Posteado por: M | 17 junio 2010

Obama, zarandeado por la marea negra

Visto desde la España gubernamental, o desde el Comité noruego que concede el Nobel de la Paz, el presidente Barack Obama era, ante todo, el anti-Bush, un preclaro progresista y pacifista predestinado a no se sabe bien qué confluencias siderales para redimir al mundo. La fascinación se ha evaporado al ritmo siniestro con que mana el petróleo en el golfo de México en la mayor catástrofe ecológica conocida por EE UU. Peor que el huracán Katrina que devastó Nueva Orleans en los días infaustos de su predecesor (agosto de 2005). En su primer discurso desde el despacho oval, el 15 de junio,  el presidente utilizó un lenguaje bélico para conminar a la petrolera británica, pero no convenció a los ciudadanos, ni siquiera a la prensa adicta.

Declaró la guerra a la marea negra –como en otros momentos a la droga, la pobreza y otras plagas– pero sin plan de batalla preciso ni objetivos factibles. Fue una tremenda decepción, según deduzco de las crónicas. Lo de la semántica guerrera no fue sólo un tardío concierto metafórico, sino también una apuesta política, pues ya se sabe que Obama, desde su campaña electoral, clasifica las guerras en buenas y malas.  Las malas, desde luego, son las de Bush, la de Irak, la del huracán Katrina.  Las buenas son la de Afganistán y ésta contra la invasión petrolera de las costas de Luisiana. Aunque lo de un premio Nobel de la Paz declarando la guerra suena a forzada contradicción.

Con un nerviosismo que contrasta con su flema habitual,  Obama inventó una nueva guerra –la guerra contra la marea contaminante—y comparó los esfuerzos de su Administración con los realizados por la de Roosevelt en los meses que precedieron al estallido de la Segunda Guerra Mundial, o con los de la misión Apolo para llegar a la Luna,  el mismo día en que los periódicos comunicaban que el crudo vertido diariamente en el golfo de México (60.000 barriles)  es el 50 % superior al que se había calculado.  “Lástima que las tropas esperen aún un plan de batalla claro”, lamentó Slate.

Afortunadamente, ante un discurso tan poco acorde con las circunstancias y las expectativas, la prensa se mostró implacable, incluso la más inclinada hacia el Partido Demócrata, en una nueva prueba de su independencia y su buena salud democrática. Hasta el New York Times, uno de los más obamitas, subrayó que la alocución presidencial llegaba tarde e incitó a “Obama y su equipo a emplear más energía y dedicación de la que han mostrado hasta ahora” en remediar una catástrofe que comenzó el 20 de abril y que no se sabe cuándo terminará.

El gigantesco derrame de petróleo, además del desastre económico y tecnológico, constituye una aparatosa derrota de la técnica en el país tecnológicamente más avanzado, pero también un fiasco del gobierno que puede pasarle factura en las elecciones de mitad de mandato, en noviembre próximo.

Marea negra

Marea negra en las costas de Louisiana

Algunos medios se mostraron especialmente duros con el presidente. El Huffington Post afirmó que no había comprendido verdaderamente “el sentido del discurso”.  Y se preguntaba con una retórica sarcástica: “¿Acaso esperaban ustedes un plan de acción completo y detallado para contener el petróleo y limpiar la costa, o quizá una hoja de ruta o un calendario para colocar a EE UU en el camino de las energías limpias?  El discurso [del presidente] no propuso nada de todo eso.”

“El discurso de Obama fue sorprendentemente malo”, sentenció un afamado columnista del Wall Street Journal, tan riguroso como poco complaciente. Pero aún puede ser peor. Porque no es el momento de las grandes palabras pronunciadas desde el despacho oval, ni de ninguna misión para reinventar la economía mediante las energías limpias pero muy caras, sino, simplemente, para “la gestión eficiente de una crisis” humana y ecológica.

La mayoría de los comentaristas  subrayó la ausencia de una estrategia convincente para combatir la adicción de las energías fósiles y promover una política ecológica susceptible de recibir el visto bueno de un Congreso reticente y de una opinión pública harto escéptica.  Tras la decepción mediática, las encuestas pueden ser demoledoras. Muchos norteamericanos hubieran deseado ver a su presidente retirando con sus manos el chapapote, pero quedaron desencantados al observar que su camisa blanca había quedado impoluta tras la visita a las playas ennegrecidas y solitarias. Quizá los ciudadanos no esperaban un presidente tan cerebral, distante y solitario.

Obama en una playa de Louisiana

Obama en una playa de Louisiana

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Responses

  1. La espectativas que la presidencia de Obama despertaron se redecen diariamente a lo que algunos ya sospechaban, Obama no se planteba un cambio a una politica más racional en materia económica o energética,ni siquiera en materia bélica se ha mostrado más comedido que su antecesor, llegando a utilizar los términos moralistas de “guerras buenas y guerras malas” para definir sus propios conflictos.Por supuesto los buenos son los propios.
    Cabria preguntarse que opina la Fundación Nobel de Noruega que es la que decide la concesión de premios.


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