Posteado por: M | 13 junio 2010

Austeridad, xenofobia e islamismo en Holanda

Los resultados de las elecciones generales anticipadas en los Países Bajos arrojan un mensaje inquietante que se resume en dos palabras: austeridad y xenofobia, expresivas, a su vez, de la incertidumbre política ante el futuro inmediato del Estado del bienestar, según la versión más conocida, y la preocupación popular por el aumento vertiginoso de la inmigración, especialmente la de origen musulmán, que se reputa excesiva e inasimilable, pero que parece necesaria para mantener el dinamismo económico en un continente caracterizado por una demografía en aparatosa regresión.

Los dos triunfadores de las elecciones holandesas fueron el viejo Partido Liberal (VVD), conservador y abogado del neoliberalismo, encabezado por Mark Rutte, que será el más numeroso en el nuevo Parlamento  con 31 escaños (+9), y el Partido Popular de Libertad y Democracia (PVV), calificado por la prensa de populista, xenófobo y antimusulmán, dirigido por Geert Wilders, que experimentó un avance espectacular al pasar de 15 a 24 escaños. El segundo más votado fue el Partido Socialdemócrata (PvdA), que obtuvo 30 escaños, pero que perdió tres con respecto a las elecciones de 2006.

El partido que dirigía el gobierno saliente, el Cristiano Demócrata (CDA), de centro-derecha, con Jan Peter Balkenende como primer ministro, sufrió un duro descalabro al perder la mitad de sus efectivos y quedar con 21 escaños (-20). Con otras formaciones de centro e izquierda, dos de confesión protestante y otra que defiende a los animales, el Parlamento estará muy fragmentado (10 grupos), como es habitual, y una vez más, la formación del nuevo gobierno requerirá un laborioso encaje de bolillos.

Lo más significativo del escrutinio fue la innegable victoria de Geert Wilders, un genuino agitador al que sus adversarios y en general los analistas de la corrección política adjudican los epítetos  más denigrantes: demagogo, extremista, antimusulmán, populista, y que durante la campaña electoral preconizó el fin o al menos el freno de la inmigración de los países musulmanes y la reducción de los generosos beneficios sociales para los recién llegados.

La izquierda acusa a Wilders de “sembrar el odio”.  Su prédica incansable suscita la cólera en algunos países musulmanes, como Irán, y crea dificultades a la diplomacia holandesa. En Europa, los sectores moderados de todo color político se preguntan cómo es posible que el veneno de la xenofobia haya arraigado entre los holandeses,  hasta ahora tópicamente catalogados como progresistas y tolerantes. “La extrema derecha gana terreno en el país más tolerante de Europa”, tituló el diario británico The Independent.

El triunfo de Wilders no es exactamente una novedad, sino la continuación de una tendencia que se inauguró hace más de un decenio y que se consolidó en la campaña electoral de 2002, cuando el excéntrico profesor Pim Fortuyn lanzó un virulento ataque no sólo contra la inmigración, sino más bien contra todo el sistema político basado en el consenso, el compromiso, las laboriosas coaliciones y una tolerancia modélica, el llamado modelo de los pólders (tierra pantanosa ganada al mar, según el DRAE).

Dos días después de que Pim Fortuyn fuera asesinado, su partido obtuvo una sonada victoria en las elecciones generales de 2002 y formó un efímero gobierno de coalición con los cristiano-demócratas de Jan Peter Balkenende. Por eso, Wilders, que se encuentra bajo protección policial y cambiando frecuentemente de domicilio, se ha propuesto no sólo sobrevivir en un medio crecientemente hostil, sino hacer todo lo posible por evitar el fracaso de los herederos del que fue su predecesor en la osada y peligrosa pretensión de denunciar la corrección política y quebrantar el consenso.

En la misma línea populista, Wilders insiste en que la sociedad holandesa es “decadente y derrotista”, incapaz de identificar sus verdaderos problemas internos: la abrumadora inmigración y las tensiones que genera en el sistema del Estado del bienestar. Temible polemista, denigra a sus adversarios como “la élite izquierdista”, a los que supone en extraña alianza con el islamismo; propugna la prohibición de construir nuevas mezquitas y defiende a ultranza la consagración constitucional de la hegemonía de la cultura dominante judeo-cristiana frente a los embates del islam político.  Confunde deliberadamente el islam con los islamistas y medra en las aguas revueltas de unos sentimientos confusos.

La islamofobia de Wilders fue plasmada en 2008 en el documental titulado Fitna (término árabe que se traduce por pugna, por disgregación o división entre personas), una hábil y parcial yuxtaposición de textos del Corán con imágenes de actualidad que incitan a la yihad o guerra santa. La intención última es demostrar que el Corán promueve la violencia contra todos los que no se someten a las enseñanzas islámicas.  Las consecuencias son conocidas: terrorismo, antisemitismo, sometimiento de la mujer, subyugación de los infieles,  persecución de los homosexuales, imposición de la ley islámica (sharia) como código global.

Quizá la sociedad holandesa comienza a padecer una pesadilla que alarma a muchos europeos, temerosos tanto del contagio de la xenofobia como del impulso islamista que rechaza la integración y prefiere vivir en guetos.  Algunos piensan que la islamofobia es importada, que procede de Austria o Suiza, quién sabe si de Francia, del Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen. Pero más parece un morbo europeo que no conoce fronteras.

El asesinato en Ámsterdam del cineasta Theo Van Gogh por un islamista de origen marroquí (2 de noviembre de 2004) y la odisea de Ayaan Hirsi Ali, diputada liberal de origen somalí,  acusada de blasfemia y perseguida por fustigar la violencia contra la mujer en las sociedades musulmanas, contribuyeron a que la sociedad holandesa adquiriera una aguda conciencia crítica sobre los riesgos del islamismo como ideología política, lo que inevitablemente repercutió en la extensión de la xenofobia entre los sectores menos ilustrados.

La incidencia del problema de la inmigración excede con mucho las turbulencias propias de la crisis económica, pues Holanda la soporta relativamente bien. El nivel de desempleo (5 %) es de los más bajos de Europa, la tasa de criminalidad desciende y las regulaciones de la inmigración son más estrictas que en la mayoría de los países de la Unión Europea. La población de origen musulmán se aproxima al millón de personas, algo más del 7 % del total, aunque parcialmente segregada en los suburbios de las grandes ciudades.

Como ocurre en Suiza cuando prohíbe por referéndum la construcción de minaretes, el éxito de Wilders cabe atribuirlo,  ante todo, a los factores culturales, quizá al temor de la globalización o la amenaza, imaginaria por inminente, de la islamización de Europa, de la recelosa aproximación al mito de Eurabia. Tal vez se deba a una reacción nacionalista, un nacionalismo defensivo que pone en tela de juicio no tanto la presencia de musulmanes como la tolerancia característica de la época dorada que acompañó a la incesante prosperidad, ahora juzgada excesiva o contraproducente.

El debate sobre la identidad nacional resulta agónico en varios países europeos y fue presentado en el ruedo político por Nicolas Sarkozy como una de las armas de su triunfo. El populismo de derechas no es una excepción holandesa. Una sociedad con sus ideales culturales y/o religiosos en declive observa con inquietud cómo se estrecha su horizonte y lamenta súbitamente el abismo de incertidumbre en que ha caído. Y ahí aparece Wilders, un tribuno demagógico que agita las aguas del oasis.

No cabe desdeñar el fenómeno, sino ponderarlo con ecuanimidad. Porque no se trata sólo del partido de Wilders, sino también del que obtuvo más diputados, el Partido Liberal, cuyo líder y probable primer ministro, Mark Rutte, pretende excluir a los extranjeros de los servicios sociales durante sus primeros 10 años de estancia en el país. Entre ambos partidos sumaron algo más del 30 % de los sufragios. ¿Acaso un tercio de la población holandesa se ha pasado a la xenofobia con armas y bagajes?

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