Posteado por: M | 21 junio 2010

Continuidad en Colombia

Pese a la campaña de algunos periódicos europeos, que exhibieron a Antas Mockus como la gran esperanza verde de Colombia, fue Juan Manuel Santos, ex ministro de Defensa y delfín del presidente Álvaro Uribe, el vencedor de las elecciones presidenciales al obtener en la segunda vuelta (20 de junio) una abrumadora ventaja con el 69 % de los sufragios. El programa del vencedor estaba muy claro para los electores que no leen la prensa europea: una continuidad que se traduce en la lucha implacable contra la narco-guerrilla y el aumento paralelo de la prosperidad, o lo que es lo mismo, la reducción de la violencia y el crecimiento económico.

La anunciada marea verde del ecologista Mockus, ex alcalde de Bogotá, se quedó en el anuncio, pues no resistió la prueba de las urnas y se transformó en naranja (el color de la campaña de Santos). Luego del desastre de los partidos políticos tradicionales –conservador y liberal—en la primera vuelta, en la que registraron los peores resultados de su historia, el panorama político se clarifica y afianza bastante.  De una parte, Santos y el uribismo, éste como maquinaria partidista, cuya estrategia de ley y orden, de mano de hierro con guante de “seguridad democrática”, devolvió al Estado el control de un país aherrojado por la guerrilla y el narcotráfico.

Juan Manuel Santos, periodista, abogado y economista, doctorado por la London School of Economics, perteneciente a una familia de rancio abolengo (propietaria del diario liberal El Tiempo), formado en EE UU, de orientación neoliberal y tecnocrática, pero que se presenta como el hombre de la conciliación, no sólo mantendrá una estricta estrategia de seguridad, sino que pretende utilizar el apoyo de Washington y las inversiones foráneas para liberar al país del subdesarrollo. Marginada la guerrilla, el programa del triunfador se centra en el combate contra la pobreza.

La otra fuerza política ascendente es una nebulosa izquierdista y ecologista por ahora capitaneada por el profesor Mockus, flagelo retórico de la corrupción, que obtuvo el 27,5 % de los votos, pero que deberá asentarse para no ser flor de un día, efímera protesta dislocada por la derrota. Las disensiones que existen entre el Partido Verde y los restos de la izquierda hipotecan, desde luego, los pronósticos sobre la oposición efectiva frente al gobierno de “unidad nacional” que pretende formar el nuevo presidente.

Al margen de ese naciente sistema político, con alternativa por consolidar, actúa la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la más antigua del hemisferio, campesina y comunista en sus orígenes, narcodependiente en su ocaso, que se halla acorralada, pero que no se decide a entregar las armas porque carece de un líder capaz de proponerla, dispone de un santuario y sigue pendiente de algunas consignas que proceden de La Habana o Caracas, pero que cada día son menos convincentes y quizá menos apremiantes.

La violencia se redujo considerablemente, debido a la gestión y los éxitos de Uribe como presidente (2002-2010) y Santos como ministro de Defensa, pero Colombia seguirá necesitando por algún tiempo la importante ayuda estadounidense: 600 millones de dólares anuales para material militar  y de inteligencia, además de un respaldo diplomático sin fisuras frente a las fuerzas izquierdistas y populistas que siguen delirando con una insurgencia a escala continental, no se sabe muy bien si en nombre del liberal Bolívar, transfigurado en apóstol del antiimperialismo, o del fracasado por empobrecedor e indolente marxismo-leninismo.

La continuidad del uribismo en todas sus encarnaciones está más que garantizada. En su primer discurso tras el triunfo electoral, Santos se refirió a Uribe, sin duda una recia personalidad política, como “uno de los mejores presidentes que hemos tenido en dos siglos de vida republicana”, y concluyó el ditirambo de su mentor  con estas palabras: “Éste es también su triunfo, presidente Uribe.”

No habrá tregua con la insurgencia, aunque sí clemencia y reinserción social para sus miembros cuando hayan abandonado definitivamente las armas. “Que oigan los terroristas y que oiga el mundo, a las FARC se les agotó el tiempo (…) y los colombianos saben muy bien que yo sé cómo combatirlos”, proclamó Santos, quien siendo ministro de Defensa no vaciló en bombardear un campamento de la guerrilla dentro del Ecuador para matar a dos de sus principales comandantes (marzo de 2008). Cuatro meses después, Santos dirigió una arriesgada operación militar con la que logró burlar a la guerrilla y liberar a 15 rehenes, entre ellos, Ingrid Betancourt y tres ciudadanos norteamericanos (2 de julio).

Sin nombrar a los presidentes de Venezuela y Ecuador, con los que intercambió algunos dicterios y acusaciones en época reciente, Santos subrayó que en el caso de relaciones conflictivas entre países hermanos siempre hay dos opciones: revivir con amargura el pasado o mirar hacia el futuro. “Les invito a abrir camino de cooperación en el futuro”, añadió. Como en tantas otras cuestiones, superada la sorda irritación, las reacciones de Hugo Chávez, sus amigos y clientes (los Castro, Correa, Morales) resultan imprevisibles.

En cualquier caso, el triunfo de Juan Manuel Santos, un político tan pragmático como eficaz, relativamente joven (58 años), abierto a las exigencias de la globalización, representa el éxito democrático inequívoco de una política de realidades, bastante alejada del combate ideológico estéril y de la estrategia del balcón, los dos pilares de un populismo frenético que tanto hizo y sigue haciendo por perpetuar el atraso del hemisferio.

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