Posteado por: M | 15 junio 2010

El retorno de las tribus en Bélgica

El triunfo de los separatistas flamencos en las elecciones generales de Bélgica suscita comentarios exultantes, melancólicos o desencantados, según la comunidad a que se pertenezca, como corresponde a la realidad de un país fracturado, en el ocaso, que camina lenta e inexorablemente hacia su desintegración.  Los apaciguadores, sin embargo, abrigan la esperanza de la componenda o los paños calientes, un arreglo temporal que abriría la compuerta de la confederación transitoria que preconizan los vencedores, paso inevitable para la evaporación del reino, según la expresión utilizada por Bart de Wever, el líder de la Nueva Alianza Flamenca (NVA), vencedora en las urnas, la más importante de las organizaciones separatistas que alardean de su designio.

Los resultados electorales reflejan la completa tribalización de Bélgica, la división en dos comunidades o tribus separadas por las barreras infranqueables del idioma y el rencor, levantadas y sostenidas por el prurito de la venganza histórica de los flamencos en el papel de nuevos ricos. Así culmina el proceso abierto en 1970 con la federalización del desvencijado Estado centralizado y colonialista, que empezó a resquebrajarse tras la independencia del Congo en 1960. Y sabido es que las tribus suelen imponer la homogeneización en sus territorios, mediante la expulsión o el sojuzgamiento de los disidentes o disconformes que se resisten a vestir el uniforme con los colores del clan.

En un principio fue la federalización, el trazado inhumano de la frontera lingüística, el dislate oneroso y burocrático de las tres comunidades, las tres regiones y los tres gobiernos, para sólo 10 millones de habitantes. Luego llegaron los agravios comparativos cultivados con suicida delectación, el narcisismo de las más nimias diferencias, como apuntaba Freud, por grotescas que resulten en medio de la globalización imparable. Todo quedó dividido y replegado: los partidos políticos, los sindicatos, las televisiones, las universidades, hasta la común Iglesia católica.

Desde hace años, el gobierno federal está dedicado a la ingrata e imposible tarea de recomponer el rompecabezas institucional para seguir tirando y preservar el simulacro de un Estado miembro de la Unión Europea, cada día más debilitado cuando no impotente ante las demandas contradictorias y exacerbadas de las tribus.  Las tensiones étnicas, que se suponían propias de otros continentes, primero se adueñaron de los Balcanes, con trágicos resultados, y ahora se han enquistado en Bélgica. Y Europa sigue dormitando, como lo demuestra el silencio de las instituciones comunitarias ante el desafío de los separatistas flamencos.

El retorno de las tribus ha roto también las alineaciones ideológicas tributarias de la Ilustración.  En el norte próspero (Flandes) domina la derecha más o menos separatista y xenófoba, a veces abiertamente reaccionaria, que abandona el francés para pasarse al inglés, pero invariablemente nacionalista. En el sur deprimido (Valonia), un Partido Socialista apellidado francófono, cuya hegemonía coincide lamentablemente con el atraso relativo, la economía subsidiada, la regresión demográfica y la ausencia de perspectivas, en contraste hiriente  con el dinamismo de Flandes. El liberalismo y el unitarismo sólo resisten en Bruselas, la región bilingüe con pujos de capital europea, sede de una clase política experta en coaliciones extravagantes, pero de escasos ideales.

Los triunfadores de las elecciones tienen dos programas que confluyen en lograr la secesión de Flandes en un plazo lo más corto posible. Se trata de “deux pays qui doivent trouver un accord”, según el aparente lapsus en que incurrió De Wever al comentar los resultados en francés. El método para llegar a una confederación o trampolín secesionista incluye lógicamente la reforma del Estado y, por ende, de las finanzas públicas, según propugnan los flamencos. La reforma afectaría a la seguridad social, los derechos lingüísticos de los francófonos en la periferia de Bruselas y la unidad fiscal (ya desaparecida, por ejemplo, en España, aparentemente sin ningún trauma), últimos reductos del unitarismo y la solidaridad.

El hombre llamado presuntamente para colaborar de grado o por fuerza en la destrucción del país es el jefe del Partido Socialista francófono, Elio Di Rupo, el más votado en Valonia, que podría convertirse en primer ministro. Sus declaraciones así lo dan a entender: “Una gran parte de la población flamenca desea manifiestamente que nuestro país evolucione en el plano institucional, y ese mensaje debe ser escuchado para estabilizar nuestro país.”

No sabemos las concesiones que estarán dispuestos a hacer los socialistas valones para lograr una estabilización que, sin duda, será efímera. No podemos juzgarlos por anticipado en una cuestión tan grave. Lo único seguro es que los separatistas flamencos no cejarán en su empeño de alzarse con el santo y la limosna, con la bandera, el himno y los dineros; la ilusoria secesión sin un rasguño. En cuanto a los socialistas valones, la historia los juzgará como resistentes o apaciguadores. Si se deciden por el deshonor en forma de una paz acomodaticia, parece probable que al final tendrán también el deshonor y la guerra, como vaticinó Churchill ante el desvarío de Chamberlain en 1938. Porque no cabe duda de que el proceso histórico ha adquirido una velocidad de vértigo no por previsible menos lúgubre para el reino que no sabemos si llegará a cumplir los dos siglos.

Para leer artículo previo sobre Bélgica, pinchar aquí

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