Posteado por: M | 9 junio 2010

Turquía e Irán propugnan un frente anti-Israel

El trágico episodio de la flotilla que pretendía llegar a Gaza, interceptada y desviada por las fuerzas especiales israelíes, vino a confirmar el viraje de 180 grados que se viene operando en la política exterior de Turquía desde que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), de orientación islamista y conservadora,  llegó al poder (2002-2003) al mando del actual primer ministro, Receep Tayyip Erdogan. Mientras Ankara congela sus relaciones con Israel y vuelve la espalda a Occidente, Teherán maniobra para crear un amplio frente antisionista que se perfila como un nuevo actor en una región convulsa y en acelerada carrera armamentista.

La alarma sonó en Washington y desconcertó a los consejeros de Obama y Clinton, más inclinados al apaciguamiento, a parlamentar con el enemigo más vociferante, que a dar por consumados los cambios estratégicos visibles y la osadía de las potencias emergentes que ya no respetan el statu quo.

Obama se siente incómodo con el gobierno israelí de Benyamin Netanyahu, siempre dispuesto a la exhibición de fuerza contra adversarios reales o supuestos, sin reparar en las consecuencias,  pero además asiste ahora con sorpresa al crudo revisionismo estratégico que llega desde Ankara, no por previsible menos inquietante. Un viejo aliado de la OTAN, desde el que se vigilaba el imperio soviético durante la guerra fría (1947-1989), está a punto de cambiar de bando, si es que no lo ha hecho ya, para integrarse en el bloque de países emergentes que pretende resucitar el neutralismo y aboga por un nuevo reparto del poder en el mundo globalizado. Quizá también para militar en el frente antisionista que predican los ayatolás.

En realidad, el divorcio se veía venir. Hace un mes, el primer ministro turco y el presidente de Brasil, Lula da Silva, causaron una fuerte irritación en EE UU cuando firmaron con el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, un acuerdo para el enriquecimiento de uranio, en el mismo momento en que la diplomacia estadounidense presionaba en el Consejo de Seguridad para promover nuevas sanciones contra el régimen teocrático de Teherán. Turquía aparece enfrentada a EE UU en los dos principales problemas de la región: respalda a Hamás en el conflicto palestino y reconforta las ambiciones nucleares de la teocracia iraní.

Otro de los efectos del abordaje de la flotilla con ayuda humanitaria para Gaza ha sido la aceleración de los preparativos para la creación de un frente panislámico anti-sionista, dirigido por Turquía e Irán, que propague el odio contra Israel entre los musulmanes.  La propaganda iraní se muestra delirante en la presentación del Estado hebreo como  “la vergonzosa entidad sionista”  y confunde la realidad con la utopía ideológica cuando asegura que Israel camina inexorablemente hacia su destrucción. El vesánico antisemitismo del presidente Ahmadineyad y la propaganda del régimen teocrático llegan a todos los terminales mediáticos vía satélite que el islamismo radical tiene establecidos en la gran comunidad de religión que se extiende desde Afganistán al norte de África.

Según Amir Taheri, que escribe en el Times de Londres, “Teherán ha conseguido influir en otros Estados musulmanes, pero no árabes, especialmente Turquía y Malasia, para que entren en conflicto con Israel, y ahora trabaja con otros, como Pakistán e Indonesia, para que se unan a la causa panislámica”, una especie de cruzada que Ahmadineyad llama “el asalto final contra el Estado sionista”. Uno de los primeros actos de esa cruzada será el envío de una nueva flotilla del Creciente Rojo para romper el bloqueo de Gaza.

Turquía fue el primer Estado de abrumadora mayoría musulmana que estableció relaciones diplomáticas con Israel, tan temprano como el 28 de marzo de 1949, menos de un año después de la fundación del Estado hebreo. Ambos países estaban vinculados, además, por un acuerdo secreto, el Peripheral Pact (1950), una alianza claramente antiárabe que ha quedado hecha añicos. El abordaje de la flotilla no hizo sino exacerbar las tensiones observadas desde hace varios años, a medida que avanzaba el islamismo en Turquía, y que adquirieron máxima notoriedad cuando Erdogan interpeló airadamente al presidente israelí, Shimon Peres, en la reunión de Davos en enero último.

Israel ha perdido un valioso aliado, el único que tenía en la región, y Turquía se aleja aún más del ideal kemalista de hacer compatible la fe musulmana de la mayoría de su población con los valores y las posiciones estratégicas de Occidente. Luego de que Erdogan retirara a su embajador en Israel, en protesta por el abordaje del Mármara Azul y la muerte de nueve activistas turcos, ambos países se enzarzaron en una enconada disputa y siguen esgrimiendo agravios recíprocos que se levantan como un muro que no será fácil derrumbar  a menos que cambien los gobiernos de Ankara y/o Jerusalén.

Un comentarista  israelí en el diario Haaretz, Aluf Benn, considera que el choque era inevitable porque si Erdogan milita desde hace tiempo por un frente panislámico, su homólogo israelí, Netanyahu, está alimentado la causa del Gran Israel y la xenofobia israelí contra las minorías y los extranjeros, en un clima de fortaleza asediada que ni siquiera se fía del gran aliado norteamericano.

Los dirigentes turcos vituperaron a Israel como un “Estado terrorista” y condenaron el “acto de piratería”, mientras los portavoces israelíes aseguraban que el desafío de la flotilla no se hubiera producido sin el estímulo y la colaboración del gobierno de Erdogan con los grupos islamistas radicales que habían organizado la expedición naval y se habían encargado de la agitación y la propaganda. El fiasco de la operación confirmó que la comunicación entre Ankara y Jerusalén estaba prácticamente bloqueada.

Las razones del viraje turco son muy complejas. La economía de Turquía, una de las pocas de la región que no precisa de las subvenciones norteamericanas, desea mantener abierto el grifo del petróleo ruso e iraní, en un momento en que las aspiraciones de una rápida integración en la Unión Europea (UE) se ha visto negativamente afectadas tanto por la crisis financiera cuanto por el escaso entusiasmo de Alemania y Francia. En cualquier caso, los problemas económicos no serían un obstáculo para colocarse al lado de Occidente, incluso teniendo en cuenta las comprensibles ambiciones de poderío regional.

Resulta tan sorprendente como mal intencionada la propensión de la Administración de Obama a echar la culpa a Europa por la fuga de Turquía del redil atlántico. Pero el secretario de Defensa, Robert Gates, comunicó el 9 de junio a los periodistas, en Londres, que “las reticencias europeas a estrechar los lazos con Turquía desempeñaron un papel relevante en la marcha de Ankara hacia el este”.

La explicación última de la mudanza radical se deduce de la ideología islamista –no la religión del islam– que impregna todas las actuaciones del gobierno de Ankara y cuyo núcleo esencial radica en la confrontación perpetua con Occidente. El ministro de Exteriores, Ahmet Davutoglu, insiste en que la economía se encuentra en el corazón de la nueva estrategia, pero en su libro titulado Profundidad Estratégica asegura que “los tradicionales y fuertes lazos de Turquía con Occidente representan un proceso de alienación”, y concluye: “Desde el fin del imperio otomano, a los musulmanes les ha tocado siempre la peor parte, y aquí está el APK para corregir esa situación.”

Soner Cagaptay, un periodista turco que escribe en el Hurriyet Daily News (periódico en turco con una edición resumida en inglés) de Estambul, al que debo la cita del libro de Davutoglu, explica los cambios en Turquía como un éxito del islamismo: “El primer ministro Receep Tayyip Erdogan y su gobierno creen que Samuel Huntington tenía razón, que existe un choque de civilizaciones, y lo que ocurre es que ellos están del lado de los islamistas, no de Occidente.” Samuel P. Huntington alcanzó notoriedad universal por un libro titulado precisamente El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (Editorial Paidós, Barcelona, 1997).

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