Posteado por: M | 25 junio 2010

El ocaso de un general prestigioso

La forzada dimisión  del general Stanley McChristal como comandante en jefe de la coalición multinacional en Afganistán, rápidamente reemplazado por el general David Petraeus, resuelve expeditivamente un problema espinoso y reafirma la autoridad del presidente Barack Obama en sus peores momentos de popularidad. No obstante, la caída en desgracia de un general prestigioso, aunque aparentemente indisciplinado, poco ayudará a mejorar la situación bélica y no podrá impedir una revisión radical y urgente de la estrategia de EE UU y sus aliados en una guerra impopular y muy onerosa que va a cumplir nueve años.

Las declaraciones indirectas del general Stanley McChristal en la revista Rolling Stone, a través de sus ayudantes –una indisimulada diatriba contra la Administración de Obama, un abierto desprecio por “el escalón civil” de la cadena de mando–, desencadenaron una crisis político-militar cuando la situación en Afganistán se degrada a diario y resulta tan incierta como ardua de evaluar. Este mes de junio ha sido el más letal desde que comenzó la guerra en 2001, con 79 soldados de la fuerza multinacional muertos en tres semanas. Los talibanes dominan varias provincias e intimidan a sectores cada vez más amplios de la población, mientras que el gobierno de Hamid Karzai sigue hundido en el descrédito,  la ineficacia y la corrupción.

Stanley McChristal

En el frente internacional, Washington tiene motivos para sospechar que sus aliados europeos de la OTAN están más interesados en organizar la retirada, en buscar la salida del laberinto, que en escalar el conflicto. Alejarse lo antes posible del lejano, inhóspito e incontrolable país. Hasta Australia estudia la repatriación de sus tropas. El futuro del cuerpo expedicionario multinacional, un asunto que ya condujo a elecciones anticipadas en los Países Bajos y a la dimisión del presidente federal de Alemania, suscita una creciente controversia en Gran Bretaña (300 muertos) y otros países aliados.

Cabe preguntarse, pues, si los estadounidenses saben cómo proseguir la guerra o si empezarán a perderla, una vez más, en el desguarnecido y confuso frente interior. Al echar mano del general David Petraeus, jefe inmediato como titular del Comando Central y mentor de McChristal, para sustituir a éste en Afganistán, el presidente se ahorra un cambio inmediato de estrategia, pero no podrá evitar su revisión salvo que se produzcan acontecimientos asombrosos o rectifique sobre la retirada de tropas que prometió comenzar en agosto de 2011, asumiendo importantes riesgos políticos.

El general Petraeus, aureolado por sus éxitos en Iraq, arquitecto intelectual de la contrainsurgencia, era la mejor elección posible, “the right man for de job”. Obama no sólo mitiga el desgaste político de la destitución, sino que asegura una relativa continuidad sobre el terreno. El problema esencial, sin embargo, es que el nuevo comandante en jefe, lo mismo que su antecesor, no comparte el objetivo de iniciar el repliegue dentro de un año, según los intereses de un presidente que en ese momento entrará en campaña para renovar su mandato. Antes de que estallara la tormenta militar, Henry Kissinger reclamó una nueva estrategia y consideró que el plazo fijado por el presidente para iniciar la retirada “no es realista”.

El reportaje de citas de Rolling Stone se titula “The Runaway General”, que la misma revista traduce en su edición en española como “El general fuera de control”, pero que más literalmente podría traducirse como “El general fugitivo”, que huye de las cortapisas, que rompe los grilletes del protocolo, que trastoca la cadena de mando y el respeto debido a la supremacía del poder civil.  Una imprudencia poco profesional, según dicen algunos comentaristas, en contradicción con la impecable hoja de servicios de un general tan avezado, o quizá una provocación de consecuencias harto previsibles. El relato de un general que entra inesperadamente en el ocaso.

Las opiniones del hasta ahora comandante en jefe en Afganistán y de sus ayudantes no dejan títere con cabeza en el círculo íntimo de Obama. Los entrevistados por Rolling Stone se mofan del vicepresidente Joseph Biden, que se opuso sin éxito al envío de más tropas; describen como “un payaso que se quedó anclado en 1985” al general James L. Jones, que preside el Consejo de Seguridad Nacional, y menosprecian o atacan tanto al embajador en Kabul, Karl Eikenberry, como al enviado especial en Afganistán y Pakistán, el diplomático Richard Holbrooke, ambos en borrascosas relaciones con el presidente afgano.

Ni siquiera el comandante en jefe sale ileso de la requisitoria, de “la bomba afgana de Rolling Stone”, según la metáfora de un analista del Washington Post. Al relatar la entrevista de Obama con varios generales, nada más tomar posesión, McChristal asegura por persona interpuesta que el presidente “se hallaba incómodo e intimidado” ante la exhibición de los uniformados. Meses más tarde, en medio de los debates sobre la nueva estrategia, McChristal regresó a la Casa Blanca y se sintió “muy decepcionado” con la actitud de Obama, al que vio poco interesado o “poco implicado” en los asuntos de la guerra. También recuerda negativamente otra entrevista en el despacho oval, “a 10-minute photo-opportunity” (diez minutos para una foto oportunista). Sólo la secretaria de Estado, Hillary Clinton, sale bien parada de tan ácido escrutinio, quizá por haber respaldado siempre la estrategia preconizada por McChristal.

Desde septiembre de 2003, como jefe de los comandos de operaciones especiales del Pentágono, una unidad secreta para planificar y ejecutar operaciones en el extranjero, a veces problemáticas, McChristal se había ganado una reputación de brillante táctico en la guerra no convencional tras capturar al presidente Sadam Husein y matar al jefe de Al Qaeda en Iraq, Abu Musab al Zarqaui. En 2008 ascendió hasta la dirección del estado mayor conjunto y en junio de 2009 fue designado por Obama como comandante en jefe de la fuerza multinacional en Afganistán (ISAF). Aunque asegura que votó por Obama, las relaciones entre ambos nunca alcanzaron el nivel de confianza que cabía esperar, incluso después de que el presidente aprobara en diciembre de 2009 la estrategia y los refuerzos solicitados.

La llegada de McChristal a Afganistán en el verano de 2009 implicó un viraje estratégico y un refuerzo de 30.000 hombres. El nuevo jefe ordenó el abandono de la planificación convencional, introdujo tácticas asimétricas contra la guerrilla, organizó algunas ofensivas contra los bastiones de la insurgencia y dio prioridad a la protección de las poblaciones. Restringió los bombardeos masivos e indiscriminados, que habían causado centenares de víctimas civiles, y sacó a las tropas del aislamiento de sus cuarteles para hacerlas patrullar por las aldeas.

La nueva doctrina militar perseguía liquidar la insurrección islamista en el sur del país (el santuario de la provincia de Helmand) y mantener a las tropas sobre el terreno como garantía de seguridad, ofreciendo a la población civil las primicias de una administración eficaz y honrada como jamás ha conocido. Fue “la buena guerra”, al menos, la que se suponía inspirada y respaldada por el presidente y el secretario de Defensa, Robert Gates, que habían encontrado en un general ascético y mediático como McChristal al arquitecto de sus sueños de victoria y al guerrero de los nuevos tiempos. Los resultados, sin embargo, distan mucho de ser concluyentes, como se infiere del aplazamiento de la tan cacareada ofensiva sobre Kandahar, feudo de los talibanes.

Obama consumió todo el otoño de 2009 en cabildeos y disputas qué hacer en Afganistán, ya que el plan de contrainsurgencia del general McChristal tropezaba con notorios adversarios en la Administración, empezando por el vicepresidente Joe Biden, obsesionado por el recuerdo de Vietnam, y causó una visible agitación en el sector más izquierdista del Partido Demócrata, remiso a enviar más soldados. La sorda rivalidad entre el Pentágono, dirigido por el republicano Gates, y el Consejo Nacional de Seguridad, presidido por el general Jones, demoraron durante demasiado tiempo el proceso de decisión.

El presidente estuvo más dubitativo de lo que era conveniente en su primera decisión importante pero salomónica en política exterior, en diciembre de 2009. Porque, en efecto, al aumento de 30.000 soldados añadió un compromiso probablemente poco meditado y muy criticado de iniciar la retirada de tropas en agosto de 2011, que los republicanos convirtieron en blanco fácil de sus invectivas. “Cuando pasen 18 meses, nuestras tropas empezarán a regresar a casa”, prometió Obama en su discurso de West Point.

Luego de que la Casa Blanca bendijera los planes del jefe militar, el embajador en Kabul demostró su renuencia a aceptarlos y expuso sus objeciones, pero no fue destituido. El enviado especial Holbrooke también puso en tela de juicio la incipiente estrategia, tras arremeter contra el presidente Karzai. Obama toleró las luchas intestinas de sus feudales hasta que se encontró con las chocantes declaraciones de su general a un periodista de Rolling Stone. Éstas suscitaron “una tensa deliberación” al más alto nivel, según fuentes directas citadas por el New York Times, y acabaron con otra decisión salomónica: permitirle presentar la dimisión y ahorrarle la afrenta del despido.

En todo caso, como subrayó Obama, no se trataba de una insubordinación, ni de una discrepancia en los objetivos y los medios, como en el caso célebre de MacArthur con Truman sobre la guerra de Corea (1950), sino más bien de una indiscreción con palabras gruesas, cuarteleras, que no era buena para la justicia de la causa y la moral de las tropas. Las mismas fuentes aseguran que, convocado de urgencia a la Casa Blanca, McChristal pidió perdón, presentó la renuncia y no hizo nada para retener el cargo, en una entrevista de sólo 20 minutos con el presidente, el 23 de junio.

El general Petraeus, cuyas simpatías por el Partido Republicano son notorias, parece ser mucho más diplomático que McChristal, mucho menos guerrero, y está más acostumbrado a los tortuosos caminos de la política partidista, de la corrección política y hasta de la negociación con los insurgentes. No tendrá ningún problema para aplicar la estrategia de la contrainsurgencia que le llevó al éxito en Iraq y que sigue siendo la de Obama, si hemos de creer en sus palabras. El presidente insistió en que el relevo del jefe militar  “nada tiene que ver con diferencias de política” ni alterará la estrategia en curso. Lo que no está claro es si Petraeus recibirá de la Administración de Obama el respaldo político unánime que nunca tuvo McChristal.

Resulta pertinente recordar que hace exactamente tres años, cuando el general Petraeus compareció ante el Senado para dar cuenta de los progresos alcanzados en Iraq con su estrategia, los tres senadores que se mostraron más reticentes cuando no abiertamente hostiles fueron Obama, Biden y Clinton, ahora al frente de la Administración demócrata.

Obama despidió al hombre que aplicaba su estrategia, pero por el momento dejó en sus cargos al embajador en Kabul y al enviado especial para Afganistán y Pakistán, cuyos comportamientos, fustigados por McChristal, seguramente no son los más adecuados o diplomáticos. Los adversarios del presidente creen que las luchas intestinas seguirán librándose en la prensa y que la guerra de Afganistán puede perderse en los meandros de las pugnas políticas y las rencillas personales de Washington.  McChristal ha sido derribado, pero los que presuntamente conspiraron contra él, hasta hacerle perder el control, siguen en sus puestos.

Aunque algunos periodistas y periódicos importantes, sin distinción ideológica, abogaron por mantener a McChristal, arguyendo que sería peor el remedio que la enfermedad,  la decisión presidencial recibió una aquiescencia casi unánime, así en el Congreso como en la prensa. Demócratas y republicanos estuvieron de acuerdo tanto en loar las virtudes castrenses del general como en censurar su comportamiento por indisciplinado y arrogante.  Nadie puso en duda que McChristal faltó a la disciplina, defraudó la confianza del presidente y vulneró el código de conducta que debe regir las relaciones entre los militares y el poder civil. La reprimenda no parecía suficiente.

Sería bueno, desde luego, que la Administración de Obama, en todos sus escalones, mantuviera una actitud firme y coherente, aunque sea para no dar pábulo al rumor o “la verdad básica de que a los militares no les gustan los demócratas”, sobre todo, si son liberales (izquierdistas), como sentencia Leslie H. Gelb en un resonante artículo en The Daily Beast.  Aunque la historia no siempre respalda esa tesis de que los militares consideran más afines a los republicanos o que éstos son más decididos y generosos en los presupuestos o en su apoyo del esfuerzo bélico, quizá sea cierto que los demócratas son más vacilantes y menos comprensivos de la mentalidad castrense, más reticentes ante las aventuras imperiales.

Son legión los analistas que acucian a Obama para que reconsidere la estrategia. El influyente Richard N. Haass recomienda que el presidente muestre la misma decisión y celeridad en revisar la política en Afganistán, una revisión que, a su juicio, debería centrarse en “desescalar la presencia norteamericana”  e intentar que muchos talibanes rompan con Al Qaeda para involucrarse en el proceso político en marcha. Algunos piensan que el empeño occidental de instaurar un gobierno centralizado en Kabul debería abandonarse porque está en flagrante contradicción con la historia y la cultura política del país. Otros apuntan a un modelo más realista de democracia descentralizada, como corresponde a la preponderancia de las tribus y los señores de la guerra y el opio. Kissinger, en fin, preconiza la acción paralela de “una diplomacia regional” que maniobre en pro de un acuerdo que proteja a Afganistán de las tormentas que se incuban a su alrededor en vez de convertirlo en el epicentro del seísmo.

Tras haber establecido su autoridad militar, Obama debería empeñarse en disipar la ambigüedad del círculo civil, de los que le rodean y le aplauden invariablemente, así en la Casa Blanca como en el Capitolio. Porque el éxito o el fracaso de la empresa de EE UU en Afganistán ya no podrán atribuirse a la indiscreción o la insolencia de un general que perdió los nervios fuera del campo de batalla. Las legiones de Afganistán, como las de Iraq, esperan órdenes claras y precisas, no intrigas de retaguardia.

Reportaje sobre McChristal en la revista Rolling Stone

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: