba los planes de austeridad que, a su juicio, pueden afectar negativamente a “la naciente recuperación de Alemania y su propia prosperidad.  Ésa es la otra dura verdad que la cancillera Merkel necesita decir a su partido y a su país.”

El reportaje del Washington Post llevaba un título turbador: “Los negocios alemanes podrían conducir al país fuera de la eurozona”, a modo de conclusión de diversas entrevistas con algunos dirigentes y pequeños empresarios de Fráncfort, sede del Banco Central Europa que gobierna la moneda única. Resumía el periodista: “Una cosa es compartir la divisa con Grecia y otra muy distinta compartir el futuro.”

Los alemanes en general defienden que la eurozona necesita unas normas más rigurosas y una aplicación más responsable. Y el cumplimiento de esas normas debe ser vigilado por la Comisión Europea  y las otras instituciones comunitarias, porque, en caso contrario, seguirá ganando partidarios la hipótesis derrotista de un empresario: “Incluso si ellos [Grecia, España, Portugal e Italia] arruinan el euro, Alemania es un país estable que siempre podrá obtener créditos.”

Pincha aquí para leer una traducción al español del artículo de Habermas

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